LA NOSTALGIA PENQUISTA


Solía caminar por la diagonal, muy melancólico, esas tardes oscuras en las que el sol se ocultaba temprano. Era difícil el invierno lluvioso en Concepción, sobre todo cuando estudiaba y sólo tenía dinero para comida, pero no para calefacción. Y la comida no era tanta, tampoco, porque uno esperaba con ansias la beca Junaeb que sólo llegaba, a lo mucho, hasta el día quince. Pero fueron tiempos felices, pese a lo poco, en donde con unos pocos billetes pasaba la semana. Había preocupaciones más grandes, sinceramente, que no dejaban tiempo para quejarse de las miserias.

Recuerdo unos árboles que me miraban sabiamente, mientras el viento pasaba a través de sus hojas desprendiéndose. Solía caminar desde La Agüita de la Perdiz hasta el supermercado, para comprar el pan y la mortadela más barata. Y mientras lo hacía, pensaba en la mirada triste de mi polola de esos años, que se despedía de mí todas las mañanas con una mirada cada vez más nostálgica, reflejando un sueño agotador luego del estudio nocturno. Pensaba en mis padres, que enviaban cada peso que podían para apoyarme en esos años, que yo a veces malgastaba en una cerveza. Y el viento entre los árboles me hacía pensar en el tiempo, siempre inamovible, que se tejía sobre nuestras jóvenes vidas con una crueldad, a veces, muy dura.

Ahora, luego de algunos años, me pongo a pensar en qué cosas de esta ciudad terminan por cautivar nuestro espíritu. Y si soy realmente sincero (que me perdonen las pocas iniciativas turísticas penquistas), creo que lo que termina por encantar al foráneo no es lo que Concepción realmente cree. No creo que la gente piense en rock cuando entra a esta ciudad, o en la Independencia de Chile. Tampoco creo que el campanil pueda seguir defendiendo su solitaria posición de icono universitario.

¿Qué elementos remecen nuestro espíritu cuando llegamos, desde una provincia lejana, a esta ciudad? ¿Y qué recordamos de esta ciudad excepcional, una vez que la vida nos aleja de ella y el misterio de los años nos encuentra nostálgicos una tarde de domingo? ¿Qué recordamos de Concepción, cuando el tiempo nos aleja de ella y los viajes de la vida nos separan?

Creo que esta ciudad tiene una magia distinta que no se ha visto reflejada aún. Creo que todavía no somos capaces de observar nuestra esencia e identidad. Porque cuando pienso en Concepción no recuerdo solamente sus centros comerciales, sus universidades o sus playas. Recuerdo también las noches oscuras en las que caminé, sin un rumbo, para alejarme del dolor, las papas fritas chorreando mayonesa que compartí con ese amigo que sabía reír desde el alma, o esa galería que nos protegió de la lluvia repentina cuando caminaba de la mano con un viejo amor. Recuerdo un viento que despeinaba a mis amigas cuando caminábamos al bar, el parque donde fumé asustado y luego me reí por horas, o los cerros silenciosos que me perdieron por querer buscar el silencio.

Porque cada vez que recuerdo Concepción, pienso en una ciudad que respira una magia inexpresable en palabras, que sólo una persona que ha llorado o reído en sus lugares sabría identificar. Una energía que sólo puede sentir quien haya deambulado libremente en sus calles por horas. Y una nostalgia espiritual inefable, que solamente podría ser compartida con quien se haya encontrado a sí mismo, también, en esta misteriosa ciudad.