CÓMO SER UNA LUZ PARA SÍ MISMO


08 Jul

Siempre he querido confesar cómo me di cuenta de lo que tenía que hacer. Fue un sueño repentino, del largo de una vida, que me demostró crudamente el peso de mi destino. Todo empezó cuando era niño, nací enfermo con la más grave afección de todas: la nostalgia. Veía el tiempo como si fueran historias dentro de mi cabeza, ordenándose y uniéndose de modo que pudiera entenderlas. Desde muy niño entendí que cada persona  que conociera, cada tarde familiar, cada suceso de mi vida o cada sentimiento estaban condenados a desvanecerse en la dinámica del olvido.

Contemplar el tiempo me hizo un melancólico que casi no podía vivir sin sentir la pena de su flujo indetenible. Me rehusaba a aceptar que todos los días vividos por las personas en el mundo fuesen olvidados. Las sonrisas, los cantos, los amaneceres teñidos de rojo, los juegos en el parque, los besos, las familias… todo estaba condenado a desaparecer en la niebla del tiempo.

Yo no podía comprender cómo cada persona que conocía, que amaba, que comprendía, estaba condenada a desaparecer en la eternidad. Pero luego la agonía de mi compasión llegó al extremo: sentí en mis hombros el peso del mundo entero. No solo mis amores se olvidarían, no solo mi existencia sería olvidada, sino la especie humana en su totalidad. Y quedaría flotando en un espacio vacío la inefable silueta de una forma de vida, flotando en la infinitud de un universo oscuro, los recuerdos sufrientes de todos los seres humanos. Sentí dentro de mi propia consciencia la agonía de toda la realidad.

Entonces me di cuenta que debía hacer algo. Más que vivir mi vida, comprendí que mi deber era hablar sobre la realidad. Entendí que mi papel en este infinito designio cósmico era escribir. Comprendí que mi deber no era conmigo mismo, sino con todo lo real. Comprendí que la única forma de ser una luz para mí mismo era iluminar al mundo con el espejo de sí mismo. Comprendí que mi papel era amar con palabras. 


Texto: David Rodríguez