LOS CHILENOS A LA FUERZA


A principios de agosto supe que sería un mes muy frío. Una terrible intermitencia climática nos iba a traer entre el paraguas y las gafas, con temperaturas variables desde los 0 grados a los 20 grados. “Así es agosto”, ponerse y sacarse la chaqueta. La antesala de septiembre, el mes de las nubes de algodón, los volantines y el olor a carne asada al carbón.

Recordé este pensamiento cuando, a mediados de agosto, comencé a trabajar en una construcción, realizando todo tipo de labores entre administrativas y de campo, por llamarlo de alguna manera. A las 06:45 de la mañana podía sentir el frío de agosto empujándome de vuelta a la cama y el calor de septiembre llamándome por sobre el suelo escarchado, desde el más allá, un mensaje que se elevaba como las bengalas de los marinos del Titanic, por sobre el horizonte, desde algún lugar del País de los Aguinaldos. Había que llegar con plata a septiembre. La preocupación de todos nuestros esforzados compatriotas.

Paralelamente, a mi casa –que es compartida- se mudaron dos colombianos, de 19 y 23 años, respectivamente. Los primeros días, me encargué de hablar con ellos sobre las reglas de la casa; básicamente normas simples de convivencia respecto al aseo de la cocina, el baño, el uso de ollas y sartenes, platos, cucharas, refrigerador, etc. Nunca había compartido con extranjeros de este país más allá de un “hola, muy buenos días” y un “muchas gracias”, en algún almacén. Tenerlos cerca me inquietaba por varias razones, pero la principal era aprender de ellos.

Lo primero que me pregunté fue qué hacían dos jóvenes como ellos aventurándose a vivir en Chile, mudándose a Concepción en agosto, uno de los meses más fríos. ¡Si hasta yo que estoy acostumbrado andaba entumido! A fines de julio me tocó viajar a Santiago y me sentí tan cómodo con los 15 grados que había, mientras los capitalinos tiritaban abrazando la taza de café como lo haría un náufrago a un trozo de madera flotante. Venirse a vivir a Chile…

- ¿Y cómo llegaste aquí? –le pregunté a Yesse, la colombiana de 19 años.

- Bueno, pues… Había juntado algo de plata para viajar y hablaba con una amiga que ya estaba viviendo acá y me decía que era una maravilla, que todo era muy lindo y que me viniera sin problemas, que ella me recibía. Vivía en Santiago.

- ¿Y tus padres qué te dijeron?

- Mi mamá al principio se supo seria, pero luego me dijo que había ahorrado algo de dinero y que me regalaría el pasaje. En una cosa de días ya tenía el pasaje comprado y tuve que arreglar todo para venirme. Mi amiga me dijo que en cuanto llegara ella me haría palanca para un trabajo y poder mantenerme. Yo súper emocionada.

Conversábamos en la cocina de la casa. Yesse y Andrés –que habían descubierto hace poco las micheladas- me habían invitado a compartir un rato, para conversar y conocernos.

- Y bueno, llegué a Santiago a las 00:00 de la noche y mi teléfono no funcionaba –prosiguió Yesse-, no tenía cómo contactarme con mi amiga.

- ¿Llegaste al aeropuerto Pudahuel? ¿No funcionaba el Wi-fi? –la interrumpí.

- Sí, es que había mucha gente a esa hora. Y yo, que había venido desabrigada, me topé con un frío horrible. Mi amiga me había dicho que viniera con chaqueta, pero yo creí que exageraba. ¡Es que acá es tan frío!

- No tanto como al sur-sur, pero sí, es súper frío. Santiago con su aire cordillerano, heladísimo igual.

- Pero por suerte pasó un rato y comenzaron a llegarme mensajes al teléfono, por Facebook, se había conectado el wi-fi. Pero por más que le escribía a mi amiga, no me contestaba. Entonces llegó un tipo que me decía que era amigo de ella, que nos fuéramos a su casa y que ella estaba allí. Pero yo no le creí. Le pedí teléfono para llamar a otro amigo y nos juntamos en el terminal de buses. A esa hora ya no había buses para Concepción, así que tuvimos que quedarnos ahí toda la noche. Mi amigo me acompañó hasta que me fui. Una vez en Concepción me juntaría con otra amiga, donde me quedaría alojando hasta que juntara plata para vivir sola.

-Ahh, entonces te esperaba una amiga en Concepción… Pero de la otra no supiste nada más –interrogué.

- No, se esfumó. Y llegué a la casa de esta otra amiga y ahí vivían ya 4 personas. Y la pasé muy mal, porque yo era la única que tenía trabajo y al final terminé manteniéndolos. Fue después de un tiempo que tomé contacto con Andrés, con quien éramos amigos allá en Colombia, nos juntamos y decidimos irnos a vivir juntos, yo ya estaba cansada de vivir con los otros.

