LA TERCERA GUERRA MUNDIAL


08 Jul

Él era un genio en el arte de la guerra. No solamente porque supiese de memoria el libro de Sun Tzu, sino porque parecía haber nacido para ella. Su padre batalló en la guerra de Irak, su abuelo en Vietnam. Era casi un arte familiar. Amaba la guerra. Sin embargo, a pesar de haber cursado con distinción todo lo disponible en las ramas del ejército, Francisco Fernando nunca había ido a ningún conflicto bélico.

Todo empeoró cuando fue a la cárcel. Una mala implementación de la justicia militar le jugó una mala pasada y, tras un intento de asalto (que debido a sus artes terminó en la muerte de sus cuatro agresores), terminó pasando décadas en prisión.

Francisco Fernando no lo podía concebir. Menos aún cuando, de voz del vigilante, supo de la Tercera Guerra Mundial. Chile era parte de ella. Sus manos temblaban, su voz flaqueaba, su mirar se perdía en las visibles nubes lejanas a través de su diminuta ventana. Para su desdicha, el vigilante era hermético en sus conversaciones y nunca le comentaba detalles de lo ocurrido.

—Al menos cuéntame cómo empezó. Quién asesinó a quién, cuál fue el gatillante —preguntaba el reo —me desespero dentro de esta estúpida celda.

—No sabes nada.

Las horas pasaban inexorables dentro de las paredes de la celda. Luego los días, los meses, los años. Francisco Fernando estaba desesperado. Se sentía inútil. Toda su vida se había preparado para ello, demostrando sus capacidades con los máximos honores. Su mente divagaba. Su corazón latía sin propósito.

—¿Por qué razón no me llamarán? ¿Irá tan bien la guerra que Chile no forma parte del asunto? ¡Yo nací para matar, toda mi vida he esperado este momento! ¿Y si Chile pierde por no contar con generales competentes?

—No sabes nada.

—La muerte llegará a estas puertas, idiota. Nada los detendrá. Tenemos que actuar. ¡Déjame salir, insufrible peón!

El vigilante guardaba silencio con una sonrisa desdeñosa.

Y los años pasaron, como las estaciones. A veces Francisco Fernando podía ver los aviones cruzar el cielo anaranjado, pero aparentemente no en misiones de guerra.

—¡Qué diablos pasa! ¿Por qué no me dices nada? ¿No se supone que debieran surcar el cielo muchas más aeronaves?

—No sabes nada.

—¡Déjame salir!

El corazón de Francisco Fernando casi estallaba cada día. Su impotencia era tan grande que prefería no comer. Entonces el insondable silencio llegó. El silencio del final de la guerra. El vigilante se lo comunicó, irónicamente, una mañana en que los cerezos dejaban caer sus flores.

—La Tercera Guerra Mundial ha terminado — dijo el joven vigía, mientras abría silenciosamente una botella de gin.

A los tres días de saber la noticia del cese de conflicto, Francisco Fernando quedó en libertad. Su silencio era absoluto. Sepulcral. Tanto, que sólo pudo romperse abruptamente con el llanto. Un llanto desgarrador, un llanto de adulto, un llanto de impotencia que podía ser comprendido por el ser más apático del mundo. Y entonces comenzó a gritar. Agarró fuertemente de la chaqueta al vigilante, mientras le escupía en la cara al hablarle.

—¡Yo quería ir a la guerra! ¡¿Comprendes?! ¡Para eso nací! ¡Yo quería ir a la guerra, yo quería ir a la guerra! ¡Matar a otro ser humano para defender a los míos, enfrentar mis miedos en las trincheras, correr con el peso de la civilización sobre mi espalda, defendiendo a la vida!

El vigilante guardaba silencio, intentando no derramar de su botella el preciado gin debido a los forzosos movimientos.

Francisco Fernando caminó en silencio hacia la salida, lentamente, esperando ver las consecuencias nefastas de la guerra. Pero al salir, el único caos que pudo vislumbrar eran las hojas de cerezo que volaban al viento. Las calles estaban limpias, las personas caminaban ordenadas hacia sus trabajos, los autos impecables transitaban junto a la armoniosa música de sus interiores. El ex convicto no entendía nada. Corrió de vuelta hacia el vigilante, sin ser detenido por nadie.

—¿Me mentiste todo este tiempo? ¡No hubo guerra! ¡No hubo guerra! ¡Me hiciste el ser más miserable!

El vigilante, un poco desorientado, le respondió sin voltear.

—Hubo guerra. La más temible. Y terminó. Comenzó antes que llegaras a prisión. Yo sólo hice notar algo que no sabías.

Entonces Francisco Fernando entendió todo. La Tercera Guerra Mundial se había estado librando hace mucho tiempo. No hubo forma de evitarlo. La guerra contra la libertad humana, contra el pensamiento, contra la integridad. La guerra para la cual nadie estaba preparado, la guerra a la que no había forma de combatir. La guerra en la que combatíamos contra nosotros mismos, que se había ganado sin que nadie lo notase.

El vigilante le ofreció silenciosamente una copa de gin.


Texto: David Rodríguez P