LA REVELACIÓN DE LA LUZ


08 Jul

Salgo de mi casa, cotejando estrellas, surcando la nebulosa de lo desconocido para mis pensamientos. Realmente necesitaba lo inexplorado, como el rocío de la mañana necesita al sol sin saberlo. Atravesé la puerta de salida pensado en la diferencia de la luz con la oscuridad, motivado por la incandescente brillantez aparecida que contrastaba con la penumbra del interior en mi casa. “Curioso”, pensé, aceptando ese pensamiento con una indiferencia benevolente. Encendí el auto con una rapidez instintiva, atrayente, que casi me movía automáticamente. Todo ese día, desde muy temprano en la mañana, me merodeaba un pensamiento recurrente, probablemente motivado de un sueño de la noche anterior que no era capaz de recordar, pero lo suficientemente importante para que mi inconsciente lo comunicara con mi realidad. Así que decidí retenerlo en mi mente, casi por inercia, mientras encendía el auto. Aceleré con la fuerza exacta necesaria para mover el auto en la dirección que yo quisiera, de modo que consideré que estaba perfecto en mis sentidos. “Totalmente receptivo”, pensé yo, recordando lo curioso del anterior pensamiento acerca de la luz.

Por las ventanas veía cómo las distancias comenzaron a acelerarse y yo, sorpresivamente, noté este diferencia espacial a mi alrededor con un interés peculiar, como si fuera primera vez que observaba tal fenómeno con detención. De modo que fui muy receptivo al proceso en que cada vez me movía más rápido por el empuje que la máquina de mil seiscientos centímetros cúbicos realizaba sobre mí. Eso fue divertido, hasta el momento en que conecté la reciente motivación por percibir tal fenómeno ya conocido con los dos pensamientos anteriores, el de la luz y el de la exactitud al percibir con mis sentidos. “Quizás tiene que ver con el sueño”, reflexioné tranquilamente yo, sin darle tanta importancia a tal coincidencia cósmica que más tarde tanto influiría en mí.

                Viajaba por un camino rodeado de arboledas que se mecían con el viento. Álamos enormes que se mezclaban con el azul del cielo, renombrando las alturas junto al eco que mi automóvil producía al pasar. Las llanuras a mi alrededor brillaban centelleantes con el resplandor de un sol de atardecer, refractando pensamientos que estaba predestinado a encontrar. Coloqué música. En el fondo de mis pensamientos un teclado Rodhes comenzó a romper el silencio, mientras una guitarra limpia rompía estéticamente la armonía con escalas dóricas. Entonces me di cuenta: entró un compás de batería, sencillo, a través de los platillos en el parlante izquierdo, y me di cuenta que coincidentemente cada golpe de platillo coincidía con los álamos dispuestos alrededor del camino que se asomaban por mi ventana izquierda. Cada vez que pasaba un álamo, sonaba el platillo de la canción. Me entretuve en tal coincidencia, despistándome de controlar el volante del auto. “Be careful” comenzó a decir la canción como primer verso, asustándome de que perdiera la trayectoria recta de mi vehículo por sobre el camino. En el parlante derecho empezó a sonar el bajo, con un LA sostenido prolongado por debajo de la guitarra que hacía suaves melodías.

Entonces todo comenzó a pasar. Me di cuenta que cada pensamiento que iba surgiendo dentro de mi mente coincidía exactamente con los datos percibidos por mi consciencia. No era que estuviera pensando en lo que percibía, sino que percibía de acuerdo a lo que pensaba. Las melodías de la canción estaban acordes con los árboles que pasaban, con las curvas del camino, con las nubes que se formaban a lo lejos. Incluso, cada vez que dirigía la mirada desde un lugar a otro, los compases de la canción cambiaban y las nubes formaban patrones que coincidían con mis movimientos oculares.

Debo confesar que me asusté mucho al principio, pero luego comprendí que tal sincronía no podía deberse a otra cosa que una epifanía. Una revelación espontánea de una verdad, un atisbo de conocimiento regalado por los espíritus, una coincidencia cósmica que mi consciencia estaba contemplando.

Entonces decidí, justo en ese mágico momento, jugar con la realidad: me hice una pregunta. Sí, en ese instante revelador, en el que mi propio pensamiento estaba en sincronía perfecta con la realidad, aproveché astutamente tal designio divino para entender algo. Sabía que el conocimiento a veces es intraspasable, sabía que muy pocos quizás entenderían cuando luego lo escribiese. Incluso sabía que la manifestación de un deseo egoísta podía hacer desaparecer la epifanía. Pero afortunadamente no lo hizo. Y pasó lo que tenía que pasar. Sé que el lenguaje humano es incapaz de expresar exactamente lo que sucedió, pero lo intentaré. Ahora lo describiré y será el final de este relato.

Levanté la vista hacia el cielo, sin dejar de conducir, y contemplé cómo las nubes estaban abiertas alrededor del círculo solar. Sentí la luz que llegaba desde miles y miles de kilómetros, y me pregunté –o le pregunté al universo- cuál era el misterio de la luz. Cómo funcionaba. Entonces todo se iluminó: literalmente. Los rayos del sol comenzaron a llegar con más fuerza, más intensidad, al punto de hacerme olvidar dónde me encontraba. Me di cuenta que todo era luz. Me di cuenta que el universo era un todo, y que para poder existir necesitaba percibirse a sí mismo a través de nuestros sentidos. Me di cuenta que no era yo observando el sol, sino el sol observando a un sujeto, y que cuando lo hacía, recién comenzaba a existir.


Texto: David Rodríguez