LÁGRIMAS PARA LOS HOMBRES


08 Jul

Por alguna extraña razón, cada vez que río, lloro. Este defecto me ha acompañado toda la vida, dejándome en ridículo. Me sucede cuando bromeamos con amigos, cuando recuerdo momentos en familia, o incluso cuando veo mis series favoritas. Siempre he considerado que tengo alguna falla: algunos cables cruzados que no me permiten gozar de la felicidad como debiera ser.

Desde niño, entonces, evito reír de manera sincera. Me inventé una risa falsa, que me permite mostrar alegría cuando se supone que debería hacerlo. Y así he pasado más de veinte años de mi vida, observando las conversaciones para saber cuándo reírme y cuándo no. Para colmo, me emociono y conmuevo fácilmente. Basta una conversación conmovedora, una historia triste, un lindo amanecer o una película para hacerme llorar. Mi único escape ha sido la poesía. Sólo allí puedo reír y llorar, en palabras.

Porque, en esta sociedad, es raro que un hombre llore tanto. ¿Qué raro hay de ser un llorón emocional? Me pregunto, y francamente no lo sé. Pero para evitar reacciones, lloro en soledad. En los días de quietud, cuando me siento, cierro los ojos y recuerdo a mis antepasados, mis antiguos amores o los momentos alegres, me permito llorar. No quiero que nadie me vea, porque preguntarán si me pasa algo. Nadie entendería que lloro de felicidad. Entonces lloro, y lloro, riéndome en silencio, traduciendo todos esos sentimientos en poesía.

Pero más de dos décadas aguantándome me pasó la cuenta, y decidí sanarme. Porque cuando una niña de cuatro años, con su globo en la mano, me mira diciéndome “tengo el globo más hermoso del mundo”, no puedo evitar reír y cerrar mis llorosos ojos. Porque cuando recuerdo los besos que me daba con mi ex polola, esas tardes anaranjadas, no puedo evitar llorar de felicidad y nostalgia. Porque cuando mis padres me abrazan diciéndome que me extrañaron, no quiero ahora aguantarme las lágrimas. Porque cuando un alumno mira contento su prueba, diciéndome “gracias, profe, ahora aprendí que soy bueno en esto”, no me puedo prohibir mojar mis ojos y abrazarlo.

Porque quizás estos cables cruzados son un don, que me permite ver belleza donde otros ven tristeza, atreverme a abrazar cuando lo sienta (aunque el otro lo vea raro), o recordar los momentos pasados y vivirlos de nuevo. Porque quizás puedo hacer poesía en mi vida, y llorar sin que me importe.

Porque permitirse sentir es un signo de valentía, y no de miedo. Porque quizás los hombres de hoy en día, que cada vez intentan ser más rudos, deberían llorar más seguido.


Texto: David Rodríguez