- Y así fue como llegaron aquí a la casa…

- Sí, buscamos harto hasta llegar aquí.

- Bueno, por suerte llegaron a un buen lugar. Y en un buen mes, ya que estamos a mediados de agosto y en Chile el mes de septiembre es genial; comienza el tiempo bueno y hay hartas fiestas por esto de las Fiestas Patrias, harto carrete, harta michelada, hartos asados –les dije, intentando levantarles el ánimo-, vamos a ir a alguna ramada cuando ya sea fecha. Hay que aprovechar el aguinaldo…

- ¿Aguinaldo?- interrogó Andrés, con extrañeza.

- Sí, es una plata que te entregan en los trabajos en Chile, como un bono por Fiestas Patrias, básicamente para carretear.

- ¿¡Acá te pagan por ir de parranda!? –exclamó Andrés, al tiempo que miraba a Yesse, ambos anonadados.

- Sí, a veces no es mucha plata, pero siempre hay algo. Alcanza para unas empanaditas y un vinito. Como mínimo unas 15 a 30 lucas, si ganas el sueldo mínimo. 

- Pero eso es mucha plata… fíjese que en Colombia por trabajar un turno de noche en un bar yo ganaba lo que acá serían 5 mil pesos. Eso es como la tarifa estándar allá.

- ¿Qué? ¿5 mil pesos? Acá mínimo te pagan 15 mil a 25 mil un turno de noche… Es como una pega sacrificada porque es turno de noche, pero igual algunos viven así –exclamé sorprendido, pues no me imaginaba que el tipo de cambio era tan drástico, es decir, que en Chile se llegara a pagar 3 veces lo que en Colombia en un trabajo tan simple.

Continuamos michelada tras michelada y la conversación se fue soltando hasta llegar a hablar de temas amorosos y otras cosas, básicamente contando nuestras propias historias. Yo me fui a acostar ese día con la sensación de no valorar lo suficiente la estabilidad económica de nuestro país. El simple hecho que allá el aguinaldo fuera algo completamente desconocido me parecía disparatado. ¿Es que acaso no nos damos cuenta que estamos bien?

Vuelvo al tema del principio.

En la construcción donde trabajé conversé con mucha gente, todos hombres (la equidad de género no existe en “la contru”), y cuando las labores se hacían intensas para los chilenos, venezolanos y haitianos que componían la cuadrilla donde yo estaba, se escuchan comentarios como “ya viene el aguinaldo”, “hay que trabajar para comer empanadas”, “ya tengo sed de 18”, etc. Todos los chilenos nos mirábamos con complicidad, mientras los extranjeros callaban o preguntaban discretamente de qué trataba esto. Algunos, los que llevaban más tiempo en Chile, solidarizaban y accedían a explicar en creole o con modismos centroamericanos.

En síntesis, el objetivo de todos era llegar a septiembre con plata en el bolsillo. Septiembre, la puerta de entrada a los meses de más calor, de prosperidad, donde comienza la loca carrera hasta diciembre; el mes en que comienza a dispararse la venta de alcohol, donde se reactiva la economía del país; el mes donde hay caras felices, largas borracheras y terribles resacas.

Juste Renel, un haitiano que conocí en la obra, me contaba que con los 300 mil pesos que ganaba le alcanzaba para pagar su arriendo, para comer todo el mes y para enviarle dinero a su esposa e hija, que vivían por allá en la lejana Isla Dominga. Le pregunté si haría algo especial con el dinero del aguinaldo.

- Yo acá… solo, estoy solo –me explicaba hilando palabras en su rústico español-, no tengo amigos ni familia, mi familia es aquí, en el trabajo. Si tengo más dinero, más le envío a mi esposa. Ella sólo quiere yo me cuide, que vuelva sano. Con ella. Pero 100 mil pesos de Chile allá es mucha plata.

Algunos compañeros interrumpieron la narración del haitiano para pedirle que “se trajera unas morenitas para Chile”, o bien, para decirle que para el 18 se buscara él unas chilenas ya envalentonadas con alcohol. Yo callé y continué mi labor. Al final del día volví a casa y ya de noche me puse a pensar en los chilenos de nacimiento y los chilenos a la fuerza.

Qué doloroso estar lejos de tu familia y amigos, de tu esposa y de tus hijos, y llegar a un país donde hay un mes entero donde todos derrochan dinero pensando en pasarlo bien. Este año la chicha y las empanadas tendrán un sabor distinto para mí.