MITOLOGÍA Y COSMOVISIÓN DEL SOL Y LA LUZ


08 Jul

En un principio, todas las culturas que han poblado la tierra han adorado al dios sol; la luz y el calor del día que cuida de hombres y mujeres, que permite a las plantas y animales crecer. Aquello que sustenta la vida.

Aunque el humano fuera capaz de hacer fuego, jamás sería capaz de generar tanta luz como el sol. Como objeto divino, el sol ha sido representado de diversas formas, estando presente en todos los mitos de la creación del mundo y los hombres.

Asimismo, un lugar preponderante tienen la luna y las estrellas, interpretándose su lugar en el cielo, y sobre todo las fases lunares y solares (estaciones del año). En cada cosmovisión tanto la luna, el sol y las estrellas poseen importantes roles en la creación del hombre y la mujer.

El hecho que muchas religiones y culturas de diversas partes del mundo coincidan en la representación de lo divino a través de la luz (ya sea fuego, sol, luna o estrellas), tiene que ver precisamente con la importancia que poseía para los antiguos humanos el observar el firmamento, o bien, el sol y la luna en las alturas, de día o de noche. Por ende, no es de extrañar también que determinados lugares en el cielo o fechas en el año signifiquen cosas parecidas para todas las culturas del mundo.

Para poder explicar su propia existencia, a través de la tradición oral, los hombres han sabido contar historias sobre la creación, los mitos. La abundancia de mitología existente sobre la creación del mundo es tan amplia, extensa y variada como pueblos conocidos. En este caso, se analizan tres cosmovisiones de pueblos americanos, que habitaron o habitan distintas partes del continente americano: los Selknam (extremo sur de Chile), los Maya (Centroamérica) y los Mapuche (centro sur de Chile).


La cosmovisión Selknam

Según el mito Selknam de la creación del mundo, uno de los dioses encargados de la creación del mundo para los Selknam creó con sus manos al sol, ordenándole que brillara más fuerte a medio día y que se retirara por la tarde para dar paso a la luna. Como el cielo estaba muy cerca de la tierra, tuvo que empujarlo hacia arriba, donde ha quedado hasta hoy. Este dios en particular estaba acompañado siempre por sus antepasados, con los que tuvo que dormir un largo sueño para rejuvenecer y recuperar sus fuerzas. Pero cada vez los cuerpos rejuvenecían menos y se instalaba en ellos la vejez, propiciando que muchos de los Selknam que habían decidido hacer lo mismo que los dioses, no se levantaran más del sueño. Sin embargo, quienes se abandonaban por siempre al sueño se convertían en animales, ríos, montañas, cascadas. Y así nació el mundo. Cuando al dios creador y sus antepasados les tocó la hora de volver a su hogar celeste en los cielos, todos quienes lo acompañaron se elevaron y convirtieron en estrellas.

Esta cosmovisión plantea la figura de un dios creador, donde la luz tiene un papel preponderante. En un principio, en la oscuridad del universo, surge la luz creadora y una vez que la obra está hecha, el dios creador y sus antepasados vuelven al cielo para convertirse en estrellas. Naturalmente, para los Selknam, era necesario adorar al cielo y a sus antepasados por esta razón.


El Popol Vuh y los Mayas (Quiché)

Según el mito de la creación Maya (Quiché) descrito en el Popol Vuh (libro sagrado que cuenta el mito de la creación según este pueblo), primero los dioses crean el mundo y a los animales, pero se dan cuenta que los animales son incapaces de adorarlos y nombrarlos, para agradecerles por haberlos creado. Es cuando deciden crear a los hombres, luego de varios intentos fallidos. Mientras los hombres dormían, los dioses crean a las mujeres y los humanos comienzan a multiplicarse. Aún no había nacido la luz y los humanos rogaban a los dioses por el amanecer, deseosos de contemplar la aurora. De entre todos ellos emergieron Hunahpú e Ixbalanqué, quienes se enfrentaron a los dioses de Xibalba (inframundo) en múltiples pruebas hasta que finalmente fueron vencidos, como venganza por los males que hubieran sufrido sus padres. Una vez que lograron vencer a los dioses de Xibalba, Hunahpú se convirtió en el sol e Ixbalanqué se convirtió en la luna. Así, los hombres pudieron finalmente agradecer a los dioses creadores, Gucumatz y Huracán. Cada día Hunahpú e Ixbalanqué bajan al inframundo a superar las pruebas que los señores de Xibalba preparan y sólo si son capaces de vencerlos, vuelven a aparecer en el firmamento.

