LOS ANAQUELES DE LA MEMORIA


08 Jul

 

           Cambiando el paso de las nubes, el despreocupado caminante recorría las llanuras de las estepas. Y con qué asombro de deslumbramiento se torcía el camino, y serpenteaban las esquinas de las mesetas esquivas, mientras el anhelante soñador, descalzo, tiritaba bajo el frío de la mañana. Un recuerdo perturbador le aquejaba la alegría matutina. Los familiares que antaño abrazaban su espalda, al son con que las nubes se difuminaban, se perdían entre confusos devenires de memoria, se repetían en continuos dispersares, y el peso de los años le aquejaban los anteriormente nítidos recuerdos. Momentos irrepetibles, lugares descubiertos al paso de las etapas vividas, remembranzas de gozos perpetuados en almas que compartían sus vidas, cariños y amores que con rapidez se iban.

Claro que existían instantes imborrables.  Hechos inconfundibles que atesoraba como un niño a un peluche, o lazos inquebrantables con personas que, por más que las nubes pasasen y pasasen, siempre quedarían perpetuadas en él, como las arrugas en su rostro, cada vez más profundas. Y cuando caminaba el pensador matutino, frente a bosques frondosos que se cruzaban en su fortuito caminar, levantaba ocasionalmente la frente al cielo, como esperando a que lloviese. Pero no era lluvia lo que sus sienes deseaban. Contemplar el cielo nublado, sopesado de espesas cúpulas, era como observar al tiempo, irrefrenable e irrepetible, y los recuerdos entonces tendían a volverse claros, como si la humedad a la que su frente estaba acostumbrada a ver caer desde la altura metaforizara los golpes que el destino le había dado a su capacidad de recordar. Un bosque frondoso era como un laberinto de la memoria. Cada árbol diferente al otro, pero confundidos en un espeso todo uniforme, era como comparar un día con el otro, a lo largo de todos los largos y exactamente repetidos ciclos de los tiempos. Cada cielo aparecido y armonizado con su sol y su luna, y cada árbol que se perdía entre los demás, cada uno con sus respectivos nidos y sus alturas azarosas, en un ademán de búsqueda de luz solar. Pero la memoria era el ojo en común por el cual, sea cual fuere el bosque y el día, sea cual fuere el sol, la luna o el nido encontrado, tenían que compartir su linealidad con una vida entera: la capacidad de recordar que se cruzaron en el camino del que vivió con ellos, y para ellos.

            De pronto el hombre sintió un pesar en el caminar. Un pie se oponía a su movimiento. Reflexionaba tanto sobre la memoria y los recuerdos, que se preguntó si acaso era un proceso inconsciente, sistematizado. ¿Acaso los recuerdos no eran más que reminiscencias del pasado? ¿Y si todo lo que él recordaba sobre la vida, no era más que una versión de su vida, una artificialidad confeccionada por el filtro de la memoria, un filtro cada vez más desintegrado? Si aquello era cierto, lo que él entendía por sí mismo no era tal, sino que era una parcialidad de la vida, un aspecto efímero e infructífero, sin mérito y sin retorno. Acaso recordar no era acceder a los recuerdos, sino que inventarlos. Entonces le costó caminar. ¿Acaso recordaba cómo caminar cuando lo hacía? No, irremediablemente no. Era automático. Pero en ese momento, por una leve milésima de segundo, olvidó cómo hacerlo.

            Y caminó por el bosque del olvido, con los ojos cerrados. Intentó focalizar su mente, en la contemplación del tiempo. Era imposible. En el instante inmediato que eternizaba sus pensamientos e intentaba colocarlos, perplejo, en la crispación del tiempo, inmediatamente lo que estaba viviendo formaba parte del pasado, y si se concentraba demasiado en el presente tendía a proyectarse al futuro. El instante mismo del presente, era una ilusión. Un parpadeo, un haz de luz imperceptible.

            Los recuerdos comenzaron a perderse en reflexiones sin sentido, invenciones de la realidad. Su existencia misma parecía constreñida, extraviada en anaqueles de la memoria olvidada, confusos como los límites y contornos de las nubes que pasaban sobre él. El bosque de la memoria era como una biblioteca llena de conocimiento. Estanterías y estanterías repletas de recuerdos contenidos en libros, que se borraban y re-escribían en el momento en el que se intentaba leer de ellos. Acceder a los recuerdos, era inventarlos nuevamente.

            En ese exacto momento en el cual el hombre comprendió el funcionamiento de la memoria, comenzó a caminar de nuevo. Recordó cómo hacerlo, sólo que no se dio cuenta. Y todo este tiempo en que el hombre reflexionó sobre el tiempo, no fue más que un abrir y cerrar de ojos, imperceptible para su frágil bosque de la memoria.  


Texto: David Rodríguez