QUÉ COMUNICA CONCEPCIÓN


08 Jul

Son las 07:00 horas de un frío lunes de invierno. Terminal de buses Collao. Un joven espera recibir su maleta de manos del auxiliar, mientras se pone el gorro que había guardado en su bolso de mano, pensando que en Concepción no haría tanto frío como en el sur, el verdadero sur, más allá de Puerto Montt, más allá de Puerto Natales.

Tiempo atrás ya había visitado Santiago, donde había llegado en Avión al aeropuerto Pudahuel, y le pareció que era una ciudad muy bonita, pero muy enredada. Si bien el metro lo cautivó en un principio, cuando subió a media tarde, no fue así cuando tuvo que viajar en él a las 7 de la mañana. ¿Se parecería en algo Concepción?

A las 07:10 por fin, maleta en mano, emprende rumbo hacia las afueras del remozado terminal de buses. Debe llegar primero al centro, pues ahí lo espera un amigo. Aún está un poco oscuro, y al salir del terminal lo primero que se encuentra es la imponente estructura del estadio Ester Roa Rebolledo, que había visto previamente en televisión, con ocasión de la Copa América. En vivo se ve mucho más grande de lo que parece. De pie y con la boca abierta contemplando la estructura lo abordan enérgicos taxistas ofreciéndole un viaje “taxi, taxi, ¿para dónde va?”, pero aunque no conoce bien la ciudad sabe que debe tomar una micro para llegar al centro y que debe subirse a ella frente al estadio, por Collao. O al menos eso dice Google Maps.

Mientras abandona la cuadra del terminal pasa por delante de varios comerciantes que ofrecen café, té, milo y sánguches ave mayo, entre otros, “a mil pesitos”. El largo viaje lo traía con hambre, y aunque había comido unas galletas cuando se prendieron las luces del bus a pocos kilómetros de Concepción, pensó que comprar un pan amasado relleno con pasta de pollo y morrón no era mala idea.

Llegó al paradero y vio desfilar una tras otra varias micros, de nombres variopintos. La que más le llamó la atención fue una llamada “Sol Yet” que se detuvo frente a él. “¿Va para el centro?”. “Súbase”, le dijo el chofer. Se subió y pagó el pasaje, guardó el boleto y se sentó. Enseguida volvió a abrir Google Maps, para no pasarse. Debía bajarse en una calle llamada O’Higgins, a una cuadra de la Plaza Independencia, donde haría hora mientras llegaba su amigo, a las 10:00 de la mañana.

La micro dio más vueltas de las que podía entender. Pensó que se iría derecho por la avenida grande que aparecía en el mapa, “Av. Los Carrera”, pero en vez de eso dio un rodeo confuso hasta que por fin llegó a O’Higgins. En el mapa decía que la micro seguiría derecho así que perdió el miedo y se dejó llevar.

Mirando por la ventana se dio cuenta que todas las micros estaban pintadas del mismo color, y aparecieron más líneas, con nombres extraños; “Miniverde”, “Vía Universo”, “Vía Láctea”, “Géminis Sur”, “Las Galaxias”, “Mi Expreso”… “¿Qué carajo le pasa a la gente de Conce? ¿De dónde sacaron esos nombres?”.

Tras atravesar otra gran avenida, Paicaví, la micro se estacionó a una cuadra del Mall del Centro. O al menos eso decía el mapa que intentaba interpretar a medida que avanzaba. Cuando pasó frente al coloso le asombró lo fea que se veía la estructura cuadrada y opaca. Pero más adelante se maravilló con los Tribunales de Justicia. Había oído que este edificio conectaba a través de un paseo peatonal con la Plaza Independencia hacia un lado y con la Universidad de Concepción hacia el otro. Decidió bajarse y caminar. Pensó que tal vez el Paseo Peatonal Alonso de Ercilla y Zúñiga debía ser como el Paseo Ahumada. Para su sorpresa la micro no se detuvo en Tribunales, por más que tocó el timbre, y de pronto el atento chofer que lo había invitado amablemente a subir a su máquina ahora lo miraba iracundo por el retrovisor. Él no entendía, pensaba que si había un paradero, la micro debía parar. ¿Si no entonces para qué había paraderos?

