EMPRENDIMIENTO: ENFRENTAR UNA CRISIS


08 Jul

Los siguientes son hechos reales. 

Durante 2016, yo y mi familia decidimos que invertiríamos parte de nuestro dinero en un nuevo negocio, un taller de costuras. Mi madre, técnico en vestuario con más de 30 años de experiencia, se encargaría de dirigir la parte técnica del negocio. Yo, premunido de mi propio bagaje teórico y metodológico, me encargaría de la administración.

Comenzamos con poco, a penas unos muebles, construidos por mí mismo, a mano, a partir de madera comprada en Sodimac. A ello se sumarían las máquinas de costura que mi madre ya tenía, más una recta industrial que serviría para coser materiales gruesos. Íbamos a fabricar pantalones para motociclistas.

Por aquella época yo había adquirido mi primer o segunda moto, y era consciente de la habilidad de mi madre para fabricar ropa cómoda, aislante e impermable, pues la recibía de primera mano. Me acerqué incluso a IncubaUdeC, planteando el proyecto siguiente: fabricar pantalones con fibra de Kévlar, para hacerlos resistentes a caídas e, incluso, con la cantidad correcta, a balas. 

El proyecto ya estaba armado, en mi cabeza; compraría tela de Kévlar a través de Aliexpress, fabricaría un prototipo que yo mismo probaría y luego postularía a fondos para validar y registrar mi producto 100% hecho en Chile. ¡Grito y plata! 

Me entusiasmé. 

Acababa de terminar de pagar mi primer crédito al banco, había firmado contrato indefinido en mi trabajo y tenía todo lo que podía querer, en abundancia, por primera vez en la vida. Decidí que si iba a invertir, invertiría en grande, así que pedí un gran crédito, por la nada despreciable suma de 7 millones y algo de pesos. Sumado al dinero que había aportado mi madre, podríamos abrir un gran negocio, muy llamativo, y además ofrecer clases de costura. Tendríamos también un área de bordados, una máquina industrial nueva, una plancha industrial a vapor, más máquinas domésticas para hacer clases. Una maravilla de taller, único en su clase -seguramente- en todo el país. 

Fue cuando cometimos nuestro primer error. A penas a un mes de haber abierto nuestras puertas al público, con todo en regla, tuvimos que cerrar. Mi madre había comprado pasajes para ir a visitar a mi hermana a Punta Arenas y no había forma de que los cambiara. Yo lo había olvidado por completo. 

- No importa, anda. Yo en julio me encargo de armar bien el taller y comenzamos a trabajar de lleno en agosto.

Dicho y hecho, se fue mi madre a pasar sus vacaciones de invierno al sur, y yo me quedé remodelando el local. Hacia finales de julio, el resultado era fantástico. Me había pasado varias noches trabajando a martillo y cierra circular junto a un amigo, construyendo lo que sería el mítico taller "Entre Costuras". Llegaron las máquinas nuevas, llegó mi madre del sur. Había quedado todo espectacular y nos moríamos de ganas de que comenzaran a llegar clientes. Pero el hecho de parar durante un mes el negocio recién inaugurado nos jugaría caro. El boom del primer mes se cortó en seco, y al tercer mes las ganancias no alcanzaban para cubrir siquiera la planilla de sueldos. Por suerte quedaba dinero en el banco.

Invertí en nueva publicidad. Invertí en contratar trabajadoras. Invertí en iluminación y en maniquíes. Habíamos armado una vitrina en la ventana principal, donde vestíamos un maniquí, que era iluminado por un foco que colgaba desde el techo. Desde afuera relucía una prenda de ropa, perfectamente confeccionada, ahí mismo, en el taller. 

Segundo error, no asegurar las ventanas. Nos rompieron la vitrina, se llevaron un maniquí de niña, que vestía un hermoso traje típico, de "chinita", floreado y de buen corte. Asustados, aseguramos las ventanas con grandes planchas de madera, que cerrábamos con candado durante la noche. Además, para poder dormir tranquilos, contratamos una empresa de seguridad, ADT. Tercer error, firmar un contrato con una empresa de seguridad sólo por un robo menor. Aunque parezca poco al principio, el costo del servicio de seguridad es alto, y con el tiempo puede ser dinero necesario.

Una vez sobrellevada la crisis, comenzamos a tener una rotación de ayudantes de taller, aprendices algunas, autodidactas otras, con o sin experiencia. El tiempo que perdíamos enseñando a una sola ayudante hacía inviable sostener un sueldo, puesto que al no saber trabajar aún en un taller, la ayudante retrasaba más trabajo del que lograba optimizar. Cuarto error, no contratar personal calificado. 

Pasaron los meses y el dinero del banco comenzó a descender, mientras las ventas se estabilizaban. Hubo otro desfile de ayudantes que no cumplían, o que lisa y llanamente no querían aprender. El trabajo, aunque constante, no se pagaba bien. Algunas veces, el mismo trabajo había que deshacerlo y volver a comenzarlo dos o tres veces, esa demora se traduce como una pérdida para la empresa. Quinto error: no establecer procesos. En toda empresa es necesario establecer patrones de acción, procesos productivos que realizarán de forma cíclica, y que buscarán constantemente la forma de optimizarse. La logística de los procesos es primordial; disminuir los tiempos de producción puede significar la diferencia entre la vida y la muerte de un emprendimiento. 

Cuando ya habíamos logrado traspasar la barrera del año de vida como empresa, con un flujo de clientes constante y que nos aseguraba sustentabilidad, mi madre sufrió un accidente. La atropellaron, a penas a dos cuadras del taller. En el momento del accidente la estabilidad del taller había logrado detenerse en 0, es decir, sin deudas, pero sin ganancias. El local se pagaba solo y mi madre podía vivir de ello, junto con mi hermana. El hecho de que el negocio estuviera detenido significaba el fin. 

Afortunadamente, mi madre logró recuperarse y salir, prácticamente, ilesa del accidente. Más que nada, por su fuerte convicción de mantenerse en pie y salir a patearle las canillas al mundo. Así es ella. 

En cuanto al negocio, eventualmente, se disolvió. No había cómo pagar el arriendo, hubo que vender algunas máquinas, en fin, lo que pasa en casos de crisis. Sin embargo, todo aquello no fue sino un aprendizaje para el futuro. Mi madre continuó haciendo clases con las máquinas que le quedaron, rearmó su taller y hoy ha vuelto a dar la pelea, haciéndose cargo de ella misma y de mi hermana menor. Yo armé otra empresa, ahora con un socio, que me ayuda a alivianar la carga. Si no fuera por los errores que cometí, y por las crisis que tuve que superar, hoy no estaría contando esta historia de emprendimiento. 

El emprendimiento es así, a veces nos entrega enormes alegrías y libertades, otras mucho stress y amargura. En definitiva, es como la vida misma. Hay que aprender de las crisis. 


Texto: Fabián Rodríguez

Fundador de The Penquist