PELAR AL GOBIERNO


08 Jul

La participación ciudadana en situaciones de naturaleza política es un síntoma que informará sobre nuestros intereses cívicos y sociales. Dichos intereses obedecen al capital cultural que cada persona ha recibido en su educación, formal o informal, y que ha ido amasando a lo largo de la vida y el quehacer ciudadano. Lamentablemente, la participación ciudadana cada vez que celebramos comicios electorales parece decepcionar, parece no encender, si bien, es cierto que se siente ese ambiente de elecciones, como de día lento, la participación electoral en Chile es sólo tibia. Dicen que somos buenos para hacer las cosas a nuestra manera, "a la chilena", y la opinión política del grueso de la población toma su forma criolla moldeada por un fenómeno cultural muy antiguo en nuestro país: pelar al gobierno.

“Pelar al gobierno es un deporte nacional en el país. O una tradición, en términos británicos. El ciudadano manifiesta su libertad despotrincando contra las autoridades, sean cual fueren. Cuando un presidente resulta elegido, goza de un breve periodo de popularidad. Tres o cuatro meses. Seis en el mejor de los casos. En seguida, hasta sus propios partidarios comienzan a quejarse de que no haya resuelto todos, pero todos los horribles problemas que se dedicó a crear su antecesor”.

La cita corresponde al libro "Revolución En Chile", de Editorial Pacífico, publicado originalmente el 14 de septiembre de 1964, escrito en conjunto por Guillermo Blanco y Carlos Ruiz-Tagle. 

 

No obstante las décadas que separan a la publicación de este texto con la redacción de esta columna, resulta tremendamente actual, tanto la temática como la visión política de la ciudadanía respecto a la autoridad: el Presidente de la República. “Los chilenos no alcanzamos ni a elegir un gobierno cuando ya somos opositores, de capitán a paje”, complementa Blanco con una columna publicada en el extinto Diario La Voz.

La democracia siempre ha sido en Chile un refugio constitucional, una isla lo suficientemente grande como para cobijar a toda la “clase política”, una denominación que de por sí sienta un precedente comunicativo; se habla de una clase baja: pese a que la desigualdad en Chile es un aspecto crítico, ya no existe casi la extrema pobreza, el grueso de la población posee –por lo menos- octavo básico, y los problemas de desnutrición infantil ahora son reemplazados por la obesidad (pasamos de un extremo al otro, igual de dañino); una clase media: más de la mitad del país se encuentra en este recoveco, según “cifras oficiales”, una suerte de consuelo social, no ser pobre, pero tampoco rico, viajar en micro, almorzar al menos un par de veces por semana un almuerzo AFP (arroz, fideos o papas), acceder a la educación superior a través de beca o gratuidad, no viajar fuera del país para vacaciones, etcétera; una clase alta: vivir en la periferia, en una casa no construida por el Gobierno, con más de un baño, un auto por integrante de la familia, participación en clubes exclusivos –y, por ende, fiestas exclusivas-, ingresos que hacen mofa del salario mínimo, viajes al extranjero, influencia política, complejos apellidos extranjeros y/o compuestos, y alguna cabañita de Temuco hacia el sur.

La clase política es otra cosa. No siendo suficiente poseer o participar en una sociedad comercial lucrativa y una descendencia que permite alto roce social desde la infancia, además una visión de la sociedad y del chileno medio siempre de arriba hacia abajo acompañada de una absoluta despreocupación por asuntos disímiles como pagar arriendo, cuentas de luz, agua, viajes, cuentas corrientes que jamás llegan a cero, cenas y almuerzos con tal o cual senador, este o aquel presidente corporativo, familia numerosa, relaciones fructíferas con empresarios extranjeros, y uno que otro lago privado, de Temuco hacia el sur, con sus correspondientes cabañitas, empleados y vistas privilegiadas. Gozan también de inmunidad ante los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, forman parte de ellos. Nada nuevo bajo el sol.

El desinterés en la política jamás ha sido tema en la convulsionada historia de Chile; fueron los criollos, mezcla entre nativos y conquistadores, quienes tomaron las riendas de la Independencia, con ayuda de vecinos revolucionados que también clamaban por la necesidad de decidir quién gobierna. Don Bernardo O’Higgins se caería de espaldas si un día de estos viajara al pasado un analista político y le enseñara la críptica forma de cálculo con que se obtiene el resultado de las elecciones, dejando en el pasado el confiable 1 persona = 1 voto, o si se le contará cómo nuestros congresistas desatienden sus labores, siempre y cuando no se trate de votar un aumento de volumen en la “dieta” (eufemismo para billete, guita, plata, liquidez o sueldo).

