EL LUGAR DE LAS UNIVERSIDADES


08 Jul

Me atrevo a pensar que la cultura, antes que consistir en las llamadas ideas vitales de una época, debe descansar precisamente en la concepción contraria:  de que el alma culta no puede ser sostenida sólo por ideas exclusivamente propias de un tiempo dado, sino que tiene que serlo por fuerzas espirituales que suman sus raíces en edades anteriores lejanas, de donde extraiga la substancia secularmente acumulada de valores permanentes.

Enrique Molina


Parece obvio recordar que la principal función de las universidades no es generar profesionales. Si así lo fuere, las universidades serían una creación relativamente reciente, ya que esa necesidad la tiene la sociedad actual debido a sus demandas de mercado. De la medieval idea latina universitās magistrōrum et scholārium, la Universidad no es una institución, ni mucho menos una prestación de servicios a la sociedad. Es una entidad orgánica, o un sistema específico de unidades con funcionamientos determinados, que hace precisamente lo contrario: es el motor de la humanidad y desde donde se investigan y desarrollan las ideas que le dan funcionamiento.

Si bien las primeras universidades fueron creadas por la iglesia en tiempos medievales (lo que si nos ponemos a analizar parece una ironía), la idea de que el conocimiento debe estar al servicio del humano, compartirse e investigarse, es mucho más antigua. La Academia de Atenas estaba diseñada como un campus, de acceso libre, donde sus amplios espacios promovían el caminar para desarrollar la emergencia de nuevas ideas, y en su entrada se leía en cierto tiempo :“que nadie entre aquí si no sabe de geometría”.

Los padres fundadores de la Universidad de Concepción sabían esta idea esencial. Sin pretender colocar necesariamente a esta universidad en un pedestal ejemplar, analizar los fundamentos que dieron sustento a su creación permite obtener buenos ejemplos para dar con el sentido de las universidades en general. Ya en ese entonces, hace casi cien años, Enrique Molina sabía que no era el crecimiento de la ciudad lo que permitiría la creación de una universidad, sino al revés: la creación de una casa de estudios permitiría el crecimiento y evolución de la sociedad. Y es por ello que promovieron un campus libre, donde el espíritu pudiese desarrollarse libremente y desde donde la libertad del ser humano se emancipara frente al centralismo y su política. Sólo así, lógicamente, iban a lograr su objetivo. Si la universidad funcionaba con libertad y sabiduría, la sociedad generada a partir de ella sería libre y sabia.

Pero ahora la aparente falta de cuestionamiento del humano común, atrapado en unas demandas que no recuerda haber creado, ha delegado a la universidad como una fábrica más, en donde egresan año tras año, como si fueran nuevos productos de una fábrica, miles y miles de nuevos profesionales listos y completamente diseñados para “acoplarse” a la vida laboral.

Pero la universidad no crea trabajadores. O no debería hacer solamente eso. La universidad investiga, crea conocimiento, permite el encuentro de culturas y promueve la evolución del ser humano. El conocimiento generado debe conseguir una humanidad pensada de cierta forma, no ser un bien de consumo que la sociedad necesite. Ya lo sabía Heisenberg cuando no quería que sus descubrimientos fuesen utilizados por los nazis, o cuando Fray Luis de León continuó su deseo por enseñar luego de años de persecución.

Sólo así la universidad tiene, entonces, ese valor universal que le da el nombre. No cuando es malentendida como una función reproductiva de la sociedad, sino cuando propicia la creación de una realidad que el ser humano se haya propuesto.

Ése es el verdadero sentido de las universidades.


Texto: David Rodríguez P.