COMUNICADO


08 Jul

COMUNICADO A LA ESPECIE HUMANA:

Diré las siguientes cosas antes de desaparecer completamente al interior de la puerta estelar que  en secreto alguien ocultó en el cerro Caracol de Concepción:

Un planeta en serios apuros, esa es la situación actual. El cambio climático, del que algunos aún se desentienden, tendrá enormes consecuencias en nuestro estilo de vida, afectando profundamente nuestro ecosistema debido a, por ejemplo, una exponencial escasez de agua, que a su vez, juntos a otros factores, incide directamente en la insuficiente producción de alimentos. Comemos más de lo que somos capaces de producir, tomamos y ocupamos mucho más de lo que hay, entonces, a algunos no les toca.

Todo dentro de un clima político enrarecido. Muchas veces me he preguntado, durante los últimos meses, si acaso las superpotencias comienzan a alinearse para librar una nueva guerra por los cada vez más escasos recursos estratégicos, disfrazándola de diferencias políticas, o incluso, de proclamaciones valóricas, lo que tiene aún menos sentido. Un ejemplo de esto es el reciente ataque a Siria por parte de los Estados Unidos de América (del Norte). Ataque justificado en el uso de armas químicas que se le imputa a Siria, perpetrado por el mismo país que borró del mapa a dos ciudades japonesas utilizando armas nucleares. ¿Ese país temerario, omnipotente y sediento de petróleo asume la defensa de la humanidad? No, gracias. Hablo por la mayoría del mundo, un mundo en crisis del que pronto dejaré de ser parte.

Escucho pocas voces disidentes, escasa preocupación alarmista a pesar del peligroso escenario que nos han planteado como realidad incuestionable. ¿Qué ocurrió con los revolucionarios? Ellos y ellas no paraban de surgir en la historia de la humanidad, ayudando a moldear naciones más justas, comunidades pacíficas, un mundo mejor. Muertos, la mayoría de esos revolucionarios acabaron muertos, debido a que los poderosos casi siempre se han encargado de enviar la advertencia correcta, el mensaje preciso: se apagará incuestionablemente, cual incendio en el campo, la llama de la fuerza de cambio que pone el toque artístico al lienzo que es la vida: la rebeldía. Esto me preocupa.

Parece que entre el cambio climático (sobre el que nadie está haciendo algo provechoso a un nivel global) y la eventualidad de un gran conflicto bélico (conflictos sobre los que jamás se toma parecer a los principales afectados, los ciudadanos) la supervivencia de la especia humana se vería amenazada en los próximos cincuenta años. La verdad es que no todas las personas están mentalmente obligadas a creer que esto es una mera coincidencia con la superpoblación de “algunos sectores”, los que, por lo demás, son los principales responsables de la contaminación del planeta, por sus elevadas emisiones de carbono y, ademas, también son —casualmente—responsables de los principales “conflictos” políticos o bélicos.

El planeta, como ecosistema, avanza hacia la grieta. Los problemas que le aquejan son de un orden muy superior desde el punto de vista global. La realidad presentada, por abominable que parezca, ha sido aceptada gracias a lentos procesos sociales, económicos, educacionales,  etc., impulsados por los ricos y los poderosos, aquellos que siempre añoran el control y la riqueza. Pero esta sociedad, tan mal organizada, injusta y desigual, se compone de individuos, de seres humanos. El hombre, la mujer, engranajes de un sistema avanzado de fichas de dominó que se tocan una a la otra en la construcción de un destino general. Y yo, yo mismo soy partícipe material del problema espiritual que nos aqueja como especie.

Para continuar libremente desde aquí quisiera clarar que no me considero por ningún motivo interlocutor válido del importante mensaje que este comunicado posee, empero estoy practicante obligado. Junto a esto, también señalar, que gran parte de todas las palabras incluidas en el presente texto, son parte de las “voces” confesadas más adelante, a modo de compendio relativamente organizado de una afección caótica que me ha tenido al borde de perder la razón. Lo que trato de decir, logrando solo desviar el tema, es que me considero un ser, en lo privado, extraño. Por sobre todo bastante despreciable, dos razones:

Primero: en una ocasión, con uno de mis mejores amigos (que en paz descanse) ~ ({1} = ¿kárma?) ~ matamos a un hombre. Una venganza personal, un hecho totalmente planificado, en el que ejecutamos —o, ejecuté— una serie de actos preparatorios, actuamos ocultos en la protección de la noche, en la seguridad de un lugar despoblado, accionando sobre seguros. Cubrimos las huellas del delito de manera enciclopédica, celebramos cuatro días de torturas, acabando con él de una forma sagrada. Una acción en que se constituyen varias agravantes. Motivos habían. Pero, seguramente, la mayoría de ustedes no sucumbe ante el despreciable poder de la ira como lo hago yo.

