LA PROPUESTA


08 Jul

Esa tarde el sol brillaba de una manera especial.

Los corazones de cada ciudadano se encontraban impacientes. Por alguna razón, el sol irradiaba las azoteas de los edificios de una manera distinta, como si el mismísimo astro esperara una expresión de asombro, entre el ajetreo de cada trabajador, entre cada auto que parecía moverse sin razón en las calles infinitas. Alguien que notara ser iluminado por él.

Era una tarde diferente. Cada persona debía quedarse quieta por cinco minutos. Dejar de hacer lo que estuviera haciendo y mirar el televisor. Todos lo sabían: a las siete y media el mandatario entregaría su veredicto. Esa tarde, el futuro de todas las personas en la tierra cambiaría. Al principio nadie creía en La Propuesta. Los sentimientos humanos eran demasiado importantes, demasiado propios para dejarlos ir. El hombre era un ser sentimental por antonomasia. La población estaba ansiosa por saber qué pensaban los eruditos, porque sabían que existía una diferencia abismal entre los placeres que empujaban las acciones de la oligarquía y las razones que moldeaban el actuar de la población común. La Propuesta era, desde luego, una aseveración tajante, pero entregaba a todos sin excepción una especie de tranquilidad social -no menos mundana- que les permitiría estar conscientes de sus diferencias. Parecía un mal necesario.

A las siete y veinte no volaba una pluma por las calles de todas las ciudades del mundo. Cada persona se encontraba pegada a sus televisores, celulares y computadoras, ansiosa de saber la respuesta. No es que a todos les importara, sino que era un acontecimiento demasiado importante para no prestarle atención. Unos estaban en contra, mientras otros lo apoyaban sin pensarlo.

Era asombroso saber que las posturas estaban en un rango etario. Al parecer, los años que pasaban en la vida de cada ser humano lograban cambiar la visión que cada uno tenía del mundo. Algunas generaciones pasadas y sus reminiscencias culpaban al esquema de vida, que incluso no había hecho diferencias entre occidente y oriente. Existían, obviamente, excepciones. Hombres y mujeres gozosos de la vida, sin protestar ni salir a las calles en marchas y protestas afirmaban que, si la naturaleza había querido las cosas de una forma, había que dejarlas y aceptarlas, de manera feliz o estoicamente. La disputa ya no se trataba de religión ni de política. Era la naturaleza intrínseca del ser humano que, de no ser entendida con el suficiente criterio y rigor, provocaría grandes diferencias. La Propuesta había dividido a padre e hijo, abuelos y nietos, jefes y proletarios, ricos y pobres, liberales y conservadores, amantes del placer y amantes de las bibliotecas.

A las siete y veinticinco las aves habían detenido su vuelo, preguntándose por el silencio en las ciudades. Los semáforos iluminaban en vano las calles vacías. No había una sola nube en el cielo, ni algún niño que no estuviera en silencio junto a su madre. Los bares y las tiendas habían cesado su música, mientras que los vagabundos se acercaban lentamente a las casas, tratando de escuchar la información a través de las puertas. Finalmente, el dirigente junto a sus acompañantes, casi en un coro celestial al unísono, dejó escuchar su voz por el mundo entero:

—Es un momento muy importante para mí al dirigirme a ustedes, en cada una de las casas de todo el mundo para interrumpir sus tan valiosas labores. Es un momento de reflexión y pensamiento en nuestro interior, porque un día así no tiene precedentes. Como ustedes sabrán, durante todo este último año La Propuesta ha estado en la mente de todos. Fue ideada en conjunto por especialistas y psicólogos de todo el planeta. La Propuesta ha sido elaborada de manera conjunta por todas las naciones del mundo, analizando los cursos de la historia y del cauce humano. Sabemos a lo que nos enfrentamos en una sociedad que avanza. El progreso se afianza gracias al apoyo de cada ciudadano, entregando su trabajo para los demás y así el mundo crece…

Seguramente, el mandatario no sabía la gravedad del asunto que estaba tratando. Cada persona en su hogar estaba consciente que, trabajando, pagando sus impuestos y consumiendo de manera debida los bienes de consumo que el mercado le entregaba, hacía funcionar el esquema del mundo. Pero debido a La Propuesta, cada una de esas personas en ese momento no pensaba en ello, sino en el amor que le tenía a su hijo, los recuerdos de su difunta madre o el viejo amor de su juventud con el cual tuvo su primer beso. Era algo mucho más complejo, pero desde luego un burócrata no podría conocer las pasiones de un hombre libre.

