LA CIUDAD Y LA POESÍA


08 Jul

El trayecto desde Paicaví con San Martín, donde se toman las micros hacia Talcahuano, hasta el Mall Plaza Trébol, es siempre espacio predilecto para todo tipo de vendedores y artistas callejeros. Desde hace algunos años, la aparición de la tecnología bluetooth revolucionó a muchos de nuestros compatriotas y hoy podemos ver a jóvenes raperos cargar con sus cajas sonoras a todo volumen, horas sin agotarse la batería. Algunos de ellos son artistas de micro, piden permiso al chofer y se suben a interpretar su obra. 

Play. 

La señora de adelante ya se baja

mira piante el paradero que la espera

para que la deje afuera

de su casa.

Pasa todo este tiempo

los ojos en la esquina y yo

acá rapiando siento ganas

de escaparme, irme con mis amigos

para empezar a drogarme. ¡Stop!

Nada de eso amigo,

usted el chaqueta si que sabe lo que digo,

la droga hay que dejarla,

con un poco de rap ya no

puedo ni pensarla (...).


Continúa el acto hasta la Universidad Católica y luego en lo que queda de trayecto agradece al público y se retira por la puerta trasera, la música detenida para ahorrar batería. Sube un vendedor ambulante.


Helado, heladito, helado,

chocman, maní salado y confitado,

mentitas para la garganta,

para el resfriado y la carraspera,

agüita para la tos...

¿Alguien dijo yo?

Helado, heladito, helado...


Bajo de la micro y camino en dirección al centro comercial. Voy en busca de un libro de poesía que me dijeron podía encontrar aquí, pero no está. Decepcionado, sigo hasta el patio de comidas para comer algo, donde un niño de no más de 10 años deja encima de mi mesa -sin preguntar nada- un trocito de cartón alargado. Un marca-páginas. 

El objeto tiene una inscripción.

"La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor".


Esto es Rubén Darío. Es obvio que es Rubén Darío. Espero a que el niño vuelva, aún no me llaman del mesón para retirar mi orden. 

- Hola, ¿tú sabes quién es Ruben Darío? -le muestro el marca-páginas.

- Ni idea. ¿Me lo va a pagar? 

- Aquí tienes.

Le entrego los $500 pesos que había sacado para pasárselos. Qué pena que no supiera. Luego pensé que en realidad la Sonatina es uno de los poemas más conocidos y manoseados de Ruben Darío, así como el Poema 20 de Neruda, construcciones que por sí solas no dicen ni el 10% de lo que dice la obra completa en que están insertas y que sin embargo, circulan libremente y a vista y paciencia de todos, en marca-páginas genéricos.

Me vuelvo al centro. Cruzo la pasarela que atravieza Jorge Alessandri desde el Mall hacia Suractivo. Micro hacia el centro para bajarme en Tribunales. 

En este paradero en particular, las micros demoran un montón, por ambos lados, esperando llenarse. Vendedores ambulantes y artistas aprovechan para probar su suerte. Un muchacho con guitarra hace señas al conductor y se sube. Cuenta su historia.

- No quiero molestar a nadie, sólo hacer un poco de música, canto soberano y popular...

Imaginaba que se vendría otra de las clásicas "...tengo esa nostalgia de domingo por llover / de guitarra rota y oxidado carrusel", algo que en realidad no me gustaba de los artistas callejeros. Pero este era distinto, comenzó tocando algunas notas que yo bien conocía. Es la Romanza anónima. Un momento...

"¿Conocieron al Mañungo?
seguramente que no.
Era un cabro de mi barrio,
que, en mi época de niño,
conocí en una pichanga
que jugábamos, un día,
con los cabros de la cuadra
que está detrás de la mía.

Parecía siempre enfermo
porque tosía y tosía,
y por eso en la pichanga
casi nunca lo ponían.
Decían que era muy flaco,
que p'a chutear no servía
y que si alguien lo trancaba,

no aguantaba y se caía".

¡Pero si eso es Tito Fernández! Interpretar esa canción es tan difícil como interpretar una de Silvio Rodríguez. Busco desesperadamente monedas en mi bolsillo para darle algunas al cantante, una vez que concluye su actuación. La micro se había venido rauda hasta el centro y se disponía a doblar por O'Higgins, el cantante baja justo en la esquina anterior, en Paicaví. 

