GOLPE DE CORRIENTE


08 Jul

Trabajar con electricidad es peligroso. La idea misma de sufrir un shock eléctrico es algo que el común de los mortales desea evitar a toda costa y, sin embargo, hay muchos maestros eléctricos que osadamente trabajan sin cortar la energía cuando intervienen un interruptor, una toma eléctrica o un soquete en mal estado. De mi abuelo aprendí a trabajar cortando la luz o desenchufando el aparato en cuestión, antes de trabajar; de mi padrastro, en ese entonces aprendí todo lo contrario.  

Como es natural, la primera vez que me vi solo en casa, y premunido de herramientas para intervenir una toma de corriente, tuve que elegir entre cortar la luz o dejarla. La valentía pudo más y metí un destornillador. Segundos después estaba en el suelo, luego de estar literalmente “pegado” al enchufe por unos segundos.

Tuve la sensación de haber cometido un error, pero sentía algo que no había sentido antes, un hormigueo generalizado en cada músculo, en la punta de mis dedos. Años atrás lo había sentido, cuando por accidente toqué un cable pelado en una plancha, pero había sido por accidente. En esta ocasión había sido yo mismo, adrede, quien había tomado la decisión de meter mano al enchufe de la cocina. “Pudiste haber muerto”, me dijo mi madre asustada cuando le conté. Desde entonces me quedó el cominillo, esa atracción que tiene uno hacia las cosas potencialmente peligrosas con las que se convive día a día, mortales si no se manipulan adecuadamente. Arteras, esperando al menor descuido.

En la casa de mi abuelo, donde crecí, había un taller. El taller de mi abuelo, claro. En él había toda clase de herramientas y cajas con toda clase de objetos pérfidos, puntiagudos, cubiertos de herrumbre, componentes eléctricos en desuso –algunos todavía con las marcas de viejos cortocircuitos-, lijas, trozos de madera, y toda suerte de implementos que en algún momento habían formado parte de viejas radios, muebles o kits de herramientas. Allí aprendí, mirando a mi abuelo, cómo se trabaja con la electricidad.

Me llamaba poderosamente la atención, en especial, cómo hacían las ampolletas para generar luz. Ese delgado filamento tan delicado que a veces se cortaba de la nada era capaz de soportar el torrente energético de la corriente domiciliaria y generar luz. ¿Cómo rayos era eso posible? Los tubos fluorescentes eran otro cuento, igual de misterioso.

En Ciencias Naturales comprendí que la luz era generada por partículas llamadas “fotones” que se desprendían del átomo y generaban luz, pero no solo eso, sino que eran además las partículas elementales portadoras de todas las formas de radiación electromagnética, incluidos los peligrosos rayos gamma, rayos x, luz ultravioleta, infrarroja, microondas y finalmente la luz visible que utilizamos tan tranquilamente para dar vida a nuestros hogares. Eso cambió mi forma de ver las cosas para siempre.

Fue por eso que, al conocer el trabajo de Nikola Tesla, casi me caigo de espaldas. Y eso que su obra ya lleva varias décadas bajo estudio e investigación. Hoy los científicos juegan a colisionar hadrones, intentando entender los orígenes del universo. Pero fue Tesla quien me hizo entender la escala en la que estamos en relación al verdadero poder de la electricidad y la luz artificial. Toda la serie de sucesos que lo llevaron al fracaso y a perder las patentes de algunos de sus inventos también.

Esto no es cualquier cosa, menos en Chile. Con el enorme potencial que posee nuestro país en términos de generación eléctrica parece una burla que sean manos extranjeras –por sobre todo españolas, el legado de los conquistadores que aniquilaron a nuestros antepasados- quienes controlen la energía que circula en nuestras redes. ¿Acaso no tenemos el potencial para hacerlo? ¿Acaso no podríamos desprendernos de ese peso y hacernos cargo de nuestra propia energía? ¿De nuestra propia capacidad de generar luz artificial?

La luz artificial simboliza mucho más que simplemente un hogar iluminado, la ampolleta es también el símbolo que se utiliza cuando se quiere graficar que alguien ha tenido una idea, es un sinónimo de genialidad, representa el alcance físico que tiene la mente humana para desarrollar inventos revolucionarios. Crear luz.

Cuánto habrían dado los antiguos habitantes de la Grecia clásica, de la China Imperial por ver una ordinaria bombilla eléctrica encendida; cómo habrían hecho los fenicios para representar a través de su código el hecho que alguien, un ser humano ordinario, fuera capaz de generar luz artificial. Un milagro de los dioses.

Sé que no debo meter los dedos al enchufe para no sufrir un shock eléctrico, y sólo pude saberlo a ciencia cierta a través de la experiencia, recibiendo un buen golpe de corriente.

El mismo principio puede aplicarse a muchas otras cosas en la vida.

 

Texto: Fabián Rodríguez