CÓMO REPARAR EL DAÑO


A mi madre, hace tres meses,  le hice un regalo. Un recipiente lleno de cien mensajes escritos en papeles de colores, para que abriera uno cada día y leyera un mensaje cariñoso para ella, salido desde el fondo de mi corazón. Siempre he sentido que me falta cariño de ella. Siento que no somos cercanos. Hacer esto era la única forma de reparar, allá en el plano espiritual, el daño que le hice al desaparecer tres días hace un tiempo, provocando que ella sintiera que había perdido un hijo. Sabía que por si por tres meses, ella sentía  amor de mi parte a través de los mensajes, podría compensar los tres días que la hice sufrir.

Me tomé los mensajes muy en serio. En ellos, puse lo que nunca me había atrevido a decirle, como los recuerdos de infancia que marcaron mi relación con ella, los sucesos que entre nosotros debían sanar, y otros tantos pensamientos de mi amor hacia ella. Pero dentro de estos cien papeles, también, puse acciones para sanarnos a nosotros dos, que prometí cumplir al pie de la letra.

Así que mediante sólo mensajes en los papeles, pude hacer que se besara con mi padre con el entusiasmo de la primera vez, que recordara y sanara heridas de cuando era niña, que se perdonara a sí misma y llenara su día a día de felicidad. Puse cosas sencillas sacadas de mis más profundos sentimientos, como que recordara tal suceso o que llamara a su madre.  Pero también me di cuenta que en esas acciones sanábamos juntos. Porque a veces, con mucho entusiasmo, le escribí que recibiría un chocolate de regalo o que yo hiciera algo que sabía le haría feliz.

En el día de hoy tocó un papel en el que le escribí que besara a mi papá. Y puse en el papel que cuando llegara este día, me avisara para yo también besar a alguien más y sería divertido. Era uno de los últimos mensajes luego de tres meses. Así que inicié así este día con la idea que tenía que besar a alguien, para que mi madre y yo fuéramos más felices. Fue una idiotez que escribí hace tres meses, pero también sabía que era importante. Porque creo que todo en la vida sucede por una razón, y que las acciones que hacemos día a día van marcando nuestro destino.

Inicié el día de esta forma, cuando mi madre me envió el mensaje. Hace tres meses, tontamente, quizás me pareció graciosa la idea, pero ahora era un problema. Debía cumplir mi promesa, pero no tenía a nadie. Si tuviera pareja, el juego habría sido mucho más fácil. Pensé en buscar a una amiga y, con mucha vergüenza, decirle la tontera del juego y pedirle que nos diéramos un beso. Pero tengo muy pocas amigas, casi ninguna al parecer. Pensé en una vieja amiga, que ya casi ni nos hablamos, pero estaba en otra ciudad y yo tenía que ir al trabajo. Luego recordé a una nueva muchacha a la que estoy conociendo, con la cual nos reímos casi todos los días de cualquier cosa, pero era algo de demasiada intimidad como para el tiempo que la conocía.

Finalmente pensé en ella. Nos conocemos hace poco, pero dentro de mí siento como si nos conociésemos hace mucho tiempo. Seguramente se debe a que soñé con alguien muy parecida a ella hace casi diez años. Nos caímos bien desde el principio, y durante unos pocos meses hemos llegado a forjar una confianza muy bonita. Pero desde ese entonces, las cosas se me han vuelto difíciles. Sueño con ella frecuentemente. Sueño que está triste, que en su vida ella querría hacer muchas más cosas pero no la dejan, o que conversamos mucho más de lo que lo hacemos en la vida real. Siento que ella es como una flor que aún no ha florecido lo más bella que pudiese ser. Cuando sueño que conversamos, intento hablarle, aunque me es casi imposible. Quiero escucharla y que se desahogue conmigo, pero casi ni podemos conversar. Cuando recuerdo que en sueños me dijo algo de ella, se lo digo en la vida real y ella me dice que dentro de sí misma se siente así. Y cuando siento que nos abrazamos, intento hacer lo imposible por darle un abrazo al otro día, sorprendiéndome cuando me responde que lo necesitaba.