Pero la micro no se detuvo hasta dos cuadras más allá, frente a Correos de Chile. Él había avanzado hasta la puerta delantera para pedir al chofer bajarse, pero éste le respondió con una férrea mirada, que prefirió no responder. La micro iba casi vacía. Al momento de poner el segundo pie en el suelo, la carrocería partió rauda, dejando tras de sí una estela de humo negro. “¿Cómo habrá pasado la revisión técnica?”, pensó. Volvió a mirar el mapa, estaba a una cuadra de la Plaza Independencia y eran ya las 07:40. Por todas partes se veía gente caminando cabizbaja, varios estudiantes, uno que otro entumido carabinero disimulando los bostezos. Decidió caminar desde allí hasta la plaza, pasando por paredes plagadas de cientos de afiches publicitarios de toda clase de eventos, hasta llegar a la esquina de la Gobernación. Allí se encontró con una larga fila de inmigrantes, excesivamente abrigados, algunos conversando en creole, otros en inglés y otros más alegres en español. Justo antes de llegar a la esquina miró de reojo que había una pequeña franquicia del Kiosko Roca, al cruzar la calle.

Finalmente llegó a la Plaza Independencia, un hito histórico que siempre había deseado conocer, pero que ahí en vivo sólo le inspiró lástima; decenas de personas en situación de calle parecían haberse apoderado de la estructura frente a la pileta y también de algunas bancas. Provistas de colchones y mantas, algunos indigentes aún dormían, mientras otros aspiraban bolsas plásticas a vista y paciencia de transeúntes. Miró a su alrededor y le llamó la atención la indiferencia del resto de los ciudadanos. “Debe ser normal”, pensó.

Dio un rodeo a la pileta, para ver el escudo con el huemul que se asemeja a un caballo. Sabía que en Punta Arenas también había uno de esos escudos, pues había leído que habían sido enviados a hacer en Liverpool, y que el artista en cuestión desconocía por completo la anatomía del animal del emblema patrio. Se sintió un poco más cerca de casa por un momento.

Atravesó la plaza y contempló un momento la fachada de la Catedral de la Santísima Concepción, con sus grandes arcos alzándose al cielo. También allí dormían algunos sujetos, parapetados en los rincones del frontis. Se volteó y caminó hasta una banca para sentarse un rato. Estaba húmeda y se mojó los muslos. Vaya suerte. Miró a su alrededor. Aunque había mucho movimiento, la mayoría de los locales comerciales estaban aún cerrados. Comprobó la hora en su teléfono, ya iban a ser las 8. “Seguramente deben estar por abrir”.

Tras pasar media hora sentado observando a las palomas en su torpe andar, entendió que en Concepción los locales comerciales no abren a las 8, ni a las 8 y media. “Qué flojos”. Abrió la bolsa que contenía el sánguche que había comprado afuera del terminal y lo comió

Como aún faltaba mucho para que llegara su amigo, quien de seguro aún dormía, decidió caminar por el paseo peatonal hacia los Tribunales, para aprovechar de conocer un poco y quitarse el frío que lo entumía. En la esquina de Caupolicán con Barros Arana le entregaron un Publimetro.

Caminó por Barros junto a silenciosos transeúntes que parecían muy ocupados como para notar su presencia. El sol ya iluminaba la ciudad y hacía brillar las calles húmedas. A medida que avanzaba le parecía cada vez más ridículo que el comercio abriera tan tarde. Tras avanzar una cuadra se encontró de frente con las Tulipas. Se detuvo de frentón a mirarlas e intentar entender el sentido de su construcción. No logró entender si eran para detener la lluvia o si funcionaban como una especie de lámpara nocturna. Enseguida las relacionó con la tensoestructura del Ester Roa Rebolledo y recordó también que había visto fotos del Teatro Regional que también tenía estas membranas elásticas blancas que le daban un aspecto moderno, pero más que moderno, extraño. “Algún rollo tienen los arquitectos de acá con esto de las membranas”.

Siguió avanzando, le llamó la atención que pese a que no había muchos locales comerciales abiertos, sí había carritos de venta en algunas esquinas. Varios fieles engullían completos en una esquina, medio taciturnos, como en un trance, mientras en la otra mano sostenían un vaso de plumavit humeante, probablemente con café o milo. Varios de ellos eran extranjeros.

