POESÍA Y TEXTOS LÍRICOS


08 Jul

En mi primera pasantía, en tercer año de universidad, me tocó debutar en la enseñanza de textos líricos. Mala suerte para mí, un género difícil que nunca había logrado entender al cien por ciento siendo estudiante de enseñanza media. Ahora, en medio de mi formación académica, volvía para atormentarme. “No puede ser tan difícil”, pensé. Pero luego entendí que había sido difícil para mí debido a la forma en que fui instruido con respecto a esta "materia" en el liceo y la escuela.

Ahora, me iba a tocar a mí enseñarle a "cabros" de media, peor aún: estudiantes de un colegio para adultos. Algunos colegas me decían: “si esos cabros no entienden, están ahí para sacar la media”, pero yo me resistía a pensar eso, yo mismo había salido de esa institución. Así que para dejar claro que daría lo mejor de mí, me puse a estudiar sobre poesía lo más que pude, repasando cursos antiguos y leyendo libros nuevos.

Llegué a la primera clase de lírica teniendo a mi profesora guía atrás de mí y comencé a explicar arduamente y con sumo detalle cada elemento del programa. En total fueron 6 semanas (no recuerdo bien, pueden haber sido menos), donde abordé –a veces con un solo alumno en la sala- todos los elementos del género lírico, con total lucidez. Fue un fracaso. A todos les fue mal, tuve que rehacer la prueba, hacerla más fácil. No quería salirme del programa y sabía que estaba bajo evaluación, no podía alejarme de la norma. Me quedó el cominillo, sabía que podía haberlo explicado de otra forma. Ya tendría otra oportunidad.

Un año más tarde, comencé a trabajar en un preuniversitario social y me tocó nuevamente enfrentar el género lírico. Ahora los alumnos estaban receptivos a aprender lo que yo quería enseñarles, tenía algo más de práctica en el cuerpo y tenía más armas para enfrentarme a un curso. Sorpresa para mí, tuve 3 alumnas en toda la duración del preuniversitario. Particularmente, para las clases de lírica, que fueron 2 o 3 según calendario, sólo asistió una alumna, quien me felicitó tras un extenso monólogo en que canté una tras otra las principales figuras literarias. Ese día recuerdo haber caminado feliz por mi logro, bajo la lluvia, hasta subir a una micro en la que tardaría apenas unos minutos en dormirme, puesto que el preuniversitario era nocturno y serían cerca de las 23:00hrs, el cansancio me agobiaba.

Pasó el tiempo y llegó la hora de la práctica profesional. En el colegio me contrataron paralelamente para hacer clases a un curso que no tenía profesor de lenguaje, por licencia médica. Acepté feliz. La profesora no había comenzado la unidad siguiente, textos líricos. Sonreí internamente cuando vi el libro de clases, pues sabía que pese a que tendría a la Jefe de UTP y a la directora observando mi desempeño con lupa, tendría libertad para enseñar textos líricos como a mí se me antojara.

Comenzamos con cortometrajes simples, luego avanzamos a otros más complejos. Nos deteníamos a comentar lo que nos hacían sentir, nos preguntábamos en qué habrá estado pensando el que escribió la historia. Más adelante, seguimos con canciones, llevé mi guitarra y cantamos, molestando a más de algún profesor en la sala contigua. Escuchamos rap y leímos desgarradores poemas de amor, intentando comprender entre profundos suspiros la naturaleza del amor imposible. Al llegar a clases, al principio, los niños se desordenaban y se distraían. Cuando comenzaba la clase de textos líricos, el ambiente era otro; las posibilidades, miles.

Nos fuimos adentrando en un universo de significados cada vez más complejos, y algunos de mis alumnos más silenciosos y menos expresivos me sorprendieron con poemas de gran intensidad y creatividad. Otros, con suerte googlearon y copiaron un poema, una siempre reticente minoría. Me enteré de los problemas personales de dos alumnos por los poemas que escribieron y me interesé en sus casos, intenté ayudarlos en clases posteriores, de forma sutil. En conclusión: casi todos tuvieron buenas calificaciones al término de la unidad, aunque seguramente olvidarían pronto mucho de lo que habían aprendido. Yo sabía que había cosas profundas que jamás olvidarían.

Habían aprendido bien porque pude enseñarles cosas que yo mismo no sabía sobre la poesía la primera vez que enseñé el género lírico.

Ellos aprendieron poesía no porque les interesara realmente, lo único que hice fue mostrarles que había poesía en todas partes; en los juegos de video con los que se distraían al llegar a casa, en los emoticones de los chats, en los apodos que les ponían a sus compañeros, en las canciones que les hacían pensar o sentir cosas, en las fotografías, en las pinturas, en los cortometrajes, en las películas, en el cariño de un familiar, en la naturaleza y en todo su entorno. El pensamiento metafórico, esa capacidad del ser humano de significar cosas a su alrededor y comunicar utilizando referentes para crear otros, estableciendo relaciones entre los elementos del universo, todo eso es poesía. No extraña que haya autores que sitúen al escritor como un pequeño dios, cuya palabra construye realidad.

La propia realidad es un poema del pensamiento, la figura que adquiere el universo al intentar comunicarse con nosotros. Es necesario para el ser humano desarrollar esa capacidad de abstraerse y comprender el sentido de la poesía por el valor que tiene para sí mismo. La poesía es la forma de comunicación más directa, más simple y más compleja a la vez, pero no se puede enseñar sólo con libros. El aire entra en nuestros pulmones siendo aire y sale de ellos vuelto poesía, porque tan rodeados de poesía estamos, como lo estamos de aire. Hacer poesía es levantarse en la mañana y regar las plantas; otra cosa muy distinta es construir textos líricos.


Texto: Fabián Rodríguez