EL CLIMA POLÍTICO


08 Jul

Vivimos en Chile, un país que se encuentra en el filo del Pacífico al final del continente americano, abrazado por una larga cordillera que le permitió mantenerse aislado de peligros y poder desarrollarse junto al océano, y disfrutando microclimas en el secano interior y precordillera, favoreciendo así su agricultura, con un constante flujo de agua corriendo desde los hielos terrestres, en las alturas.

Nuestro territorio siempre ha sido favorecido por factores climáticos, extremos y en ocasiones totalmente opuestos, desde el desierto nortino hasta la Antártica, una extensa manga terrestre poblada por gente diversa y cambiante, igual que el clima. Aunque parezca extraño, no lo es. Sociológicamente hablando, hay varios “tipos” de chilenos, cuya primera distinción sería entre Santiaguinos/Provincianos (esto, en términos muy simples, como explica la novela Martin Rivas). Luego viene un nuevo filtro, entre los territorios norte, centro, sur y extremo sur, sumado a las coordenadas Mar/Cordillera. En total, un mínimo de 8 macroterritorios terrestres, divididos en 15 regiones administrativas dependientes de un gobierno central posicionado en la capital, Santiago de Chile, y un Congreso establecido en Valparaíso.

El violento pasado de nuestro país logró dar fruto a una Constitución Política, donde se establece en primera instancia, en su Artículo 1°, “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Y constitucionalmente así es.

La economía del país ha logrado mantenerse en pie no gracias a grandes inversionistas, sino gracias a quienes hacemos posible que el país se mueva, yendo a trabajar honradamente, ojalá en algún área que nos guste, ojalá ejerciendo en el campo que estudiamos… Ojalá trabajando. El problema es que en Chile aún no acaban de asentarse las cenizas del pasado. Aún siguen abiertas muchas heridas, algunas de ellas que perpetúan un odio sin sentido.

Me explico.

Nadie recuerda la guerra civil que hubo hace apenas 127 años, protagonizada por el mismísimo Presidente de la República, José Manuel Balmaceda; la famosa “revolución de 1891”:tras una serie de disputas entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo, estalló un conflicto armado que involucró a las Fuerzas Armadas y al Ejército, sumado a apoyo Británico. El juego de egos tuvo como resultado entre 5000 y 10000 muertos. En palabras: entre cinco mil y diez mil muertos, repartidos entre ambos bandos. El conflicto bélico tuvo como ganador a los parlamentarios, quienes lograron reformas constitucionales que dieron inicio al “Régimen Parlamentario”, que se mantuvo en pie hasta 1925.

Si todo Chile siguiera perpetuando los rencores de aquella época, los propios ecos no nos dejarían ver claramente las figuras que se ven reflejadas en las tranquilas aguas del pensamiento, ni le dejarían a nadie poder avanzar, atados los pies a los recuerdos.

Es tiempo de valorar la historia por lo que es, y al igual que en todo aspecto de la vida, ciudadanos y gobierno deberían aprender a reconocer abiertamente sus errores cívicos, darles término y honrar el aprendizaje que se desprende con cada caída, con cada rodilla pelada, con cada moretón.

La cordillera ya no separa a Chile de los demás países, las fronteras son grandes puertas abiertas en todo el mundo, en toda Latinoamérica, con la cantidad de papeles necesarios, claro. Y este país por sobre todo hoy honra el sagrado verso de un cántico popular que bien transfigura en himno: “Y verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”.

Chile no puede ni debe ser un país cuya ciudadanía desconfía del sistema de gobierno, pues es la propia ciudadanía la que ha logrado, con sudor y sangre, levantar la democracia que nos rige. Una democracia criolla, democracia a la chilena, pero democracia.

Sin embargo, no se trata de confiar a ojos cerrados, sino todo lo contrario. Se trata de abrir los ojos, de no caer en estrategias mediáticas, en propagandas falsas, en campañas ideológicamente mediocres. Son los ciudadanos los únicos que pueden entregar validez a un elemento democrático tan valioso como es el voto, con todo el poder que tiene, cuando el país avanza en una sola línea. El problema es que, como explicaba al principio, nuestra geografía es muy extensa y variada, y todos hemos vivido realidades distintas, tenemos valores e intereses distintos, y una concepción distinta de cada cosa. Por lo general, coincidimos en los gustos, pero discrepamos en las cosas más simples, más esenciales. Y es entendible, porque dentro de una familia, los hermanos son siempre distintos, a veces más parecidos a sus abuelos que a sus padres.

No es necesario comprar libros sobre temas complejos relacionados a la política, ni ver TV Senado los lunes por la mañana, ni leer en el diario la telenovela que interpretan alcaldes, diputados, cores, senadores, intendentes, etc. Basta con apagar la tele, la radio, el notebook o el teléfono, cerrar el diario y las revistas, darse un tiempo para pensar la sociedad y sus componentes, cómo funciona el órgano social, político, judicial, económico, ser conscientes del entorno y aportar con opiniones lúcidas, con ideas sinceras que sólo persigan el bien común.

Y –ojo- no perder de vista el clima. Los veranos más templados y los inviernos más fríos traerán consigo una intensa serie de cambios constitucionales y legislativos a medida que el país se adapta a los cambios climáticos, algo que nunca nadie consideró al hacer política.

Texto e ilustración: Prof. Fabián Rodríguez R.