A medida que avanzaba hacia los Tribunales de Justicia veía cada vez más estudiantes, en dirección a la Universidad de Concepción. Se imaginó que eran estudiantes porque lucían jóvenes, llevaban mochila y lucían pintorescos atuendos que seguramente –creían- los hacían parecer distintos, pero en realidad se veían todos iguales. Una mezcla de pop-new-grunge-neoyorquino que sólo había visto en Santiago. Una jauría de perros callejeros, todos con cara de simpáticos, pasó a su lado y le sacó una sonrisa. Andaban haciendo un barrido matutino en busca de restos de comida y papas fritas añejas, que peleaban a las palomas.

Había caminado lo más lento que podía, pero recién eran las 08:45. Decidió volver por O’Higgins hacia el Kiosko Roca, donde de seguro se sentiría más cómodo y podría sentarse a comer un choriqueso. Al llegar, se sentó en la barra principal frente al mostrador. “Hay que pagar en la caja”. “Vale, no hay problema”. Se detuvo un momento a estudiar el menú y se percató que había algo nuevo para él, “mechada-queso”.

- ¿Mechada queso en el Kiosko Roca? –se le escapó.

- ¿Usté es de Magallanes? –preguntó el hombre sentado frente a la caja.

- Sí, de Porvenir.

- Acá la gente come harto sánguche de mechada. Hay que adaptarse –le comentó.

- Quiero dos choriquesos y una leche grande –respondió, un tanto desanimado.

- Tome asiento, lo van a atender.

Se sentó mientras miraba algunas de las chucherías y recuerdos del local, las fotos particularmente. Echó de menos su casa por un momento, y eso que había llegado hace apenas unas horas. “No le avisé a mi mamá que llegué bien”, pensó. Metió la mano en su bolsillo buscando su teléfono, pero no estaba. Revisó los otros bolsillos. Nada. “¿En qué momento…?”. Se había descuidado apenas unas cuadras y un hábil hampón se había hecho con su Smartphone, con precisión quirúrgica.

Resignado, recibió sus choriquesos y se dispuso a comer, aunque sin hambre. Al primer mordisco se dio cuenta que el sabor era similar, pero la pasta de chorizo y el pan definitivamente no eran los mismos que en el extremo sur. El queso estaba bien. Se sintió de pronto en una ciudad extraña, que lo había recibido de mala manera. Se había hecho tantas expectativas sobre “la capital del sur de Chile” que el encuentro con la realidad lo había golpeado duro.

Recordó el llamado “Síndrome de París”, una extraña enfermedad que experimentan algunos turistas japoneses al visitar la Ciudad Luz, producto del choque cultural, emocional y el cansancio producido por las altas expectativas que no se cumplen. Terminó de comer el segundo choriqueso y se tomó el vaso de leche con plátano de un trago. Se despidió y agradeció a la mesera que lo atendió, pero esta estaba con medio cuerpo dentro de la cocina y no lo escuchó. El dueño, que lo había atendido en la caja, hablaba por teléfono y tampoco respondió el saludo de despedida. Ni se molestó en intentarlo de nuevo. Salió del local en dirección a la plaza nuevamente. Se sentó en una banca junto a un lustrabotas que fumaba pacientemente y le preguntó la hora. Eran las 09:30 y había quedado de esperar a su amigo en la pileta a las 10:00. De todas formas, no tenía cómo contactarse con él en caso que llegara atrasado. Sacó de su bolso de mano el Publimetro que había guardado y se dispuso a leer para hacer hora.

Le llamó la atención la noticia de un neurocirujano que había sido detenido por no realizar una alcoholemia a tiempo en el Hospital Regional Guillermo Grant Benavente. No obstante, pensó, con todo lo que había visto de Concepción en apenas unas horas, no tenía nada de raro que algo así pasara.

Pasadas las 10:00 llegó su amigo, aún con cara de sueño, ojeras y una resaca que se podía sentir a varios metros de distancia. En los próximos días visitarían la Universidad de Concepción, el Parque Ecuador y el Parque Bicentenario. Lo que más le llamó la atención fue que en vez de llevarlo a otros lugares icónicos de la ciudad, se pasarían varias horas paseando entre el Mall Plaza Trébol, el Mall del Centro y el Mall Mirador Biobío.

De regreso en su casa, dos semanas más tarde, seguía intentando entender a los penquistas.


Texto: Fabián Rodríguez R.