Para los mayas, adorar a los dioses era fundamental. Poseían una serie de ritos y prácticas religiosas que incluían sacrificios humanos, como ofrenda. Sus templos se encuentran alineados con estrellas del firmamento y en algunos de ellos, en determinadas épocas del año, la luz del sol se alinea con complejos instrumentos hechos para coincidir perfectamente. Los mayas poseían un calendario muy distinto al nuestro, circular, donde no sólo se contaban los días del año que nosotros conocemos; posee 7 distintas cuentas de tiempo: el calendario sagrado (260 días), el ciclo solar (365 días), la rueda calendárica (52 años), la cuenta larga (5200 años), la cuenta lunar (18 meses lunares), la cuenta venusiana (584 días) y la cuenta de los señores de la noche (9 días). Este calendario y sus cuentas coincide perfectamente con eventos astronómicos universales, como alineamientos planetarios, paso de la tierra hacia el centro de la galaxia, eclipses, solsticios y equinoccios. A diferencia de nuestro calendario, que sólo marca días del año, feriados y (si tenemos suerte) fases lunares.

La importancia de la luz en la cultura maya y su contraposición con la oscuridad son elementos fundamentales en todo el constructo social y religioso. Como símbolo de adoración, el sol es protector y trae seguridad, alimentos, calor y divinidad.

El mito de la creación Mapuche

El mito de la creación mapuche habla sobre un espíritu que habitaba solitario en el cielo, que un día decidió crear la vida. Abrió los ojos y creó al Lituche (hombre del comienzo), un ser dotado de consciencia e inteligencia que lanzó a la tierra sin medir sus fuerzas, golpeándose en el suelo. Al escuchar el estruendo, su madre, Kuyen (la luna), abrió una ventana en el cielo para mirarlo. Desde entonces ella se encarga de cuidar el sueño de los hombres. A su vez, también Antú (el sol), quiso abrir una ventana en el cielo para observar, dándole calor a los seres vivos. Lituche le pidió a su creador que le enviase compañía y así fue como, de una estrella, nace Domo, la primera mujer, a quien deja caer con gran delicadeza sobre la tierra, a diferencia del hombre. De sus pasos nació el pasto, los árboles y las flores; de su boca nacieron los pájaros, animales y mariposas.  Al mirarse, Lituche y Domo, comprendieron que su compañía llenaría por fin el vacío de la tierra. Los hijos de Lituche y Domo fueron los mapuche. Mientras Domo y Lituche construían su hogar, aparecieron los Cherrubes, espíritus malvados, manifestaciones del mal, buscando hacerles daño desde el cielo. Por eso, hasta el día de hoy, el pueblo mapuche pide al dios creador del cielo que los proteja y los cuide, siendo el sol la figura más importante en su cultura, que al salir por la mañana acaba con los males de la noche.

Según la cosmovisión Mapuche, el mundo que habitamos posee 3 dimensiones; el Wenu Mapu, la tierra de los dioses, la Familia Divina, de donde provienen las fuerzas del bien; el Nag Mapu, el lugar de la vida cotidiana de los mapuche, donde conviven las fuerzas del bien y del mal; y finalmente, el Minche Mapu, debajo de la tierra, donde habitan las fuerzas y espíritus del mal. El símbolo característico de la cultura mapuche (representado en el Kultrún), representado en muchos de sus objetos tradicionales, representa en realidad un calendario lunar y solar, donde se representan las fases de la luna (llena, creciente, nueva y menguante), y las fases del sol a lo largo del día (sol del amanecer, sol del mediodía, sol del crepúsculo y sol oscuro. Esta representación además era utilizada como guía, señalando puntos cardinales. Pero eso no es todo, además representa los elementos vitales: aire, agua, tierra y fuego.

