AL CEMENTERIO NO: ¿QUIÉNES PUEDEN ELEGIR DÓNDE SER ENTERRADOS?


29 Feb

Personajes ilustres, que aportaron al crecimiento social y cultural del país, son parte del selecto grupo al que se le ha concedido el permiso de enterrar sus cuerpos en terrenos particulares. En el caso de la región, Leonor Mascayano fue la merecedora de esa distinción, por eso sus restos descansan en las instalaciones de una de sus principales obras: el Hospital de Niños, que actualmente es el homónimo Servicio de Psiquiatría del HGGB.

Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Nicanor Parra, no sólo comparten el titulo de ser los mejores poetas o antipoetas de la historia del país sino también, con la reciente muerte del hermano mayor de Violeta, el privilegio de pertenecer al selecto grupo de personas que han sido sepultadas fuera de los cementerios.

La poetisa nacional y creadora de “piececitos” fue enterrada en Montegrande, pueblo cercano a La Serena, justo en medio del Valle del Elqui y donde pasó gran parte de su infancia. Fue en esos terrenos donde se emplazó su museo y donde más tarde fueron sepultados los restos de Yin Yin, su hijo adoptivo.

El mismo camino siguió Pablo Neruda, quien tras ser exhumado en cuatro oportunidades para conocer las causas de su muerte, volvió siempre desde el Servicio Médico Legal al patio de su casa en Isla Negra, donde comparte lecho de muerte con su última esposa, Matilde Urrutia.

El antipoeta, matemático y físico no podía tener un tratamiento diferente, de modo que ante la solicitud presentada por el clan de los Parra, se autorizó por parte de la Seremi de Salud de Valparaíso que sus restos fueran enterrados en su casa ubicada en el balneario del litoral central, en la localidad de Las Cruces.

Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Nicanor Parra.

La familia debió presentar formalmente su intensión de sepultar a Nicanor dentro de las dependencias de su domicilio. Para ello, debieron ajustarse a lo que estipula la ley. El Código Sanitario establece, en su artículo 135 sobre las inhumaciones, exhumaciones y traslados de cadáveres, que “sólo en cementerios legalmente autorizados podrá efectuarse la inhumación de cadáveres y restos humanos. Sin embargo, el Director General de Salud podrá autorizar la inhumación temporal o perpetua de cadáveres en lugares que no sean cementerios, en las condiciones que establezca cada caso”.

Entre las exigencias para esta gestión está que los terrenos, particularmente donde se realizara la sepultura, cuenten con las superficies establecidas en el artículo 35 del Código de Cementerios, es decir, dos metros 20 de largo por 90 centímetros de ancho y con una profundidad de un metro 30. En el caso de ‘Don Nica’, se verificó que el espacio estuviera cerrado y que la causa de muerte no se debiera a una enfermedad infecciosa que pudiera generar a futuro una emergencia sanitaria.

Casos excepcionales 

Según el historiador y director de Extensión de la Biblioteca Municipal de Concepción, Alejandro Mihovilovich, sólo los próceres y personas ilustres pueden ser acreedoras del este tipo de permisos. “No es que cualquier hijo de vecino pida ser sepultado en el jardín de su casa, sino que se hace con personas que aportaron al país. Así es el caso de Galvarino Rivero, quien está enterrado en la Plaza de Armas y también era común que en los templos existieran criptas para los arzobispados”, relató.

Lo último era lo habitual, hasta que en el siglo XVIII se aprobó una legislación que regulaba los velatorios, funerales y entierros en las iglesias, porque la falta de ventilación, oscuridad y reducidos espacios las convertían en potenciales focos infecciosos atentando contra la salud e higiene de los feligreses y de los sacerdotes, según archivos de la Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional.

Ambrosio O'Higgins.

El gobernador del Reino de Chile en ese entonces, Ambrosio O’Higgins, fue el encargado de llevar a cabo esa ordenanza y tuvo la complicada misión de fomentar que los entierros se realizaran en los "campos santos" y erradicar “la creencia que al ser sepultados en los templos podrían acceder más rápido al cielo, por eso las personas adineradas y fervientemente católicas pagaban altas sumas para que sus restos fueran exhumados del cementerio y llevados a las iglesias”, aclaró el historiador Carlos León.

