DIAMANTINO, "EL MARQUÉS DE LA FRIVOLIDAD"


La inclasificable Diamantino (2018), el debut de los directores y guionistas Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt, se llevó el Grand Prix Nespresso en la Semana de la Crítica. Es un logro avasallador en ingenio y creatividad, un ejercicio surrealista que aúna, a veces de forma explícita, otras de forma sugerente, la ciencia ficción, la fantasía, la teleserie, la metafísica, la sátira política, un discurso aniTrump, un discurso queer, una apología del fútbol, una mofa de las celebridades del fútbol, y un gran etcétera. Es un popurrí de recursos audiovisuales desde el celuloide al CGI, además de los géneros cinematográficos. Es una farsa sobre el mundo de hoy. ¡Uf!, es muchas cosas. Pocas veces he visto un debut con tanta personalidad.

En el filme, el personaje del título es un popular futbolista portugués (parodia de Cristiano Ronaldo o incluso de Alexis Sánchez) que queda huérfano luego de que su padre durante la Copa del Mundo. La selección de Portugal pierde, y la situación del país es crítica debido a la actual ola de inmigrantes. Entonces Diamantino, para restablecer un propósito en su vida (su carrera está en desgracia tras el fracaso del mundial), decide adoptar a una niña refugiada.

La chica en cuestión es una adolescente de color, pero eso es lo que cree nuestro ingenuo protagonista: ella es una espía lesbiana que lo está investigando por lavado de dinero, y tiene que reportarse con su novia, quien acude a la mansión del goleador ataviada como una monja (sacada directamente de La Novicia Voladora) del hogar que, en la mentira, hospedó a la muchacha hasta su adopción.

La película es, de hecho, más enredada, loca, desenfadada, de lo que puedas pensar. Es como un ovillo de lana que cae por una escalera sólo para terminar más enmarañado. Pero la madeja ofrece un espectáculo desopilante.

Abrantes y Schmidt parecieran canalizar, sin mayor filtro, lo que flota en el éter y adaptarlo a lo que quieren decir. Consiguen establecer con habilidad un parangón entre la crisis migratoria de Europa, cuya visibilidad en Portugal es menor a la del resto del continente, y el cada vez más aceptado repudio a los inmigrantes en EE.UU., parodiando los eslóganes de la era Trump. Entendemos que todo es una burla, puesto que los imposibles acaecimientos están concatenados de una forma gratuita, lo cual puede ser indignante para los espectadores más puristas; pero lo que tenemos aquí es una expresión rara de lo que hay en la mente de los cineastas y lo que ven en el mundo, y ambos nos atiborran nuestra imaginación. Así, somos siempre conscientes y críticos respecto de los temas subyacentes a la historia: nos reímos de la ridiculez inherente a este universo particular.

Tal vez la película transcurra en un plano onírico, pues los fotogramas nos sitúan, constantemente, dentro de la psiquis del protagonista, quien nos guía en una voz en off; como en la primera escena, cuando está jugando en el estadio y ve cachorros peludos y gigantes, y él los esquiva tratando de anotar un gol, envuelto en unas nubes rosadas de una textura tan densa como un algodón de azúcar. Bien podría ser la imagen más icónica y desconcertante del filme. ¿Qué significa? Bueno, Diamantino es un doglover…, y es propenso a las selfies, virgen, básico, idolatrado por su dinero y la lujosa ropa interior que modela. Las nubes y los perros son una representación de la burbuja de excesos en la que vive. Quizá.

Es un marqués de la frivolidad, y la similitud entre el personaje y Ronaldo o Sánchez es casi perturbadora. Y aunque sea ingenuo, ignorante, irresponsable, es una buena persona, y nuestra empatía hacia él es inmediata, si él mismo comporta una expresión del bien ideal.

Ya me puse perplejo con los desarrollos ulteriores. Sólo diré que gracias a las hermanas gemelas de Diamantino (que funcionan como las gemelas mefistofélicas de un cuento de hadas), el terror se hace tangible, música de El resplandor (1980) incluida.

Sí, esto se parece más a una alucinación. Diamantino viene en una botella con una soda mágica, que al tomarla percibes la locura que la rutina no te deja ver.


Texto: Esteban Andaur

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