Netflix&Chill: My happy family


08 May
08May

Manana es profesora, gana su propio sueldo, tiene más o menos 50 años. Está casada, tiene dos hijos, sus padres están vivos. Viven todos juntos en un piso. Al principio la vemos inspeccionando un departamento para alquilar. La arrendataria le pregunta si tiene familia, como sugiriendo si piensa irse a vivir allá con ellos; no hay respuesta. De vuelta en su casa, Manana hace el aseo mientras el televisor está encendido, y escucha que una familia feliz depende de una mujer apacible. Y bien que ella puede ser dócil, pero no para siempre. El filme georgiano My Happy Family (2017) es la historia de una mujer mágica y muy fuerte.

La narración es austera, no posee afectaciones, prescinde de adornos barrocos, melodrama. Los directores Nana Ekvtimishvili y Simon Groß observan a su personaje y dan cuenta del costo de su tremenda decisión, alejada de las expectativas religiosas que restringen su comportamiento: que una mujer abandone a su familia es oprobioso en la sociedad en que vive nuestra tenaz protagonista. No es gente que apoye a las mujeres. Su vida se divide entre lo doméstico y lo profesional, nadie la ayuda en casa, quizá porque es la mujer del hogar con la madurez necesaria para administrarlo y con la fuerza suficiente para soportar esa carga en silencio. Tal vez lo asumen también dada su edad. En la familia todos pelean por las cosas más insignificantes, ella resiste.

En su silencio estriba sus recursos de supervivencia, su poder. Ella no es violenta, mas su osadía es interpretada como un acto violento en contra de la familia por ésta, en especial su madre. Quienes se muestran más receptivos ante su decisión son sus hijos; ya son adultos, con proyecciones al matrimonio y a una familia propia, no necesitan ser criados, ya lo fueron, y Manana lo sabe, por lo que no siente culpa al respecto. No se va por egoísmo, sino por el sentido de justicia que trae la madurez.

Tal vez las relaciones familiares llegan a estas crisis cuando el trabajo ya está cumplido y llega la hora de emprender rumbos individuales, sin dejar de amarse, pero la rutina suele ser más cómoda, más fácil. En la rutina caben, asimismo, los valores patriarcales de una sociedad en la que la mujer es postergada, es decir, una en la que no cabe el espíritu de la protagonista. Es una profesional, recibió una educación, y quizá sea ésa la fuente de inspiración que la llevó a irse a vivir lejos, sola. En su mente habían posibilidades que para su madre y para muchas mujeres de cualquier edad son inaccesibles. My Happy Family nos inspira e ilumina, pues Manana sabe que ella misma es su única esperanza.

La relación con su marido se reducía ya a un par de costumbres, a requisitos, y a un escaso intercambio de cariño. Tampoco había espacio para la intimidad con tanta gente en un piso. Nos queda claro que ella lo ama, pero ahora como un ser humano importante en su vida, uno con muchos defectos, no desde una perspectiva romántica. No es que ande buscando el amor tampoco. Se está buscando, al fin, a sí misma.

Hay una escena maravillosa de una intervención familiar, donde ella es inquirida respecto a su decisión, reprendida, persuadida, por sus tíos y otros parientes, quienes le reclaman lo mal que ha estado su marido desde que se fue (porque es hombre), a nadie le interesa cuáles fueron sus motivos. Ellos poseen la convicción inmóvil de que las mujeres dependen (o deben depender) de un hombre toda su vida (cuando la película nos muestra que la vivencia es al revés), y, por lo tanto, deben vivir sintiéndose como niñas desamparadas durante todo su ciclo vital. Ella les replica, sin agresividad, que algo anda mal aquí, y en sus reacciones reside el punto de vista de My Happy Family: es un filme argumentativo y feminista, pero no desde el resentimiento.

La escena tiene bastante comicidad, y Manana demuestra toda su compasión, la cual se extiende hasta el pariente más mezquino y absurdo, y ella misma no está fuera de este rango. Sabe lo que es justo, y con el tiempo, a su familia no le queda más que ajustarse a una nueva armonía, un nuevo tipo de felicidad. Los diálogos son siempre agudos e ilustran tanto la realidad contemporánea de las mujeres en Georgia como la humanidad de Ekvtimishvili, la guionista.

Lo estremecedor del relato es que si lo que esta mujer hace es escandaloso para las mujeres a su alrededor, quienes la juzgan con mayor dureza que los hombres: su independencia es un atentado a su género; y esto también sería un escándalo en una sociedad como la chilena, menos restrictiva, pero igual de prejuiciosa y machista. My Happy Family podría acaecer en cualquier lugar del planeta y tener el mismo efecto dramático, ya que la historia no depende de la falta de desarrollo social y económico de Georgia, aunque pueden influir. Lo que no se ha desarrollado aquí es el sentido de igualdad de género, algo más ético y psicológico, más fundamental, que es denunciado por los directores con tacto en un relato elegante y humano, probando, al mismo tiempo, que las fronteras geográficas no nos separan tanto.

En su guitarra, Manana suele tocar bellas y poéticas canciones que la acompañan en sus contemplaciones frente al balcón. Expresa una sanación no exenta de pena, en las canciones vierte sus contradicciones, y a través del trabajo y la música va edificando una nueva identidad, más clara y verdadera, al igual que va reconfigurando la percepción de la familia que dejó atrás, aunque no desde la añoranza, más bien desde la honestidad, de la conmiseración, y su amor por ellos, desde luego, crecerá, y ella prosperará. My Happy Family es una hermosa película.


Texto: Esteban Andaur