¿QUÉ QUISO DECIR REALMENTE EL TRACTATUS?


08 Jul

Uno de los textos filosóficos más polémicos del siglo XX es sin duda el Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein. Publicado en 1921, en un contexto marcado por la guerra, el críptico libro de este autor austriaco busca describir las relaciones lógicas que conforman la estructura de nuestro lenguaje, de modo que el texto completo es un mensaje argumentativo, a fin de cuentas, que busca describir la estructura del significado y sus consideraciones. Pero el mismo autor, cansado de explicar sus planteamientos a contemporáneos de la época (de alto prestigio como Russell, por ejemplo), afirmó descontento que su obra no había sido bien entendida. ¿Cuál era el verdadero sentido del Tractatus?

Comenzaremos haciendo justicia al planteamiento del propio Wittgenstein: el libro tiene un sentido moral. Así que no nos desgastaremos en intelectualismos infructuosos, que sólo complejizan el tema y hacen que uno se pierda en argumentaciones fútiles. Podemos perder miles de palabras en el debate entre objeto y hecho, el carácter visual del lenguaje, la lógica por la estructuración del símbolo, etc., pero no viene al caso analizar en detalle elementos que en las intención original del autor sólo eran argumentos, necesarios por cierto, pero secundarios al objetivo principal.

El tractatus es un libro más simple de lo que parece. A pesar de estar escrito en una numeración casi axiomática, donde las aseveraciones son numeradas jerárquicamente y se subdividen en una encadenación argumentativa, las ideas principales no son más que siete, y si ponemos atención, nos daremos cuenta que en realidad las seis anteriores sirven de camino previo y necesario para la numero siete, y que todo el libro tiene como función principal lograr la credibilidad de ésta:

“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”

“De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Esta frase no es el término sencillo y escueto que explica lo inefable del final del libro, sino que es precisamente el sentido y propósito del mismo, y otorga su sentido moral. Wittgenstein afirmaba que el lenguaje era una representación de la realidad. En su estructura, palabras, relaciones y formas, el lenguaje había sido creado porque su función era referirse al mundo y la forma en la que observábamos la realidad. De este modo, si analizábamos la estructura y características del lenguaje, analizábamos el mundo.

Siguiendo esa premisa, lo que ofrecía Wittgenstein no era nada nuevo: sólo sería un tratado descriptivo que reflejaría la estructura lógica de nuestra realidad. El tratado sí cumple con ese objetivo, pero va más allá, y precisamente allí es donde llega al plano moral.

A riesgo que algunos lectores se asusten con el sentido final del Tractatus, trataremos de esbozarlo de la manera más sencilla posible. Wittgenstein se dio cuenta de algo. El lenguaje servía para hablar solamente de algo que YA COMPRENDÍAMOS. Eso lo dejó claro cuando estableció las características de la significación. Pero por otro lado, si utilizábamos el lenguaje para referirnos a elementos que no comprendíamos, no podíamos expresarlos con claridad. Lo anterior puede parecer sencillo y cotidiano, pero a la luz del análisis filosófico resulta sumamente trascendental: significa que el lenguaje no nos sirve para ampliar nuestra comprensión, sino solamente para hablar de lo que ya comprendimos. De modo que, ¿Cómo surgió? ¿De qué nos sirve actualmente? ¿Qué existió primero, el lenguaje o la realidad?

Si analizamos las preguntas desprendidas de la reflexión anterior, concluiremos lógicamente por qué Wittgenstein afirmaba que su libro tenía un sentido moral: en realidad no nos decía cómo hablar, ni de qué ni cuándo. En realidad, nos decía cuándo no hacerlo. Cuándo guardar silencio.


Texto: David Rodríguez P.