Sigo mi camino y bajo en Tribunales. Al principio de la diagonal hay un joven medio desaliñado con varios libros ordenados sobre una manta de lana. Los está vendiendo. Camino despacio para ver los títulos. El joven, visiblemente concentrado en su lectura, ni se percata que busco con la mirada el título del libro que tiene en sus manos. "Poemas y antipoemas", de Nicanor Parra. Había visto varias copias de ese libro emerger desde su muerte. 

Cuando sucedió la muerte de Nicanor Parra, la gente se estremeció en las redes sociales. Los que no lo conocían y los que sí. Hubo un poema que se repitió en varios muros, casi de forma canónica, y que está dentro de "Poemas y antipoemas". Pensé en él.

De estatura mediana,
Con una voz ni delgada ni gruesa
Hijo mayor de un profesor primario
Y de una modista de trastienda;
Flaco de nacimiento
Aunque devoto de la buena mesa;
De mejillas escuálidas
Y de más bien abundantes orejas;
Con un rostro cuadrado
En que los ojos se abren apenas
Y una nariz de boxeador mulato
Baja a la boca del ídolo azteca
-Todo esto bañado
Por una luz entre irónica y pérfida-
Ni muy listo detonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!


Epitafio. Vaya recuerdo. El tipo me quedó mirando mientras yo, absorto en mis pensamientos, me perdía la tapa de su libro. 

- También está a la venta si lo quieres -disparó.

- Chuta, no, tranqui, me recordó algo. Buen libro. 

- Sí, estoy sacando ideas para canciones -y volvió a su lectura, sin darme más importancia. 


Seguí, pues, mi camino hacia la Plaza Perú, donde me encontraría con un amigo. Siendo casi las 18:00hrs, el ambiente en el lugar es una mezcla de risas, conversaciones a vivo pulmón, música y el rumor de la juventud. Mientras espero intento distinguir algunos de los acordes que escucho en un extremo de la plaza. Me pongo de pie para acercarme sutilmente, mientras miro el teléfono.

"Esta enfermedad de amanecer nostálgico
que no se me pasa ni con la felicidad
me tiene añorando algún contacto tántrico
con esa mirada de infinita locura.

Creo que he recordado esta mañana trágica
tardes de tu mano en ese puerto mágico
donde las palabras eran mero trámite
de nuestros lenguajes, fuera de la lógica".


Reconozco la canción, pero no puedo recordar su nombre. Podría googlearla, sin embargo, espero a que el intérprete deje de tocar y le pregunto. "Paisano, Astronauta". "Ok, gracias". 

Mi teléfono suena, es mi amigo que viene atrasado. Camino hacia la librería que está en la plaza, para hacer hora. Ya están cerrando.

- Esta micro va más lenta que río de caca, llego en 10 minutos... Espero. 

- Tranquilo, hay harto en que entretenerse acá. 

Ya de noche, habiéndome juntado con mi amigo a arreglar el mundo, me acuesto a ver Netflix. Estoy viendo Breaking Bad por segunda vez y justo tocó la coincidencia que el capitulo en que voy es el que habla de Walt Whitman y su poema "Hojas de hierba".

"Gliding o'er all, through all, Through Nature, Time, and Space, As a ship on the waters advancing, The voyage of the soul—not life alone, Death, many deaths I'll sing."
―Walt Whitman, Leaves of Grass.


("Deslizándote todo, a través de todos, a través de la naturaleza, el tiempo y el espacio, como un barco sobre las aguas avanzando, el viaje del alma, no la vida sola, la muerte, muchas muertes voy a cantar".
     -Walt Whitman, hojas de hierba).

Aunque uno desee escapar de la poesía, cerrar los ojos y pensar que no existe, es imposible. Buscaba un libro para poder escribir de la relación entre la ciudad y la poesía, escribir una investigación estilo reportaje, pero la ciudad terminó hablándome a mí. Parecía más sensato transcribir este recorrido urbano a modo de crónica. Concepción respira poesía.


Texto: Fabián Rodríguez R.