TODO SE HA CUMPLIDO


08 Jul

Durante el siglo XX surgieron ciertas historias, desde el horizonte de la ficción, que imaginaron qué curso podría tomar el mundo. Las llamamos distopías, pues se oponían a esa idílica realización que Moro nos regaló como Utopía.

Bradbury, con Farenheit 451, nos presentaba un futuro en donde quemaban todos los libros, se prohibieron y existía un control de la acción humana, manifestada por la esclavización a los medios. Huxley, en Un Mundo Feliz, nos demostró un futuro alterno en el que criaban a los seres humanos genéticamente, limitando su inteligencia y considerando al modelo Fordista como lo divinamente perfecto. Orwell, en su obra 1984, nos presentó la distopía de una sociedad gobernada por “el gran hermano”, que controlaba los pensamientos de la gente y les prohibía desarrollar ideas propias. A las historias anteriores, le sumamos todo el universo de lo escatológico, desde el círculo de Asimov hasta incluso el horror de Lovecraft.

Una mente incauta, que haya disfrutado estas lecturas en el más magnífico deleite, podría pensar aliviado que tuvimos la suerte de no caer en estas futuros. Podría pensar que ninguna de estas realidades alternas se cumplió, y que en su composición se cumplió la sencilla idea de Borges, planteada en su cuento El Milagro Secreto, donde afirmaba que imaginar las realidades futuras era de cierto modo evitar que sucedieran. Pero nada más alejado de la realidad. Si analizamos más a fondo nuestra actualidad, nos daremos cuenta que las distopías se cumplieron. Y lo más grave, fue que todas lo hicieron al mismo tiempo.

Algunos creían que nos iban a prohibir los libros. Lo que hicieron fue hacerlos un bien de consumo, pagar y cuantificar a los escritores menos peligrosos, de modo que tal arte ancestral quedara regulado por el mercado. El resultado es que ya casi nadie lee, y cuando lo hace, lee literatura de muy baja calidad. Cuando no hay razón para censurar los libros, simplemente no importa porque nadie los lee.

Algunos autores creyeron que nos iban a censurar la información y restringir el acceso a ella, mientras otros postularon que habría una sobre abundancia de información. Las dos opciones se cumplieron: no sabemos nada de nada, y de lo que sí nos informamos, es de nimiedades.

Algunas historias se preocuparon que nos controlaran bajo el dolor, mientras que otras pensaron que a través del placer. Ambas, nuevamente, se cumplen actualmente: la sociedad actual está plagada de hedonismo, y lo que se escapa de él simplemente es autodestructivo.

La humanidad está dividida, igual que en estas historias, categorizada en razas, dividida en naciones, en un mar de desinformación, de placeres, de escasez de cuestionamientos. Frente al sentido común, todo parece estar perfectamente bien. Tal cual como les pasaba a todos los ciudadanos pertenecientes a la mayoría en las historias distópicas. Lo extraño es que no surge ningún rebelde, ningún héroe, ningún mesías.

En un irresoluto determinismo, la capacidad de ficción del ser humano, golpeado por las guerras y sus propios miedos, ha logrado presagiar un mundo en la peor de sus circunstancias. Se ha generado una seguidilla de vaticinios, morales y filosóficos, provocando que todos nuestros miedos se hayan materializado.

Lo peor de todo el asunto es que nadie parece notarlo…


Texto: David Rodríguez

Ilustración: Javiera Rubilar