MALETA, PASAPORTE, AEROPUERTO, CHECK-IN


10 Jul

En mi casa, los domingos eran sinónimo de almuerzo familiar y visita de los hermanos mayores con sus proles, una fiesta gastronómica: entrada, primer plato, segundo plato, postre, té (pero siempre con algo dulce: queque, rosquitas, kuchen de manzana…), mi mamá era una cocinera de lujo, a ella todo lo quedaba exquisito, fuese lo que fuese. Añoro sus tortillas de papas y la sopa de pan, que jamás he vuelto a saborear, mujer intrépida ella, trabajadora, abnegada, de carácter fuerte, muy fuerte, de ella debo haber heredado la pluma parada, enérgica, esposa, madre y dueña de casa perfecta… pero no conocía o no se permitía el placer por el placer, aquello de no hacer nada, solo porque sí.

Mi papá, en cambio, era la serenidad, la sabiduría, el goce por la buena vida y la buena mesa, pero en el sentido de calidad de vida, de vivir mejor, un gran lector, trabajador, prudente, muy educado… nunca supe que mi papá tuviese tejado de vidrio, gran  hombre él. Mis padres se complementaban, aun en las diferencias y éstas eran profundas, radicales, él nunca la desautorizaba… ella siempre lo aterrizaba…

Después de esos almuerzos fantásticos, el ritual era siempre más o menos el mismo, es decir, limpiar y ordenar (impensable para mi mamá dejar todo tirado en la cocina) y sentarse a conversar, tejer o bordar (las mujeres). Sí, ella era machista, extremadamente machista, en mis recuerdos está viva la propuesta, siempre disruptiva de mi papá: ¿A dónde nos vamos a pasear? Y la respuesta, siempre la misma: viejo, para qué vamos a salir si aquí tenemos de todo... Cierto, ella vivía pensando en ahorrar, nada de salidas sin sentido, en casa tenemos todo lo que necesitamos, mientras que él, siempre pensaba en nuevos retos y nuevos horizontes, pero no le discutía, me miraba y decía: chica a dónde vamos… y yo le respondía: a donde nos lleve la ruta… Hicimos muchos viajes de este modo, tomábamos la Panamericana (hoy ruta 5), lo más lejos que llegamos fue hasta Linderos, donde siempre encontrábamos comercio local, artesanal, lo mismo, que aún hoy sigo buscando en todos los lugares a los que voy. Comprábamos mermeladas o conservas y nos volvíamos, justo para llegar a la once, tan espectacular como el almuerzo y para la que mi mamá había sacrificado su descanso dominical, solo por brindarnos alguna exquisitez a la hora del té.

En esas salidas aprovechaba para hablar con mi papi, de todo, con él podías hablar cualquier cosa, porque era un hombre informado. Entre las muchas cosas que me decía, me explicaba que las personas nacemos para cosas grandes, tú en particular, agregaba, puedes lograr todo lo que te propongas, solo tienes que prepararte,  esforzarte, no existe nada imposible, cuando uno se permite soñar y se atreve… Así llegué a los veinte creyéndome el cuento, porque además, mi papá se encargó de forjar una tremenda autoestima en mí. Hasta ese entonces, todo iba bien en mi vida, solo que él no se resignaba a que yo quisiera ser monja, nunca lo aprobó… finalmente, tenía razón, no era lo mío. Pero, tampoco aprobó, lo que siguió a mi deserción de la vida religiosa y, nuevamente, tuvo razón… si lo hubiese escuchado, me habría ahorrado unos de los dolores más grandes de mi existencia, pero la vida sigue y gracias al dolor recuperé la memoria y me reinventé, aunque uno de mis hijos fue clave, porque me hizo ver que había tenido mucho más que la mayoría de las personas, por lo tanto, tenía la obligación de superarme, de vivir, de soñar…

