SUS OJOS VOLVIERON A BRILLAR


08 Jul

El espíritu de la luz decidió ser parte del mundo. Bajó desde la eternidad, y se posó casi intangiblemente en el alma más pura que encontró aquella tarde de octubre.  Aunque los humanos no se dieron cuenta, ella nació con el espíritu de la luz dentro de sus ojos. Y cada vez que miraba, con sus destellos amarillos, el alma de cada ser se sentía iluminada de una alegría repentina.

Aquella niña posó su alegría en el mundo. Se permitió reír, se permitió llorar, se permitió bailar por sobre los días con la ligereza del viento. Abrazó con sus largos cabellos las vidas que encontraba, emprendiendo un largo camino en busca de su destino. Ella, en aquel entonces, sólo conocía el idioma del amor y la sinceridad.

Pero luego esa mujer se vio enfrentada a una vida. Todo fue tan rápido, ella no lo recuerda bien. De pronto discutía con su padre, de pronto no la dejaban amar. De pronto tuvo que irse de casa, de pronto tuvo un bebé en sus brazos. Y aunque sus días seguían rodeados de cariños, tuvo que dejar de ser ella misma para poder enfrentar al tiempo. Ella no se encontraba a sí misma y, con el paso de los años, sus ojos dejaron de brillar. El espíritu de la luz se sentía débil.

Ella quería encontrarse a sí misma. Quería viajar, quería volar, quería seguir soñando un rumbo como cuando acariciaba al mundo siendo niña. Pero el mundo se tornó difícil, el mundo dejó de pensar en ella, el mundo dejó de abrazar y el mundo ahora no la dejaba encontrar su alma. El espíritu de la luz, encerrado dentro de sus ojos amarillos, sintió que se acercaba su final. Si ella no lograba iluminar su propia vida de la felicidad de su destino, sus ojos se apagarían para siempre y se posarían en el olvido.

Pero un día de nubes brillantes, ella no aguantó más. Se dio cuenta que entregaba demasiado amor, sin recibir la calma de su alma. Se dio cuenta que ni siquiera tenía momentos para poder ser ella misma. Se levantó de su descanso, respiró muy hondo, y pensó en esa alegría de infancia cuando aún podía volar. ¿Dónde quedaron las historias de amor, ensimismadas, que hacían sus ojos sorprender? ¿Dónde quedaron los sueños, de esa niña sonriendo, tejidos en tardes violetas al atardecer? ¿Y dónde quedaron sus ojos amarillos, posándose desde el infinito al mundo, con su brillo de miel?

Justo ese día, cuando el espíritu de la luz sentía que había llegado su final en el mundo de los hombres, alguien la miró a los ojos. Pero fue distinto, muy distinto, porque parecía que miraban algo más. En ese mirar, en esos ojos melancólicos que la miraban muy profundamente, ella pudo sentir que la conocían desde otro lugar en el que siempre había estado, que miraban la totalidad de su ser desde el otro lado del mundo. Sintió que no había nada que ocultar, que los ojos sonreían, que en esa mirada los dos extremos del universo infinito se unían.

Ese otro ser sabía que el espíritu de la luz estaba dentro de sus ojos.

Y ese día sus ojos volvieron a brillar.


Texto: David Rodríguez