Segundo: en otra ocasión, en que también pensaba sobre algunas cosas de forma bastante iracunda, cometí un segundo delito. También un homicidio. Está vez tuve que lidiar con la policía, puesto que fue algo que ocurrió a plena luz del día en un transitado lugar de Concepción, debido a esto, rápidamente, apareció carabineros en el lugar de los hechos. Para que quede claro, mi opinión es que soy cien por ciento culpable de la muerte dolosa de otro ser humano, no obstante, pude soslayar fácilmente toda repercusión jurídica, puesto que cuando entregué mi declaración describí la realidad desde una perspectiva más favorable para mí desde la perspectiva legal, que encaja a la perfección con el cuerpo que yació en el suelo desangrándose por más de cuatro horas, a todo sol, aguardando putrefacto la llegada del servicio médico legal, durante un cálido día del mes de Enero. Quizás en esas cuatro horas el cadáver no alcanzó a iniciar siquiera el proceso de descomposición, es solo que, a pesar de ser el autor de dos muertes confirmadas, la sola idea de imaginar un cuerpo sin vida, desangrándose en la acera, me parece nauseabunda. Pero la ira, la ira hace maravillas en la conducta del ser y en esos accesos se suspenden varias ideas preconcebidas. Lo nauseabundo se vuelve delicioso, deseado y lo putrefacto, bello, apetecido. A continuación, la declaración que entregué a la policía, enunciada de la misma forma en que lo hice ese día, de la misma manera en que siempre cuento está despreciable historia. Luego, les diré lo que realmente pasó.

Declaración.

“Yo me había quedado en la casa de un amigo esa noche. Como era fin de mes, la noche antes, había sacado la plata del cajero automático, pagado la pieza, comprado un poco de comida y con el sobrante de un cálculo matemático que nunca era acertado, compré unas promos de pisco y me fui con un amigo a beber al mi departamento donde vivía. Como en el departamento de él había un carrete en curso de compañeros universitarios —del primo con el que él vivía—, al cabo de unas horas de estar embriagándonos, por motivo de celebrar la rendición de un examen escrito que ambos acabaríamos reprobando, nos fuimos a su departamento a dar jugo con mas gente. Bebimos en exceso, por lo que me fue necesario quedarme a alojar en ese lugar. En la mañana desperté con mucha caña, esto fue, aproximadamente, a las once y treinta minutos del día. Al medio día estaba afuera del edificio comprando en un negocio cercano una bebida isotónica de color verde. Cuando cogí el Powerade del refrigerador en el que estaba rotulado, un muchacho de aspecto sospechoso me paso a golpear la espalda y después me lanzó una mirada equidistante. Tal como se observa en la cámara del minimarket. Cuando fui a pagar y me acerqué a la caja, el mismo muchacho se acerca a increparme violentamente y me empuja cuando estaba pagando, lo que provocó que dejara caer todo el dinero que estaba en el banano: locomoción mes, almuerzos U, pasajes a Chillán (como reza la escueta lista de gastos que tenía en esa época), una cincuenta mil pesos que cayeron encima del mesón de la caja y que guardé rápido. Me retiré de inmediato, asustado y confundido.

 

Una vez fuera del negocio no alcancé a abrir la bebida cuando siento que alguien intenta arrebatarme el banano en el que llevaba el resto del dinero para la subsistencia del mes. Reaccioné en forma instintiva, hace poco había estado en un taller de karate en la universidad. Tome al sujeto afirmándolo del cuello y lo lancé contra un portón. No noté que el portón tenía un filo, un fierro sobresaliente de treinta centímetros, más o menos, afilado como cuchillo pero con forma de estaca, producto de algún choque que padeció el oxidado portón en una época pasada. 

 

La cabeza del asaltante se dividió en dos partes en el acto, liberando un abundante chorro de sangre que tiñó de rojo mis manos, que lo impulsaron con fuerza en dirección opuesta a la calzada y al tránsito vehicular. Era el mismo sujeto que me empujó, increpó y volvió a empujar en el minimarquet, de aspecto sospechoso, medio peligroso, su actitud me hizo pensar que era un delincuente". 

Minutos después llegó la policía y de inmediato me dieron permiso para entrar a un servicentro cercano a lavarme las manos, la cara y hacer una llamada telefónica a un familiar. Al volver, los detectives, que habían llegado recién al lugar, me contaron que el hombre que intentó asaltarme era un violador condenado por dos delitos de esta “naturaleza” y que se encontraba prófugo, en la impunidad hace más de dos años.

Lo que realmente pasó.