En las pasadas elecciones todo el cuerpo político y periodístico del país se vio sorprendido por los resultados que obtuvo la abanderada del Frente Amplio, Beatriz Sánchez. La gran sorpresa de la jornada, que aún así no logró superar a Sebastián Piñera, quien se presentó a los comicios ya saboreando la victoria. Guiller estaba ahí simplemente porque presentó las noticias durante años en televisión abierta, y vive aún en el inconsciente de miles de ciudadanos. El tema es otro, las ganas de participar que mostraron los partidarios del Frente Amplio (y muchos otros, no tan cercanos, pero que vieron allí una oportunidad de cambio fuera del duopolio izquierda-derecha).

Pareciera ser que sólo entendidos en el análisis político, periodistas del área, personal de Gobierno y oposición, y la clase política de forma transversal son quienes leen las páginas de diarios, revistas y páginas web referentes a la telenovela que protagonizan diputados y senadores, el resto se conforma con leer titulares y comentar ácida y amargamente en redes sociales, un descargo, una retribución efímera que a nuestras autoridades les tiene sin cuidado.

¿Cómo entrar en este mundo complejo que es la política sin entender nada de cuotas, de distritos, de circunscripciones, de sesiones, descuelgos e interpelaciones? El primer paso es educar cívicamente a los ciudadanos desde la escuela, no enseñando simplemente la historia de Chile y sus múltiples tropiezos, sino educando reflexivamente en torno a nuestra historia, nuesta forma de gobierno, éticamente, con bases sólidas (no me refiero a la fantasía de los best seller de Baradit y otros autores del género histórico-ficcional, sino a revisiones históricas que no se centren en cuántas caries tenía Arturo Prat en el maxilar inferior). El problema es que la educación cívica jamás le ha quitado el sueño a nadie; no vemos niños preocupados por disfrazarse de algún presidente en Fiestas Patrias, preparando una representación teatral de lo que en EE.UU llaman “los padres fundadores”.

Se ha educado al chileno para procesar sólo el tiempo presente y rescatar del pasado viejas dicotomías ideológicas y enmohecidos rencores, no para ser crítico de la gestión de las autoridades, como si en docientos años de historia no hubiera habido ya suficientes ejemplos que permitan sentar jurisprudencia en términos de corrupción y malas prácticas.

El tema no es simplemente criticar por criticar y volcarse a ser oposición en cuanto asume un nuevo presidente o presidenta,  el Jefe Supremo es sólo la cara visible de una red nacional de gobierno que representan tanto intendentes como gobernadores, ministros, seremis, diputados, senadores, cores, gores, alcaldes y concejeros, que son conscientes que los chilenos no se van a meter en política porque les asusta no entender de qué rayos se habla en política. Aunque, claro, en tiempos de elecciones se preocupan por armar “comandos ciudadanos” de los cuales abusar fotográfica y presencialmente, para luego olvidarlos, esforzadas señoras y caballeros, sin más pago que una palmadita en la espalda –“gracias por el apoyo”-, una oncesita con bebidas y galletas, y quizás alguna clase de zumba o un cheque por repartir volantes y contagiar a vecinos de la euforia electoral de un determinado color.

“La ignorancia se ríe”, dice el dicho, pero acá se ríen de la ignorancia. Ojo, sin descréditos, reconocer la ignorancia es la única forma de comenzar un exitoso proceso de aprendizaje, y es lo que se necesita hoy. Más humildad para reconocer errores y desconocimiento en temas que son necesarios saber, para que no nos pasen gato por liebre. Probidad, señoras y señores, un requisito sine qua non para ser parte del Gobierno. El llamado de atención, el cambio de paradigma debe provenir desde los ciudadanos. Chile ya ha demostrado que tiene una capacidad única para unirse e incluso –de ser necesario- frenar el país por completo, cuando se trata de torcer la mano frente a las inequidades.

Lo central es no olvidar que los premios no son sólo materiales, nuestro patrimonio cultural, mental y cívico también tienen valor. La libertad y la democracia no tendrían sentido si no existe una mente capaz de darles sentido y vigencia. Es hora de pensar, de forma libre y fundamentada, sobre el vertiginoso futuro que nos espera.


Texto: Fabián Rodríguez R.