¿NECESITAMOS SER GOBERNADOS?


08 Jul

 

¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política?

Jorge Luis Borges

 

Diferentes corrientes sociológicas han intentado explicar el concepto de gobierno en las distintas sociedades humanas. Aparentemente lo han logrado. Sin embargo, una mirada un poco más crítica, que intente abordar el fenómeno desde otras perspectivas, podría arrojar luces diferentes sobre la realidad de nuestras instituciones políticas. 

El concepto de emergencia significa la aparición de una propiedad nueva en un elemento, que no es desprendible o identificable de entre sus elementos componenciales. Por ejemplo, el fenómeno de la sociedad parece “emerger” de las acciones humanas, pero no es posible de identificar en un solo individuo que no se interrelaciona con los demás.  El punto es que, en estricto rigor, la política no parece emerger de la misma forma a partir de la naturaleza humana, como algunos quisieran pensar.

Fromm consideraba que el hombre le tenía miedo a la libertad, por lo que necesitaba de verdugos que restringiesen su actuar. Freud creía que nuestra neurosis nos llevaba a caminos inextricables en donde todo parece un “callejón social” sin salida. Foucault creía que la dinámica lucha por el poder llevaba a la hegemonía del dominio político. Pero nosotros no caeremos en estos reduccionismos simplistas: necesitamos una mirada más profunda que nos permita observar el fenómeno del gobierno sin velos ni camuflajes. ¿Por qué, aparentemente, los humanos son gobernados? ¿Desde dónde nace esta intrínseca “necesidad”- si se puede considerar así- de decidir bajo la tutela de otras personas, elegidas o no por las multitudes, en aras del progreso de la sociedad?

Sabemos que nuestra pregunta es compleja, y para responderla correctamente primero tendríamos que definir lo que consideramos consensuadamente como “progreso”, “libertad”, “sociedad”, etc. Pero considerando estos conceptos bajo la mirada del sentido común, creemos que es posible avanzar críticamente en la pregunta básica, genuina y natural (casi olvidada) de la base del problema: ¿En realidad necesitamos ser gobernados por personas? 

La libertad de acción de un ser humano (no de pensamiento) está determinada por muchos factores. Entre ellos, sus emociones, su conocimiento del mundo, su genética, sus posibilidades, etc. No obstante, dicha acción no está completamente determinada por “factores” propiamente tal (incluso aunque pudiéremos enumerarlos todos). Pensar en esta absoluta intrepidez sería caer en un determinismo absoluto como el “demonio” de LaPlace. Al parecer, para quitar parcialidad a esta supuesta libertad de acción, se ha decidido “socialmente” que cuando un ser humano “decide” algo que afecta al resto debe someterse al escrutinio de éstos. Concretamente, éste ha sido el principio básico sobre el cual se ha establecido lo que denominamos Política (de acuerdo al Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora), con más o menos matices, desde los tiempos en que los antiguos helénicos lo consideraron como tal.

Pero lo anterior nos lleva a un sin sentido evidente: tal método de “compartida” deliberación anula completamente la capacidad intelectual y racional de un ser humano individual, libre y pensante. En otras palabras: por darle la oportunidad a la mayoría de la sociedad de cuestionar y validar las conclusiones lógicas de un ser humano individual, restringimos la capacidad de creación. Asimismo, en el acto mismo del consenso olvidamos que la sociedad es producto del pensar humano y sus movimientos psicológicos, que ha nacido de él y no al revés, por lo que ella debe estar supeditada al accionar humano y no en el otro sentido, como sucede ahora, en el que la individualidad del pensamiento es sacrificada por el partidismo más radical y absurdo de la política nacional y del mundo.

Si analizamos un poco de teoría, incluso superficialmente, nos daremos cuenta que el “paradigma político” ha sido considerado esencialmente obsoleto por diversas posturas, en distintas partes del mundo y en diferentes épocas: Derrida arremetía obcecadamente en que debíamos “de-construir” nuestras realidades y constructos para producir nuevos planteamientos estructurales. Maquiavelo, estudiado por Napoleón, sembró las bases del buen gobernar (como en su tiempo lo hizo el mismísimo Dante Alighieri), precisamente anulando la voluntad del pueblo en determinados casos en los que, según él, debía prevalecer la ejecución de acciones vitales. Cuando Ortega y Gasset, por otro lado, nos argumentaba que los asuntos intelectuales del hombre debían ser abordados políticamente, refería exactamente a lo que ahora planteamos: cambiar la acción política hacia el desarrollo del intelecto y no a la satisfacción de las masas. Cuando Marx (siempre mal entendido) planteó el ataque al capitalismo emergente – desde un materialismo histórico, no desde el mal entendido marxismo -, afirmó que se debían replantear las “superestructuras” sociales y políticas para el bien del ciudadano. Actualmente, para citar un elemento contemporáneo, el mismo Chomsky nos afirma las características de la manipulación de las masas por medio del control de la información por la élite política, arguyendo lapidariamente desde su postura radical que la revolución y emancipación es necesaria para lograr el cambio.

En consideración a lo anteriormente expuesto, por más que nuestra reflexión fuese superficial, tarde o temprano nos llevaría a una inexorable conclusión: las fuerzas políticas mal entendidas llevarán ineludiblemente al sacrificio de la racionalidad humana. Nuestra acción comunicativa (como lo hubiese querido Habermas) en contra de la política debe ser radical, si es que queremos llevarnos consigo nuestra capacidad intelectual y mantenerla de nuestro lado. Los cambios superficiales en las esferas de los gobiernos nunca llevarán a la solución de problemas de fondo: recordemos que los grandes cambios en los albores de las civilizaciones no se llevaron a cabo por poderes conglomerados de acción política, sino por la visión individual de seres humanos libres, que no buscaban ser complacientes con el ciudadano común, pues no existía tal cosa.

El ser humano debe olvidar que se encuentra gobernado, y recordar que él mismo puso a esas personas allí en el “supuesto” mando y que, por lo tanto, tiene también el poder de sacarlos de allí. No necesitamos ser gobernados, cuando nuestra capacidad intelectual está despierta y somos capaces de entender y cuestionar la realidad.


Texto: David Rodríguez P.