Bebimos en exceso durante toda la noche. No recuerdo absolutamente nada hasta el día siguiente en que desperté, aún borracho, en el departamento de un compañero de universidad. Los datos que tengo de esta jornada de carretes son meramente referenciales aportados por terceros y son merecedores de mencionarse, pero no se hará. En un vano intento por bajar un poco el hálito alcóholico, pasé a un negocio a comprar cualquier cosa para tomar, cuando iba a tomar una bebida isotónica de un viejo refrigerador oxidado veo acercarse en el reflejo de la puerta de la máquina a un viejo conocido, un muchacho que un vez me había robado un reloj en la calle, la semana en que llegué a estudiar a Concepción. Como me encontraba un poco ebrio, tuve el ánimo de insultarlo, dándole la espalda. Proferí palabras de grueso calibre, altamente ofensivas. Debido a esto, el muchacho me empuja con el hombro al pasar al lado mío y yo le dije: “te voy a sacar la mierda”. Fui a pagar rápido, no muy seguro de poder materializar las amenazas que había hecho en la condición en la que me encontraba. Cuando lo vi acercarse a la caja, cerca mío, me puse nervioso y además, me tropecé y dejé caer todo el contenido de mi banano en el mesón de la caja, algunos billetes también, unos seis mil pesos. Todo quedó grabado, pero como era un almacén de barrio, el video no se ve muy bien que digamos y la anciana miópica que atendía el negocio al momento de esos acontecimientos no vio más de lo que recuerda. Tomé la bebida, guarde lo que se me calló en el banano y salí sobresaltado.

Luego de avanzar unos minutos siento una mano en mi hombro derecho mientras caminaba al lado de un portón que tenía un afilado fierro, que una vez, que pasé en bicicleta por ahí, me provocó un grueso corte en la pantorrilla izquierda. Siempre me había parecido muy peligroso e incluso, en una ocasión, me puse a conversar con el dueño de casa, un simpático anciano de lentes gigantescos. Él me contó que hace varios años, un chofer de autobús había perdido el control de su máquina y se había estrellado contra su portón. A pesar del arreglo, la protuberancia persistía sobresaliendo, obstinada en la más intrigante manifestación de fatiga de material antes vista por mí, era una extraña formación filosa sobresaliendo de un antiguo portón en lo que parece: la espera de un destino interesante. Escuché que el muchacho me dijo lo siguiente cuando puso su mano sobre mi hombro: “buena onda amío, toy refomao sí que tranqui”. Creo que era el mismo que me había asaltado hace años, cincuenta por ciento de posibilidades, lo que es más que suficiente para el sistema mental que gobierna mis acciones. Lo tomé con fuerza y lo liquidé de inmediato, tal como lo imaginé al salir del negocio. Lo esperé reduciendo la velocidad, puesto que me percaté que me seguía, con tal precisión que al momento de acercarse a mí, pasábamos justo frente al portón oxidado de don Ernesto. Me dije: “uno menos”. Llegó la policía cuando ya repasaba mentalmente la historia. Pedí permiso para lavarme las manos y lo hice, llamé también por teléfono a un familiar, luego me acerqué a un cajero automático y retiré cincuenta mil pesos, que le pedí por teléfono a la persona de mi familia que llamé y que depositó de inmediato al explicarle lo que pasaba.

Eludí toda responsabilidad de esta despreciable acción.

Como bien se puede pensar, no tengo absolutamente ninguna autoridad moral para ahondar en muy refinadas críticas internas, si no puedo hacer más que filosofía barata mejor me callo, diría Wittgenstein, solo expreso mi visión de lo que ocurre desde mi perspectiva de sujeto que, en lo que respecta a vuestra civilización y comprensión de la realidad programada, da un paso al costado. Ahora, en este sentido, es obligatorio hacer algunas aclaraciones, de diferente especie.

Inicialmente, señalé algo relativo a una puerta estelar, me parece necesario dejar constancia de estos acontecimientos con el objetivo de que más personas se unan a la búsqueda.

