HUMOR EDITORIAL Y POLÍTICA NACIONAL


08 Jul

11 de marzo de 2018. Ambiente tenso. Tengo a mi editor del diario en el teléfono, pidiéndome información sobre el cómic que llevo 1 hora dibujando.

Le explico que se trata de una viñeta donde aparece el personaje principal de los cómics Adolfo y Tatán; Adolfo, junto a un vendedor que interpreta un personaje secundario, Lino. Este último sujeta una chaqueta con una mano y con serenidad expone: “¿desea que le traiga una chaqueta de mangas más largas?”, diálogo con el que sienta el contexto: el protagonista está comprando una chaqueta y el personaje secundario es quien atiende a los clientes.

Adolfo, con expresión también serena, responde mientras hace el ademán de estar probándose un vestón cuyas mangas apenas cobren sus brazos por debajo de los codos: “no, gracias, esta temporada los brazos cortos son tendencia”.

- No podemos publicar eso - escucho a través del auricular.

Internamente siento que algo se quiebra. Pasan por mi mente recuerdos de niño, cuando admiraba a Superman. Siempre me sentí identificado con él, porque había llegado desde otro planeta, y tenía que fingir para camuflarse entre los terrícolas. Me llamaba particularmente la atención que trabajara en un periódico, el Daily Planet de Metrópolis. Un superhéroe periodista.

A temprana edad tuve que abandonar a mi ídolo, porque los niños del barrio no entendían por qué yo me ponía una polera con el símbolo de Superman, una toalla amarrada al cuello, y salía a correr fingiendo que volaba. Se burlaban. Adiós polera, adiós toalla, adiós al sueño de ser superhéroe.

Los años pasaron y descubrí que algo de aquellos viejos deseos seguía en pie. Siendo adolescente escribí mucho, y particularmente, para una página web que reunía relatos, cuentos, poesía, capítulos de novelas, etc. Descubrí que tenía la habilidad de contar historias, darles sentido. Y durante esos años escribí, hasta que llegó el amor –lo que yo creía que era el amor- y me hizo olvidar la escritura.

Durante mis últimos años de universidad una profesora me dijo que me quedara unos minutos después de clase, que necesitaba preguntarme algo. Me ofreció trabajo en el diario, corrigiendo textos. Por supuesto, acepté.

De pronto, me vi sentado en mi propio escritorio, corrigiendo páginas cada tarde, de lunes a sábado. Me fui permeando del estilo, de las sutilezas –no tan sutiles- del lenguaje periodístico, aprendí los estilos de redacción de cada uno de los periodistas y editores, me contagié con el estilo de vida acelerado que requiere estar al día con los temas-país, los temas-región, los temas-ciudad, y me interesé particularmente por el humor gráfico. 

Me acerqué tímidamente al editor general del diario, le pregunté por los dibujos y si era posible enviar uno propio. Se sorprendió, “¿tú dibujas?”, me preguntó. “Sí”, respondí. “Mándame uno”, expuso finalmente, y yo me fui feliz a mi escritorio, a dibujar. Le gustó tanto la viñeta que se publicó ese mismo día (al día siguiente, pero se incluyó ese día en la edición).

Al poco andar fui recibiendo de parte de mi jefe guías editoriales, tras tropiezos míos, iniciándome en el rubro y en el oficio de dibujar a diario, para poder darle forma al espacio (un rectángulo vertical de poco más de 9cm de alto por 7 de ancho). Decidí crear a los personajes Adolfo y Tatán para darle identidad a las viñetas, para crear personajes que lograran arraigarse entre los lectores. Y afortunadamente, funcionó. Pero el fantasma de la censura siempre rondaba.

Ahora bien, cuando empiezas a trabajar en una empresa periodística que depende de un consorcio nacional sabes que hay temas de los que no podrás dibujar, y es lo más normal, aunque poco ético e indigno, infame por lo bajo. Pero aún sabiéndolo, cuando te echan para atrás una viñeta que no tiene nada de feo, te sientes mal. Aún así, trabajo es trabajo, y hay que hacerle caso al editor si quieres tener cómo llegar al próximo mes.

En la universidad una profesora mía se refería a las personas intocables como “vacas sagradas”. En todos los campos, explicaba, hay vacas sagradas con las que uno no puede jugar. El problema es que hoy todos son vacas sagradas, y todo el mundo parece sufrir síndromes de hipersensibilidad emocional, buscando por qué sentirse ofendidos. Un ambiente non-grato para el humor.

Todo esto pensaba, mientras seguía con mi editor al teléfono.

Por supuesto, fui pragmático. Le expliqué que no había nada de malo con el chiste, aunque hiciera alusión al Presidente recién asumido. Era inofensivo, insistí. Pero no estaba el horno para bollos. Terminé molestó y fui pesado, “me fui en la volá” y al final la conversación terminó mal. A conversar mañana con el editor.

Él, por supuesto, no tenía la culpa. Acababa de terminar de transcribir una entrevista a Guillo, y él me contaba cómo tuvo que usar su ingenio para sobrevivir haciendo humor gráfico en los oscuros tiempos de la dictadura. Mientras yo, humilde ser, lucho contra el ofendidismo nacional en tiempos de paz. ¿Cómo compararme?

Me acordé entonces de Sebastián Piñera y de su relación con el humor. Siendo empresario logró una de las más grandes fortunas del país, dueño de grandes empresas, gracias a las cuales logró mucha visibilidad. Más adelante comenzó su carrera política, y fue la ayuda del humor lo que logró posicionarlo como el personaje que hoy vemos en La Moneda; se prestó para cuanto chiste pudo en Caiga Quien Caiga (CQC), antes y después de perder ante Bachelet en 2005, más o menos cuando tuvo que dejar ir a Lan Chile y Colo-Colo. Más adelante el propio Stefan Kramer con sus imitaciones logra un éxito rotundo, visibilizado la figura de Sebastián Piñera y generando simpatía.

Más adelante, Piñera logra ser Presidente y sucede el fenómeno “Piñericosas”, debido a la gran cantidad de errores, caídas y desubicadas que vivió durante su primer mandato. Esto, de cierta forma, ayudó a permear otro tipo de “caídas” que ocurrieron durante su gestión, principalmente de mano de su equipo más cercano. Nunca se sabrá si fue una estrategia política brillante o simplemente una serie de desafortunadas coincidencias, pero funcionó.

Desde las Presidenciales 2017 que veo publicaciones en redes sociales del tenor de “por lo menos Piñera nos hace reír”, “lo mejor de este gobierno serán los memes”, “se viene Piñericosas 2”, “se vienen 4 años de pura risa con Piñera”. Y con el cambio de mando, esto echó raíces. ¿Que el humor no sirve en política? 

Volví a mi escritorio, reciclé un cómic viejo y le puse una frase cliché. Lo envié, sabiendo que aunque no fuera ni el 10% de lo bueno que era el anterior, al menos pasaría el filtro editorial.

Vacío interior. Sentir que le fallas a tus maestros, sentir que te fallas a ti mismo.

Luego abrí la última cerveza del refrigerador y me senté a escribir esta columna, mientras Piñera pronunciaba enérgicamente su primer discurso oficial al inicio de su segundo mandato. 


Texto: Fabián Rodríguez R.