Pero en la vida real las cosas son un poco más difíciles que en los sueños. Casi ni la veo, conversamos en pocos momentos, y a pesar de que siento que la conociera hace años, el sentimiento no es mutuo. Sé que es algo estúpido y que frente a todos es normal actuar distante. Pienso que quizás puedo engañar un poco al destino. Un beso en la mejilla igual funcionaría, siempre y cuando lo dé con sentimiento. Pero en ella hay alguna especie de fuerza que me impide acercarme. Cuando le quiero mostrar una canción que soñé con ella, ocurre algo imprevisto y no funciona. Cuando quiero acercarme, no puedo. En esta realidad casi nos es imposible reunirnos, pero a pesar de eso igual nos sentimos cercanos.

Pero reconozco que soy un estúpido. Nadie entendería algo tan absurdo como seguir las corazonadas. Me encantaría que todavía hubiese alguien que viviera la vida así como cuando uno era libre. Como cuando actuábamos siguiendo nuestros corazones. Tengo dudas de hablarle. No sé si entendería. Algo dentro de mí me dice que sí, pero nunca me he atrevido. Quiero reunirme con ella antes del trabajo, pero surge un imprevisto y es imposible. Le mando un mensaje para reunirnos al final del día, pero también me responde que no se puede. Me recuerda que está en pareja. Ahora recuerdo lo cruel que es darse cuenta que la vida real no es igual que en los sueños.

Me pide que le cuente. No puedo hacerlo por mensajes. ¡Ni siquiera sé si me atrevería a contarle toda la historia! Pero pienso en no cumplir la promesa a mi madre, o a mí mismo, y se me apura el corazón. Quizás durante el día puedo decírselo. Dentro de mí confío en que existe la posibilidad que me comprenda.

Pero casi ni nos vemos. La saludo, rápidamente como siempre, rodeado de personas que me molestan con ella. La sala de profesores, el patio, las calles, todo huele a rapidez y responsabilidades. ¡Si ella supiera lo que pasa dentro de mí! Las horas avanzan. Mi madre, con cariño, me dice que fue mágico poder besarse así con mi padre, y me pregunta cómo ha ido mi día y si cumplí con mi promesa. Le confieso que no tengo con quién. Ella guarda un compasivo silencio.

Pasa todo el día y yo sólo pienso en mi derrota. Las personas me preguntan por qué me veo así. ¿Cómo explicarles a ellos lo que pasa dentro de mí? ¿Cómo contarles la estúpida promesa que hice de estos tres meses sin fallarle a mi madre? ¿Cómo contarles que dentro de mí, hace tres meses, guardaba la absurda idea de poder cumplir mis románticos sueños? Me pongo a pensar en lo estúpido que soy. Quizás en otras realidades alternas las cosas fueron distintas, pero en ésta tengo que aceptar que los demás son felices de la forma en que están. Que toda esta idea de seguir al corazón es un absurdo mío, que ya nadie vive así, que las conexiones mágicas con las personas son falsas, por más que yo las sienta dentro de mí.

Me voy del colegio guardando silencio. Ella se despide de mí, lentamente. Su novio la viene a buscar. Yo me alegro por ella, se ve feliz, aunque dentro de mí las cosas sean muy distintas. Ella es la única persona en la que podría confiarle mi secreto, pero creo que no entendería y me siento absurdo.

Y a pesar de que dentro de mi corazón crea que los demás podrían ser más felices, sé que todo está dentro de mi cabeza y que ellos ya son felices, que viven sus vidas libremente y que no puedo interferir en su destino. Sé que las corazonadas que siento son algo sólo mío, que no debo contar a nadie, y que si lo hago todo sería peor.

Quizás es mejor así. Quizás estoy equivocado, y las conexiones no existen. Que lo que yo siento es sólo algo mío, y no es mutuo. Que nadie puede confiar en otra persona en tan poco tiempo. Que no podemos cambiar el destino.

Son las doce de la noche y debo terminar el día sabiendo que fallé a la promesa con mi madre. Espero ella me perdone, aunque no le he dicho, que no haya sido capaz de besar ni siquiera en la mejilla a ninguna persona. Pero sé que éste es el día en el que debo dejar de confiar en las corazonadas, porque los sueños nunca son como en la vida real, por más que uno lo intente. Porque me  di cuenta que a veces lo que uno cree un sentimiento mutuo no es más que engañarse a sí mismo.

Porque no podemos evitar un destino en el que estamos inexorablemente solos, y la única forma de reparar el daño es escribir.


TEXTO: KALISTERO