A esas alturas con más de 40 años, volví a estudiar, volví a confiar, volví a creer, volví a soñar y decidí VIAJAR. Había postergado muchas cosas, por ejemplo, 25 años después fui a Perú y conocí mi amado Machu Picchu, El Cuzco, Lima, Ollantaytambo. Pero quería volar más lejos, aunque ya había estado en Europa, pero con la compañía equivocada, me había perdido toda la belleza de España, incluso los carnavales previos a la cuaresma. Reconozco eso sí que conocí la casa de Cristóbal Colón en Valladolid… no obstante, esa ciudad es muchísimo más. Y volví a España, la recorrí toda, me fui a Italia, Francia, Portugal, Alemania, Turquía, Irán, Irak, Marruecos, Nigeria, Argelia, Argentina, Guatemala, Brasil, Panamá, Cuba y una larga lista de etcéteras, a algunos lugares he vuelto un par de veces, porque en todas partes hay ciudades que te embrujan, como Roma, Granada o Estambul.

Claramente, soy una soñadora, a la que le gusta tocar piedras y coleccionar fósiles, magnetos y muñecos. Mis destinos preferidos son los arqueológicos, siento fascinación por las rocas, las momias, la historia. Nunca olvidaré la caminata en Capadocia, por la Vía Hitita; la tarde completa que pasé contemplando el Senado Romano en El Foro; navegar por el Bósforo; el paraíso en la tierra en Alto BíoBío; la majestuosidad de La Alhambra; el Desierto de Goreme, con sus ciudades subterráneas; el río Tormes; la magia de Anatolia; la Mezquita de Córdoba; la mezcla de cemento con fósiles en la única vereda de Juan Fernández, antes del tsunami; las casas cuevas en Guadix; el puente romano en Salamanca; Orihuela, el pueblo de Miguel Hernández; bordear el Urubamba; la pirámide del Gran Jaguar en Tikal; las callecitas coloniales de Antigua; el atardecer en Chichén Itzá; el gran Bazar en Estambul; bailar hasta el amanecer en el Malecón de La Habana; el Lago Atitlán; los colores del mercado de Chichicastenango; etcétera, etcétera, etcétera. A veces, mi único panorama de fin de semana es mirar las miles de fotos, de esas extraordinarias experiencias y vuelvo a revivir todo y a llenarme de deseos por volver.

Pero viajar es harto más, se conoce, cierto, pero también se aprende un par de cosas. Comprendes que eso de las razas, por ejemplo, es lo más estúpido que nos han hecho creer, pero si es por genética o belleza corporal… lejos para mí, los africanos. Majestuosos e imponentes, los ojos más hermosos que he visto en mi vida (tanto en los hombres, como en las mujeres), aun a pesar de las condiciones de vida a las que los hemos relegado nosotros, que nos creemos tanto. Los prejuicios se nos olvidan, a nadie le importan las superficialidades en otras latitudes, las familias acuden en masa a la fiesta del orgullo gay en Europa y no porque lo sean, sino, porque lo aceptan y respetan. Las personas bailan y cantan en las calles de Granada durante el verano (aunque estén solas) y nadie piensa que están haciendo el ridículo en público. Tampoco piensan que estás enojado o que eres violento, solo porque dices las cosas directamente y con energía. Ni te juzgan por no ir a la moda o no llevar joyas, ni maquillaje. En otras palabras, a uno se le quitan “hartas tonteras” cuando viaja, aprendemos a valorar las cosas simples y a las personas sencillas, nos curamos de buena parte de nuestra ignorancia, aprendemos a valorar el comercio local, ya no quieres vivir en la fantasía ilusionaría de un mall el domingo. Por lo mismo, cobra mucho sentido ese proverbio moro que dice: “Aquel que no viaja, no conoce el valor de los hombres”.

Por esto y más. Atrévase, se puede viajar, en todas partes hay picadas y precios justos, solo tiene que saber buscar, pero antes, planifique su viaje, infórmese, lea sobre el destino de sus sueños (como hice yo cuando estuvieron de moda las teleseries turcas), pero por ningún motivo deje de hacer ese viaje que ronda en su cabeza y que aparece en sus sueños, porque la vida es corta y es un buen ejercicio para conocerse a sí mismo y a los demás. No se trata de que usted volverá del viaje siendo perfecto, pero seguro tendrá mayor conciencia de sus virtudes y limitaciones, de algún modo, volverá otro ser humano, uno distinto, una versión mejorada de usted mismo.