Como si fuera poco, el símbolo también representa el ciclo de trabajo de la tierra, señalando el tiempo de brote (Pewü), tiempo de lluvias (Puken), tiempo de descanso de la tierra (Rimúngen) y el tiempo de abundancia (Walüng). Cada punto cardinal señala también a poblaciones de mapuches específicas del territorio que dominaban; Pikun mapu (norte), donde vive la gente del norte o Pikun che; Lafken mapu (Oeste), donde habita la gente del mar o Lafken che; Willi mapu (sur), donde habita la gente del sur o Willi che; y Puel Mapu (Este), donde habita la gente del este o Puel che.

La luz en las antiguas culturas

El hecho que la representación del tiempo y las estaciones se grafique en las culturas antiguas a través de un disco o calendario circular, tiene que ver con la consciencia que tenían sobre los ciclos de la tierra, del tiempo, del sol, la luna y las estrellas. Toda su cosmovisión, su forma de entender el universo, se basaba en la luz que eran capaces de percibir, tanto de noche, como de día, a lo largo del tiempo.

Tras varios siglos de observar el cielo, fueron capaces de hilar los eventos cósmicos que presenciaban y crear constructos religiosos y sociales gracias a ello. Era la luz la que dictaba a los humanos qué, cómo y cuándo hacer las cosas, y no al revés.

No es de extrañar que, al encontrarse con los conquistadores, el choque cultural fuera catastrófico; en la cosmovisión cristiana –que traían los consquistadores- la luz sólo posee valor como guía del camino de los hombres: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz ‘día’, y a la oscuridad la llamó ‘noche’. Y atardeció y amaneció: día primero. Dijo Dios: ‘Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras.’ E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento ‘cielo’. Y atardeció y amaneció: día segundo (…). Dijo Dios: ‘Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y sirvan de señales para solemnidades, días y años; y sirvan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra.’ Y así fue. Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para regir el día, y el lucero pequeño para regir la noche, y las estrellas; y los puso Dios en el firmamento celeste para alumbrar la tierra, y para regir el día y la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien. Y atardeció y amaneció: día cuarto”.

Mientras en las culturas precolombinas la luz representaba en sí misma una divinidad, o bien, divinidades o antepasados, en la cultura cristiana que se impuso no existe tal. Para el cristianismo la luz sólo representa “lo bueno”, aquello que se contrapone a la oscuridad, “lo malo”. Es una de las relaciones semánticas más antiguas del mundo y se relaciona básicamente con la seguridad que trae el sol durante el día, para que los humanos puedan vivir tranquilamente, sin miedo a los misterios de la noche.

La única representación solar que existe en el cristianismo es la figura de Cristo, que deviene en un mesías solar, figura presente también en muchas otras culturas occidentales. Según el documental Zeitgeist (2007), de Peter Joseph, la figura del mesías solar es representada muchas religiones, que coinciden siempre en algunos puntos: el mesías solar nace un 25 de diciembre, es capaz de caminar sobre el agua, puede realizar milagros, muere y a los 3 días renace y sube al cielo (entre otras cosas). Según Joseph, quien aporta gran cantidad de evidencia en la primera parte del documental, la biblia sería también un texto astrológico, más que literario. Es decir, que su contenido responde a una sucesión de simbolismos cósmicos que no deben ser interpretados de forma literal, como se ha hecho, sino a través del significado astronómico que representan. Así, el mesías solar sólo representa al sol, lo personifica.

Entonces, no es de extrañar que los cristianos, al enfrentarse a las culturas precolombinas, fueran incapaces de comprender (salvo contadas excepciones) los designios del sol, la luna y las estrellas que tan importantes resultaban para las culturas que destruían.

Es el legado de aquel encuentro el que perdura hasta nuestros días, y es el mismo sentimiento de vacío que nos inunda cuando, al mirar por el balcón en medio de las grandes ciudades, nuestros ojos buscan desesperados el brillo de 6 o 7 estrellas. Mientras, al salir a campo abierto, una emoción tan antigua como el hombre nos invade al contemplar el firmamento tal cual es; el eco de los primeros cantos al sol renace en cada persona que recibe el primer rayo del amanecer, y la nostalgia que penetra en nuestros corazones al contemplar el ocaso.


Texto: Fabián Rodríguez R.