EL CAMBIO DE GOBIERNO, MÁS ALLÁ DEL DILEMA


08 Jul

La historia de la política de Chile se encuentra dividida, y no desde 1973, sino que desde el comienzo de nuestra historia como República. Las lucha de poderes, consignas generadas como gingle de marketing buscando adeptos y traspasando generaciones, eran una temática que acontecía en aquellos años, también, pero con una profundidad casi imperceptible para “la masa” que no perteneciera al “antiguo oficio” de la política.  En ese entonces quizás podríamos llamarlo oficio, pues era una ocupación habitual fundamentada en la vocación social, la democracia y el "bien común". Tangentes distantes de algún punto de convergencia en la clase política actual, donde la acción pasa a ser una forma de hacer las cosas o sólo un adjetivo calificativo.

Entonces, si bien como sociedad estaríamos acostumbrados a vivir este tipo de cambios, ¿estamos realmente conscientes en cómo nos influye? ¿Nos interesa realmente? ¿Podremos seguir con nuestra neutralidad rutinaria sin morir en el intento?

Mientras antiguamente los cambios de gobierno entre las grandes coaliciones nacionales eran menos perceptibles, existían de igual forma. Luego de 1973 la polarización de la política chilena fue inminente, por lo que trascendió el significado del traspaso de responsabilidades del organismo que debe velar por la triada Estado-sociedad civil-mundo privado, dependiendo directamente de la tendencia que tenga éste a desarrollar cualquiera de los dos polos. Este es el caso que ocurre este 11 de marzo, homologando lo sucedido el 2014, cuando era Miguel Juan Sebastián Piñera Echenique quien entregaba la banda a Verónica Michellle Bachelet.

Cambia, todo cambia

Para Natalia Villa Silva, socióloga y magíster en Política y Gobierno, la influencia de este cambio es evidente y no habría posibilidades de mantenerse al margen de lo que acontecerá en los próximos días. “Existen muchas dimensiones en cómo afecta directamente la ideología de quiénes manejan el Estado. Ya que son ellos quienes llevarán a la práctica la agenda política de nuestro país, dando enfoque a las temáticas que a ellos les competen, interesan o prefieren desarrollar”, explica.

Claramente, estamos insertos dentro de una sociedad regida, políticamente, por un Poder Ejecutivo del que, queramos o no, no podemos mantenernos ajenos, tomando en cuenta las dimensiones sociales, legislativas y económicas que abarca el gobierno de turno. Teniendo claro lo anteriormente señalado es que se puede desprender que los cambios también deberían abordar un sinnúmero de temáticas. Con un cambio de gobierno, primeramente, hay numerosos despidos y contrataciones, que cambian la vida cotidiana de cada una de las familias de los desvinculados o de las nuevas contrataciones. Cada cambio de ministro, consejero regional, intendente, etc., conlleva el peligro de la supervivencia de las antiguas políticas públicas de cada cartera, de los asesores, y así sucesivamente. “Un ejemplo de lo que genera el cambio de un organismo asesor dentro de instancias trascendentales a nivel nacional, es el caso del centro de estudios Flacso que tiene que ver con  todo lo que se está desarrollando para que Ñuble se convierta en región. ¿Seguirán ellos? ¿Qué pasará con lo avanzado? ¿Cómo se hace la entrega de los procesos finiquitados? Esta es una problemática transversal, de difícil conjetura, pero que va a pasar cada vez que haya este tipo de situaciones”, explicó Villa.

La clase política

Somos una sociedad sumergida en el individualismo donde las preocupaciones personales toman preponderancia en nuestra ejecución diaria, sin embrago, aunque en el consiente colectivo está la falta de interés y la baja participación de los chilenos en política, las estadísticas dicen lo contrario. Lo anterior se respalda en los resultados de la ejecución de un proyecto impulsado por el gobierno de Bachelet, el cual realizó Natalia Villa en conjunto a un equipo multidisciplinario de la Universidad del Bío-Bío y que fue desarrollado en nuestra región y otras tres más. El programa se basó en la aplicación de un conjunto de herramientas de recolección de datos y su posterior análisis para verificar los problemas existentes que limitan la participación activa y generar estrategias y espacios para aumentarla. “Efectivamente, hay un sector de la población que asciende al 30% que está totalmente ajeno a lo que pasa en la política, que derechamente no les importa informarse y menos votar o ser miembro de algún colectivo. Sin embargo, también existe el 70% restante que está interesado, de cual el 30% está activo dentro de alguna junta de vecinos, partido político o grupo minoritario, mientras que el 30% restante, aunque tenga interés y toda la ímpetu de formar parte de alguna corriente o grupo, no tiene posibilidad porque no exiten la instancias ni la posibilidad de hacerlo”, agregó la socióloga. Es que apela a que los estamentos están hechos para que esto no se produzca. No hay condiciones para facilitar que los ciudadanos den a conocer sus intereses y proyectos, como el anteriormente expuesto. Son dineros fiscales derrochados para que cifras interesantes se queden plasmadas en un papel sin tener misión determinada para no molestar los intereses de esta nueva clase social, la clase política. “Fueron meses de arduo trabajo, de focus groups, de más de 1.300 entrevistas. Nos enfocamos en detectar los problemas, sistematizamos la información recolectada y plateamos soluciones, validándolas en práctica con talleres realizados a la comunidad. Con esto, desarrollamos un Reglamento de Participación Ciudadana y lo presentamos al Consejo Regional, y no fue aprobado”, lamenta Natalia.

Este tipo de programas serían de una importante ayuda para abordar el tema desde una arista global, pero el rechazo de estas iniciativas, y hacemos hincapié que son ideadas por el mismo gobierno, hace que no llegue más allá de ser un buen título en las licitaciones del portal Chileproveedores. Pero ¿por qué el rechazo? La respuesta fue simple y decidora, fundamentada en la frase “cómo vamos a darle tantas atribuciones a la gente”. “Cuando escuché ese argumento, para mí fue difícil asumirlo, no pude entender su principio ni su lógica. El producto en sí no tiene cuestionamientos metodológicos ni de proceso. El argumento oficial fue que se debía seguir estudiando, pero no era necesario. El producto fue exitoso en sí mismo, pero el sentido del rechazo fue mantener la baja participación de la población. Personalmente, siento que mientras toque el poder o el dinero de esta clase social, la clase política, no hay vocación social que la sostenga.”

¿Para qué? o ¿Por quién?

Ya hemos pasado muchas veces por esta misma situación de cambios de presidentes, de cambios de coalición política y siempre la mayoría se mantiene bajo el mismo lineamiento pasivo, de pensar "para qué hacer algo si son más fuertes", "para qué votar si mi voto es perdido", "para qué esforzarme si de todas formas mi vida personal queda en exactamente las mismas condiciones". Efectivamente, si se sigue pensando ¿para qué?: vamos a seguir llegando a las mismas respuestas; por ende, las mismas acciones y, por consecuencia, los mismo resultados. Pero ¿qué pasaría si nos enfocamos en ejecutar la acción, en buscar espacios de colectividad, en informarnos, en unir voces bajo estamentos cotidianos, en ejercer el cambio desde el núcleo, desde nosotros mismos por nosotros mismos? La participación ciudadana es una responsabilidad de todos. No por nada Albert Einstein graficaba en una frase lo que venimos haciendo hace decenas de años "locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”. 


Texto: Francisca Maass Pelen