Los disidentes fuera de los "campos santos"

Bernardo O’Higgins cimentó en 1821 el primer 'campo santo' fuera de los límites de las iglesias, el que denominó Cementerio General de Santiago. Previo a este acontecimiento los terrenos para las sepulturas estaban ubicados a un costado de los templos católicos y sólo se celebraban los funerales de quienes profesaban dicha religión (en el sur de Chile aún se pueden ver parroquias colindando con un cementerio).

La negativa de los obispos de incluir dentro de esos terrenos a los cadáveres de los no católicos, hizo que se alzaran patios de disidentes, que eran todos aquellos que profesaban otros credos. Es así como se construyeron murallas que tenían por objetivo separar "lo divino" con "lo profano". De hecho, en 1874, el intendente de Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna, instaló una placa que ilustra lo anterior y que dice: “A la memoria de los expatriados del cielo y a la tierra que en este sitio yacieron sepultados durante medio siglo”, de acuerdo a la información del Cementerio General.

Pero previo a eso, hubo un hecho que gatilló se permitiera, con murallas y todo, el ingreso de los disidentes al 'campo santo' y que tuvo lugar en Concepción. Se trató de la muerte, en 1871, del coronel de Ejército y héroe de la Independencia, Manuel Zañartu, a quien la iglesia, liderada por el obispo Hipólito Salas, se negó a despedir con honores de acuerdo a su rango, rechazando la ordenanza. Esto porque el prócer de la patria era considerado públicamente como un pecador por estar separado y vivir en concubinato.

Esa fue la primera pugna entre "lo eclesiástico y lo laico", saliendo vencedor el último y permitiendo que a fines de ese mismo año se promulgara el decreto que obliga a los cementerios a disponer de un lugar para los cuerpos a los que se les negaba la sepultura.

“Eso cambió en 1883 cuando en el gobierno de Santa María se decretó que éstos fueran laicos y así evitar que la iglesia católica se negara a enterrar a personas de otros credos, porque hasta entonces los disidentes estaban fuera de las murallas. Luego de eso, surgió el Registro Civil, que le fue quitando facultades a la iglesia, como celebrar matrimonios o la inscripción de los hijos. Ambos decretos contribuyeron a erradicar esa separación”, aclaró Mihovilovich.

El caso más importante de la región 

Leonor Mascayano Polanco pertenecía a la elite que se negaba a quedarse en su casa deleitándose con los placeres de la abundancia mientras cientos de niños morían al año de hambre o por enfermedades como la viruela, tuberculosis o el cólera. Una fuerte convicción social la llevó a reunirse con otras mujeres que, al igual que ella, buscaban la forma de ir en ayuda de los más desposeídos.

Fue en ese contexto que lideró una serie de fundaciones privadas tales como “Liga contra la tuberculosos” (1901), “Sociedad protectora de la Infancia” (1902), “Hospital de Niños” (1909), “Ajuar Infantil (1916)”, “Hogar del Ciego” (1926) y “Gota de Leche” (1927).

Monolito ubicado frente al edificio del Servicio de Psiquiatría del Hospital HGGB de Concepción.

Particularmente, el Hospital del Niño Leonor Mascayano, según el libro "Una mirada histórica al aporte del hospital Guillermo Grant Benavente a la región del Biobío“, fue levantado gracias a la munificencia de un grupo de damas” que tenía por objetivo dar una oportunidad de vida a los menores en riesgo social en plena crisis del 1900 y, con ello, poniendo atención a la realidad que experimentaba dicho grupo etario.

Esas acciones la dotaron de merito suficiente para que el Ministerio de Salud otorgara, tras su fallecimiento el 18 de enero de 1944, el permiso para que sus restos fueran trasladados desde Santiago (región donde pasó los últimos años de su vida) hasta Concepción, para ser enterrada en el Hospital de Niños, actual Servicio de Psiquiatría del Hospital Regional.

Si bien sus obras sociales tuvieron lugar en la región, su reconocimiento traspasó las fronteras penquistas, llegando incluso a lamentar su muerte el presidente de la época, Juan Antonio Ríos. “Ella al igual que los otros casos, dejó un legado importante y fue un personaje determinante en esa época. Acá hablamos de personas que contribuyeron al crecimiento y desarrollo social y cultural del país”, finalizó el historiador Alejandro Mihovilovich.

Texto: Daniela Salgado

Fotografía: Fabián Rodríguez