LA TEORÍA DE DIOS


08 Jul

Desde la escuela, se enseña la diferencia entre un hecho y una opinión. En estricto rigor es una diferencia sutil, pues se sostiene mediante la validez de la información, la cantidad de personas que la afirman y los datos que la respaldan, siendo estos últimos también susceptibles de investigación.

Pero los niños son capaces de ver la diferencia entre un hecho y una opinión casi de manera intuitiva. La percepción y la posterior asimilación de lo percibido en forma de información en la memoria, son procesos que se han perfeccionado a lo largo del camino de la evolución y son intrínsecamente necesarios para la vida.

Desde esa infancia, no solamente desarrollamos esta habilidad de diferenciación para tareas complejas, sino también en lo cotidiano. Creemos diferenciar un hecho de una opinión mediante la información que la sustenta. Por ejemplo, si nuestra vecina nos dice que hay reunión de junta de vecinos el martes, y luego veo el letrero, lo consideraríamos lógicamente como un hecho. Incluso sin tener el respaldo del letrero, por los componentes lingüísticos del enunciado (morfo-sintácticos, léxico-gramaticales, para-verbales, etc.) sabríamos decidir también. Distinto sería si ella nos afirma que “seguramente” habrá reunión pronto.

Esencialmente, el problema radica cuando, en determinados contextos, no utilizamos esta habilidad para diferenciar un hecho de una opinión. Sin pretender saber la razón por la cual realizamos esta omisión (lo que sería una estimación muy teleológica), es necesario un acercamiento, quizás incluso hasta un poco fenomenológico, y ver lo que está ocurriendo. Asimismo, no sabemos si esta omisión la realizamos en contextos adicionales a los que ya identificamos. Concretamente, podemos evidenciar que no todos discernimos con esta habilidad cuando se trata, por ejemplo, de temas religiosos.

Ocupando una analogía, podemos explicarlo de la siguiente forma; si buscamos un artículo único en Aliexpress, por ejemplo las únicas zapatillas autografiadas de Steve Jobs, trataríamos de asegurarnos de conseguirlas. Supongamos que, averiguando, nos encontramos con la siguiente situación: un sujeto en Australia afirma tenerlas, pero también otros en Nueva Zelanda, en Austria, en México, en Estados Unidos y en Argentina. Encontramos cientos de blogs, páginas web y libros que afirman indistintamente que tales zapatillas no existen, que no hay pruebas de ellas, ni fotos, ni videos. Tampoco hay formas de verificar la originalidad de la firma. No obstante, también hay sitios y personas que afirman tener “las únicas y originales zapatillas de Steve Jobs”. Supongamos, también, que hay países como India o Japón que afirman tener decenas de distintos tipos de zapatillas de Steve Jobs, con miles de años de antigüedad. Naturalmente, nosotros dudaríamos de comprarlas. Al menos, si es que aún nos decidimos por querer realizar la compra, nos aseguraríamos de dilucidar qué ocurre con la veracidad de la información en este caso.

Ahora bien, ¿por qué no reaccionamos todos de la misma forma cuando se trata de un tema religioso, por ejemplo, de la existencia de lo que llaman Dios, que se presenta de una forma similar? Con este planteamiento no buscamos argumentar ninguna posición al respecto, si existe o no tal entidad, sino solamente abordar la pregunta con total lucidez. Tampoco podemos pecar en el error de omitir aspectos importantísimos de la temática, como aspectos psicológicos intrínsecos del ser humano al afrontar el concepto de muerte o elementos filosóficos como el devenir, etc., que seguramente inciden.

Incluso sin considerar a priori la absoluta necesidad de definir el concepto de Dios, es obligatorio enfrentar la pregunta con libertad, claridad y determinación. Independiente del resultado al que nos inclinemos (que seguramente hará necesaria la exclusión de dogmas y el rompimiento de paradigmas), es vital recordar, con la completa lucidez que teníamos cuando éramos niños, que la existencia de esa entidad a lo que se denomina Dios es una teoría salida de nuestro pensamiento, y no al revés.


Texto: David Rodríguez R.

Fotografía: Creación de Adán. Fresco de Miguel Ángel, bóveda de la Capilla Sixtina. Roma, Vaticano. (Fuente: Wikipedia Commons).