EL LUGAR DE LA LUZ


08 Jul

La primera dicotomía que comprendí se relacionaba con lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad. De niño, temía a la oscuridad al punto de no poder dormir; me aterraba la idea que las formas que imaginaba en la umbra del techo se apoderaran de mí, como si fueran espíritus capaces de hacerme daño o de llevarme en un sueño.

Tardé algún tiempo en hacerme del valor suficiente para poder enfrentarlas.

Una noche, cansado de luchar contra el insomnio, tuve una de las llamadas parálisis del sueño. Quise llamar a mi madre, que siempre venía corriendo cuando la llamaba a mitad de la noche para que me ayudara a quedarme dormido, pero la voz no lograba salir de mi boca. Los músculos, como petrificados, no respondían a mis órdenes y sentí que moriría allí mismo, incapaz de defenderme de las sombras, o siquiera poder alcanzar el interruptor.

Sentí cómo el peso de una persona se sentaba en la orilla de mi cama, una sombra enorme –calculo- de casi dos metros de altura. Cerré los ojos e intenté quedarme dormido. Nunca he sido creyente –por más que mi madre intentara llevarme a la iglesia-, pero aquella vez intenté rezar. No funcionó.

Calculo que estuve al menos 15 minutos en aquel desesperante predicamento, hasta que, por suerte, el cielo nublado del invierno penquista se abrió y dejó entrever la luna llena, cuya luz penetró a través del tragaluz del techo, acabando con las sombras. Comprendí entonces que la luna era mi amiga, y que estaba allí para cuidarme. Cerré los ojos y me dejé envolver en su luz, al abrirlos ya podía moverme y hablar, mas no quise llamar a nadie. Decidí que no volvería a necesitar la ayuda de mi madre para dormir, siempre que la luna brillara en el cielo.

Un par de noches más tarde la parálisis volvió a apoderarse de mí. Esta vez no había luna llena, pero su luz ya me había alcanzado, brillaba en mi interior como un crisol imparable. Abrí los ojos y miré directamente hacia la sombra enorme que me observaba sentada a un costado de mi cama, hundiendo el colchón junto a mis piernas. Articulé algunas palabras en mi mente:

- Sé que no puedes hacerme daño y por más que intentes hundirme en la parálisis, no puedes contra mí. Tú y tus sombras me visitan cada noche porque saben que se pueden divertir atormentándome, pero eso se acabó. Ya no les tengo miedo. Váyanse.

Y, como absorbidas por un torbellino, las sombras desaparecieron en una de las esquinas de la habitación, la más oscura, para no volver a molestar mi sueño. Fue la última vez que sentí miedo a la oscuridad y la primera vez que me sentí cercano a la luna.

Desde entonces, siempre que me siento solo, la busco en las alturas y le pido ayuda. A veces, simplemente le pido que me escuche y me entregue claridad.

En mis peores noches, sufriendo desamores, llorando borracho mientras caminaba por la ciudad, siempre caminé junto a la luna, mirándola en el cielo y sintiendo su compañía. Otras veces, en esas noches interminables donde uno busca respuestas, le pedí consuelo y siempre lo obtuve.

Nunca me senté junto a nadie a observar la luna, como hacen muchas veces los enamorados, ni le conté a nadie de mi relación con ella, salvo ahora. Es algo íntimo, de alguna forma sentí que al salvarme de las sombras, la luna se había declarado mi protectora y que eso era algo que no podía compartir con nadie.

Encontré en su luz celeste aquello que la religión jamás pudo entregarme, una conexión única con algo realmente divino.

Con el sol mi relación es distinta. Cuando estoy cansado y necesito energía, me siento a recibir los rayos del sol y recupero las fuerzas que necesito. De niño, cuando me enfermaba y sentía que la fiebre jamás se me pasaría, salía a sentarme en las escaleras afuera de mi casa y el sol se encargaba de mí, me arrebataba la fiebre y me confortaba.

Durante años trabajé en una oficina, encerrado a la hora del atardecer, y jamás me sentí tan mal por perderme cientos de puestas de sol. Recuerdo estar con mis amigos mirando el atardecer en el cerro de la población El Golf, cerca de Laguna Redonda, contemplando el disco dorado del sol en el ocaso. Llega un punto en que los ojos ya no duelen, y su resplandor no nubla la vista ni daña los ojos, es la belleza pura de su luz penetrando en mi alma, más allá de mis sentidos.

Sé que hay personas que no entienden que un ser humano pueda relacionarse tan íntimamente con el sol, la luna o las estrellas y creo comprender sus motivos, pero no los comparto. Es algo más antiguo y profundo, algo primitivo, único. Recibir la luz del sol, sentir la compañía de la luna y descubrir los misterios de las estrellas tienen más valor para mí que cualquier cosa material que pueda alcanzar y es algo que nadie me puede entregar.

¿En qué momento la humanidad olvidó el lugar sagrado de la luz en sus vidas?


Texto: Fabián Rodríguez R.