Para hablar de dicha puerta me será necesario explicar, evidentemente, la forma en que pude acceder a ella. Para poder hacer esto estoy obligado a referirme al hecho de que en toda mi aventura, a lo largo del cerro Caracol, fui orientado por "voces". A modo de resumen, lo que recibí de las palabras que escuchaba, eran: “instrucciones para abrir un sendero en el cerro”, escuché eso mismo durante varias semanas. Además de recibir instrucciones muy precisas para: “comprar un machete”. Ya conocía los benditos machetes, había tenido la oportunidad de probarlo anteriormente cuando, con un amigo (que en paz descanse), torturanos al monstruo que se ocultaba debajo de un disfraz de hombre. Si bien, después de quitarle la piel, los músculos y finalmente los órganos, a machetazo limpio, jamás encontramos el monstruo que pensamos que habría, nos tranquilizamos de estas suspicacias al recordar solo un par de las acciones cometidas por este despreciable ser humano. Despreciable promueve despreciable. También recibí las instrucciones de: “cómo llegar al comienzo de un sendero”, que sale de otro sendero, que sale de un camino adyacente al camino que va por sobre la cascada de la Universidad de Concepción. Antes de iniciar el sendero, que demoré un año y medio en terminar, había divisado, desde el borde, una gran estructura de piedra, bastante camuflada con la vegetación y otras piedras, pero los trazos rectos y las formas simétricas eran observables a ojos bien juntos y la gran parte del año nada podía observarse en dicha zona por la exuberante vegetación que se apodera del cerro en invierno. Trabajar el camino en ese periodo del año fue una labor tremendamente exigente, lo que, por cierto, fue muy útil para mejorar mi condición física, algo bastante necesario en un viaje hacia las zonas más profundas del cosmos: la conciencia misma del ser.

 

Luego, hablamos del cambio climático y la inestabilidad política. Aquí es importante aclarar que el problema es totalmente solucionable, el gran agente de conflicto de la desorganización de masas es en sí la desorganización misma a la que están afectas las personas, los ciudadanos. Vivimos bajo un sistema: social, económico, político y valórico, que no funciona para la mayoría de la especie humana, esto es inaceptable. Se requiere con urgencia una reforma absoluta de todo el sistema organizativo planetario, que asegure en un porcentaje elevado, la felicidad y supervivencia de la mayoría de los seres humanos, algo que, en la actualidad, no está nada cerca de ocurrir. La mayoría de las clases políticas, los individuos que nos gobiernan, los funcionarios de los aparatos burocráticos y/o estatales, no sirven, deberían ser reubicados en otro tipo de labores, idealmente asociada al cuidado del planeta: el cuidado en terreno de plantitas, cortando el pasto, plantando árboles, viviendo con lo más básico. Los demás todos enfocados en construir una sociedad justa, equilibrada, sustentable y ecoteista. Quizá con un grado inferior de "desarrollo" tecnológico, pero sí avanzada en el cuidado del medio ambiente, la supervivencia y las economías sustentables ecológicas, algo que requerirá una profunda reforma educacional.

En estos dos temas grandes anteriores, cambio climático y politiquería, intentamos una forma de reformar el contexto de la situación del ser. Por eso esas aclaraciones son necesarias.

Finalmente, se aborda todo desde una perspectiva interior, conductual. Porque la teoría final es: el problema de la crisis es un problema interior, algo muy individual y profundo, relativo a la conducta que condiciona el comportamiento del ser humano desde que se tiene registros. Se plantean las siguientes preguntas al respecto:

¿Es el ser humano bueno en esencia? Sometiéndolo al juicio de las reglas morales de la mayoría de las religiones conocidas.

¿Funciona el sistema penal como agente en la disminución de los delitos, o bien, como forma de retribuir acciones? La delincuencia aumenta, los delitos aumentan, nuevas figuras penales aparecen. Surgen los monstruos debajo de la cama del mundo: dictadores brutales, imbéciles a cargo de grandes naciones, grandes guerras violentas ¿Mejora o empeora nuestra conducta como especie?

¿Penas más crudas y violentas, o más bien, la búsqueda real de una solución social para todo el planeta? Existe la necesidad de promover una sociedad en que cada individuo sea feliz sin dañar, ni afectar negativamente a nadie, desempeñando un rol social-laboral adecuado a sus capacidades, gustos y felicidad personal. Todo ser de la especie debe ser funcional como un engranaje del ecosistema y de la sociedad justa, equilibrada, sustentable y ecoteista.

¿Es justo que unos pocos sean dueños del planeta que nos pertenece a todos como especie? La tierra es un lugar bello pero, lamentablemente, muy extraño. La especie que alcanzó el máximo nivel de desarrollo intelectual, crea un sistema que es la forma más injusta y desigual entre mamíferos, con el objetivo que unos pocos se enriquezcan devastando los recursos y destruyendo el ecosistema. Todos ellos actúan amparados por las falanges políticas, integradas por personas que, la mayoría de las veces, solo tienen objetivos económicos, laborales o de índole personalísimo, algo que es totalmente incompatible con la naturaleza misma de servir al pueblo, al ager publicus, que deberán ir recuperando con urgencia antes del dos mil veinte.

Estamos muy, pero muy lejos de muchos de la mayoría de los planteamientos que se incluyen en este comunicado y es el motivo mismo por el que se hacen.

Resta señalar una última interrogante que queda planteada a todos los seres humanos, justo antes de los cincuenta años en que supuestamente será puesta a prueba la especie.

El ser ¿está en crisis?


Texto: Matías Pinuer

Ilustración: Javiera Rubilar