¡HÁGASE LA LUZ!


08 Jul

¡Hágase la luz y la luz se hizo! Así reza el relato de la creación del universo según la doctrina cristiana, aunque a estas alturas, difícilmente, alguien podría creer semejante hazaña. El caso es que la luz ha estado presente en la vida del hombre desde muy antiguo y, por lo mismo, la civilización humana se reconoce en función de la luz, tanto es así que el dominio del fuego al principio de los tiempos fue esencial para el desarrollo de nuestra raza, en términos sociales y de productividad. Porque para todos los seres vivos y particularmente para nosotros, nos desenvolvemos y desempeñamos mejor con luz, de hecho el reloj interno puede afectarse si no nos exponemos a la luz del día. Entonces, podríamos decir que la luz regula la actividad humana en forma natural. Por eso para el hombre, entre otras cosas, la luz es una fuente de energía, a lo largo de la historia podemos identificarla con poderes y otras cualidades que permearon la vida del ser humano. Por ejemplo, en la cultura mapuche es posible encontrar un relato sobre los dioses de la luz, que dice más o menos así:

“Cuentan los antiguos que antes del fuego los mapuches vivían en cuevas, dicen que siempre sentían temor por el peligro de las erupciones volcánicas y los terremotos. Los alimentos los comían crudos y para abrigarse se apiñaban como los animales. Pero, sus dioses y demonios eran luminosos, como el poderoso Cheruve (dios de las lavas). En tanto, el Sol y la Luna (dioses buenos) eran portadores de vida y según los ancestros vivían en la bóveda celestial nocturna, donde cada abuelo era una estrella.

En una de esas cuevas vivía Caleu, un peñi que una vez vio en el cielo una gran y luminosa estrella, con una inmensa cola dorada, nunca le contó a nadie lo que había visto, porque no sabía interpretar su significado. Pero los otros peñis no tardaron en verla también. El caso es que se acercaba el fin del verano y la mujer e hija de Caleu subieron a la montaña en su afán por recolectar frutos del bosque para alimentarse durante el otoño. No se dieron cuenta y la noche las pilló allí, se refugiaron en una cueva, desde donde descubrieron la estrella de cola dorada.

A poco de refugiarse en la cueva, la tierra comenzó a temblar y, producto del movimiento sísmico, se produjo una lluvia de piedras, que chocaban entre sí y echaban chispas por el contacto, la velocidad y fuerza del impacto. Las mujeres pensaron que era un regalo de los antepasados, porque una chispa cayó sobre un leño seco y comenzó mágicamente a arder. Las mujeres estaban maravilladas, por la luz que producía el fuego, misma luz que permitió a los hombres de su cueva que las encontraran. Ellas relataron lo sucedido, los hombres comprendieron que podían encender ramas para iluminarse y regresar a su cueva. Esa noche nuestros ancestros descubrieron que con el pedernal se podía hacer fuego para alumbrase, calentarse y cocer los alimentos”.

Además de atribuir un poder mágico al pedernal, que desde entonces está presente en sus vidas, el pueblo mapuche reconoce la invención del fuego y con ello, la luz en su mitología.

Pero, la luz en la mitología mapuche también guarda relación con los elementos, en este sentido, el elemento más importante por excelencia para el pueblo mapuche es Antü (el sol). La relevancia del sol radica en que su trayectoria remite a la mogen (la vida); por eso el amanecer tiene un significado tan profundo para ellos, según su cosmogonía, el amanecer representa el principio (origen); la renovación de la existencia, por lo tanto, la luz del día es una oportunidad para volver a empezar.

A su vez, los cuatro elementos, representan las meli newen (cuatro fuerzas), que ordenan el mundo, a saber son: fücha (hombre viejo) y ko (agua). Los mapuches consideran que el agua organiza la tierra, la purifica, por lo mismo, es el símbolo de la salud por excelencia. Ülcha (mujer joven), corresponde al aire (waiwen), se considera que Ülcha vivifica a la tierra, porque limpia y ventila, aunque se reconoce que fuera de control puede ser destructiva.  El fuego representado por Weche (hombre joven). Es la fuerza del poder y en este pueblo, la vida misma, en el más amplio sentido de las palabras, como tal, a Weche le corresponde organizar la vida de la comunidad en la tierra. Y tanto es así, que el fuego siempre está presente, nunca debe apagarse. La Tierra como elemento se representa a través de kude (mujer anciana); que posee la fuerza y en sí misma es la materia y donde se cobija el desarrollo de la vida mapuche y de la naturaleza. En este contexto, la Oscuridad (Pun) representa a las fuerzas del mal por excelencia.

Finalmente, la Luna (Küyén)[1],  en la mitología mapuche, tanto chilena, como argentina es la esposa predilecta de Antü. Sus tres fases corresponden a: Küyén üllcha (luna doncella o nueva); Küyén ñuke (luna madre o llena); Küyén kuse (luna vieja o menguante).  Pero hay que tener presente que el Pillán que está a cargo de las otras estrellas también la escogió como esposa, provocando la envidia de todas las demás estrellas y una gran guerra, en que Antü como castigo atenúo el brillo de las demás, por eso, la estrella más brillante es Küyén, con quien se casó en el lugar donde termina la Tierra y a dónde ambos corren sin encontrarse jamás. Antü intenta alcanzarla, pero Küyén lo evade. Cuenta la leyenda, que en una ocasión Antü la golpeó y por eso la Luna tiene marcas en la cara (cráteres), por lo mismo, Küyén no permite que Antü la alcance, no al menos, hasta que esas marcas desaparezcan.  Asimismo, se dice que después de la batalla entre los antigüos Pillanes, Küyén eligió a una de sus hijas y la transformó en mujer, a través de ella se habrían creado los seres vivos en la Tierra. De hecho el pueblo mapuche se reconoce a sí mismo como fruto de polvo de estrellas.


Texto: Ma. Regina González Díaz

Dra. Lengua Española, Mención: Lenguas, textos y contextos. Universidad de Granada, España

Coordinadora General Cátedra Latinoamericana y Caribeña de Lectura y Escritura filial Chile del Comité cubano del IBBY

 



   


[1] Koessler-Ilg, Bertha (2000). Cuentan los araucanos. Ed. Nuevo Extremo.