COMUNICACIÓN ÍNTIMA


08 Jul

Cuando la gente se entera de lo que hago, generalmente, asumen que estudié periodismo. Se equivocan. Soy profesor de español e intenté especializarme en comunicación antes de salir de la universidad, para poder seguir esa línea de investigación en el futuro. Siempre me atrajo la comunicación, el fenómeno de la comunicación humana, porque para mí es particularmente difícil.

Luego de trabajar casi 5 años en un diario local, logré comprender las complejas directrices de las comunicaciones masivas, de los medios de comunicación masivos que nos enseñaron en la escuela y que las redes sociales derrocaron en términos de información y tiempo entre el hecho y su publicación. No obstante, el fenómeno de la postverdad (no todo lo que hay en Internet es cierto), de donde proviene un mar de falacias argumentativas, una rápida revisión a las redes sociales puede entregarnos una pálida idea de lo que ocurre en un determinado contexto, ya sea una ciudad, una comunidad, un país. No sucede así con otro tipo de comunicación, aquella que no es masiva. La comunicación íntima, ese tipo de comunicación que surge al abrir de par en par las puertas de nuestro interior, donde se esconde nuestro verdadero ser.

Desde niño aprendí a mentir a mis seres queridos; en mi infancia las cosas no fueron fáciles, la situación de mi familia era precaria y me dormía casi todas las noches sabiendo que mi madre se quedaba en pie trabajando para que no faltara nada. Al día siguiente la veía levantarse primero que todos, para echar a andar la casa, la familia, la vida. Sabía que su vida era complicada, difícil, y no quería sumar más problemas a los que ya tenía. Lamentablemente, mis dos hermanas y yo crecimos bajo el mismo precepto: en vez de hablar las cosas, nos las guardábamos. Y así crecimos y nos hicimos adultos, quizá antes de tiempo.

Esta situación tuvo un papel preponderante en mi vida y fue la responsable de varias de las cosas que sucedieron cuando ya comencé a tener consciencia del mundo, ese despertar de la mente, “la caída de teja”, más o menos al llegar a la mayoría de edad. Y tuve que caerme varias veces para entender que estaba mal.

Lo que desconocía era que, inevitablemente, cuando uno se enamora, es necesario comunicarse con la persona que uno ama (claro, cuando el amor es correspondido y mutuo). Para mi mala suerte, de quien me enamoré en el primer año de universidad tampoco lo sabía y entonces fue Troya. Sin saber, ella y yo, cómo se debe manejar una relación en términos comunicativos, cometimos una cantidad de errores considerable que habrían sido subsanables si hubiéramos sabido comunicarnos. ¡Pero nadie te enseña eso! En la escuela aprendí de memoria las conjugaciones de los verbos, las figuras literarias, los esquemas de la comunicación, cómo identificar e interpretar correctamente el mensaje; en la universidad entendí las complejidades de la morfosintaxis y hasta memoricé sagradamente las declinaciones del latín, pero no tenía idea cómo comunicar lo que sentía. ¿Por dónde se empieza?

En lugar de enfrentar mis demonios, conversarlo con mi pareja, preferí huir, dejando tras de mí un caos que no fui capaz de resolver. Aún estaba en la universidad cuando pasó y mi única forma de reaccionar fue volverme aún más caótico conmigo mismo, por ende, para solucionarlo me incliné hacia el lado contrario: ser extremadamente racional. De alguna forma creí que si analizaba lógicamente todas mis acciones no podía cometer errores. Me volví frío, calculador, comencé a pensar en números y busqué en la ciencia las respuestas que las humanidades no habían logrado darme. Un error aún más grande.

Luego del término de mi relación pasé por semanas de excesos, hice mía la frase “si los demás lo hacen, por qué yo no” y me sentí aún más vacío. Pensé que si comenzaba una relación con una pareja nueva, cuya personalidad fuese opuesta a la anterior, lograría encontrar el equilibrio. También olvidé completamente lo importante que es la comunicación íntima y nos condenamos al fracaso. 

Una pequeña mentira al principio, para esconder los verdaderos sentimientos y emociones, lleva a una serie de agotadoras mentiras que finalmente no encuentran sustento. A veces uno tiene miedo al rechazo, a la incomprensión, “al qué dirán”, y se queda esperando que algo suceda, quizá por años. Un movimiento, un hecho inesperado que te saque de la inercia, cuando el único capaz de hacerlo es uno mismo. Se trata lisa y llanamente de comunicación en su forma más básica. Y no tiene nada que ver con contarle a todo el mundo lo que a uno le pasa, basta con hablar con tu pareja, con un amigo, con alguien de tu familia. Lo importante es hablar.

Si hay una capacidad que distingue a los humanos de los animales (aunque yo no vea distinción), no es el pensamiento, no es la capacidad de amar, es comunicar, traducir nuestro interior en algo más que un aullido. Las grandes obras literarias de la humanidad pueden sintetizarse en pocas líneas, profundas y cargadas de sentido, de emoción. Ojalá a uno le enseñaran con el mismo tino que nos enseñan literatura cómo comunicar nuestro interior, nos ahorraríamos años de malos entendidos. Cada uno debe aprenderlo a su propio ritmo.


Texto: Fabián Rodríguez