—…y debido a las intenciones de La Propuesta y sus visiones a futuro, consideramos que es de suma importancia tomarla con la seriedad necesaria, siempre supervisada no sólo por el gobierno, sino por el buen criterio de las familias del planeta Tierra. Se dispondrán de manera inmediata móviles que recorrerán cada ciudad del mundo, cada calle, cada avenida, para entregarles el servicio a quien quiera aceptarlo. Se recuerda y se hace hincapié: aceptarla no es una obligación para ninguna persona…

Algunos, en sus casas y oficinas, abrazaban a sus compañeros y pares aún con la esperanza que La Propuesta no fuera aceptada. Se trataba de la esencia de las personas, de las pequeñas felicidades de los días comunes, de eso que alguna gente no era capaz de entender. ¿Cómo iban a saber esas personas exitosas, dedicadas a su trabajo y que dejaban a sus madres en asilos porque les molestaban en su carrera de triunfo, que tales pasiones y emociones eran para algunos la razón fundamental de la vida? ¿Cómo iba a saber el mandatario, que detrás de su armario y de sus zapatos costosos, se encontraban horas y horas de dedicación y pasión? La razón, impresionantemente idolatrada como si se tratara de un dios, era casi sinónimo de desconocimiento. Sin embargo, el aire parecía notar que la decisión ya estaba tomada:

—…de modo que, conforme a las razones de los eruditos de todo el mundo, y confiando en la buena aceptación de la población, declaro oficialmente desde este momento la aceptación de La Propuesta.

Esa tarde, luego del silencio absoluto en todas las ciudades del mundo, hubo protestas. Tal vez de manera desesperada, o tal vez de manera tonta, grupos de personas en todos los países salieron a golpear los automóviles, a romper las vitrinas de las tiendas, a gritar sin razón. Era casi un intento inconsciente de mostrar el último vestigio de sentimiento humano que quedaba en todo el planeta. Esa tarde, y luego esa noche, la policía no salió a las calles a aplacar las masas. Quizás no fue un acto muy sensato. Quizás fue un acto de compasión. Quizás fue para dejar que los humanos mostrasen sus emociones de manera libre, como antaño tantas veces lo habían hecho, dejando en claro la naturalidad del espíritu humano.

La mañana siguiente, cuando el móvil pasó frente a todas las casas, había filas de personas esperándolo. Las voces se escuchaban desde el interior de las casas.

—Estoy aquí porque ya no necesito recordar la tristeza que mi difunto esposo me produce. Reconozco que fue bello, que mis años pasaron de manera fructuosa, pero no quiero recordar cada noche que estoy sola, que mi cama es fría, que a mis setenta años estoy sola en esta casa y mis nietos se han olvidado de mí.

—Sí la entiendo señora, pero entiéndame que, si lo hace, ya no sentirá lo mismo cuando vea el atardecer, cuando vea una bella película, cuando acaricie a su gato, cuando esté despertando y el sol esté alto en su ventana.

—Estoy aquí porque necesito dedicarme mejor a mi trabajo. Sé que puedo ser eficiente, pero soy cojo y no podía desempeñarme bien porque me preocupaba lo que pensaran de mí. Ahora no me preocupará.

—Estoy aquí porque ya no me importará que me vean en silla de ruedas.

—Estoy aquí porque debo ir a trabajar al extranjero, así no extrañaré a mi familia cuando la sienta lejos.

—Estoy aquí porque así no me dolerá cuando otra vez una novia rompa conmigo.

Muchos de mis conocidos se aplicarían la vacuna que entregaría La Propuesta. Yo no quería. Salí a la calle a impedir que lo hicieran. Traté de explicarles que ya no sería lo mismo cada día, que la vida no tendría sentido.

            La vacuna es inmediata. Una vez que lo inyectemos, las hormonas e impulsos nerviosos de su cuerpo que producen lo que se conoce como sentimientos se reducirán en un 98%, de modo que sólo sentirá los impulsos básicos e instintos. Será más eficiente, no tendrá miedo al fracaso, ni frustración, ni enojo, ni ira, ni pena, ni dolor, pero tampoco lo que llamamos amor, ni felicidad ni placer. Sólo la información si se provoca una herida, una infección, un ascenso. Si acepta, firme aquí…

—¡Pero acaso no entienden! - les grité - La vida no tendrá validez, seremos esclavos de nuestros logros, de nuestro éxito laboral. Yo por mi parte prefiero equivocarme, caer, sentir pena porque soy humano, estoy vivo. Ya no podrán sentir lo mismo cuando los abracen, se casen, se enamoren, se enfermen, ¡cuando se mueran!

Los que ya habían sido vacunados, se retiraban caminando lentamente a sus casas. Miraban a todos lados, pero su vista era vacía. Parecía que no miraban a ninguna parte.

Mis padres ya habían firmado. Ya no sentirían lo mismo cuando los abrazara, cuando les regalara su obsequio de cumpleaños, cuando los saludara. Podría besar a todas mis compañeras de trabajo y no se inmutarían para nada. Pensé que sería cosa de tiempo para que todo el mundo aceptara La Propuesta. En mi avenida, al parecer yo era el único estúpido que no había firmado. Al final, el médico sobre el vehículo me pasó el lápiz.

 La vacuna es inmediata. Una vez que lo inyectemos, las hormonas e impulsos nerviosos de su cuerpo que producen lo que se conoce como sentimientos se reducirán en un 98%, de modo que sólo sentirá los sentimientos básicos e instintos. Será más eficiente, no tendrá miedo al fracaso, ni frustración, ni enojo, ni ira, ni pena, ni dolor, pero tampoco lo que llamamos amor, ni felicidad ni placer. Sólo la información si se provoca una herida, una infección, un ascenso. Si acepta, firme aquí…

Esa vez fue la última que el sol brilló de una manera especial.


Texto: Prof. David Rodríguez.