En el año 2018, motivados por una reunión en el centro de negocios Working Place Concepción (WPC), nos contactamos con Roberto Astete, ingeniero comercial con más de 14 años de experiencia en el rubro de los plásticos, fundador de Solubag. Ricardo Campos, gerente de WPC, comenta entusiasmado “tienes que conocer a Roberto, él hace bolsas solubles en agua, e incluso hace una demostración y se come las bolsas”. Incrédulo, me río. “Es en serio”, insiste Campos.

Así es como nos lanzamos a investigar sobre la hazaña de este tomecino devorador de envases biodegradables. Pero en aquél entonces no había mucha información disponible. La única forma de lograr acceder a dicha información era a través de una entrevista presencial.

Tomamos contacto con Roberto y coordinamos una entrevista. En ella, el emprendedor nos cuenta cómo logra dar con una fórmula para crear un compuesto capaz de resistir casi tanto como el plástico, capaz de diluirse en agua fría o caliente (dependiendo del uso), y cómo tuvieron que viajar a China para patentar el producto y generar lazos que les permitieran una producción masiva.

En la oportunidad, nos cuenta que la primera idea de negocios que tuvieron fue la de un detergente completamente biodegradable y amigable con el medio ambiente. Posteriormente, la base de este detergente se convertiría en la materia prima de los productos que luego se masificarían mundialmente: una fórmula basada en alcohol polivinílico, un polímero soluble no contaminante, sin derivados del petróleo, como indica una nota publicada en la página ecoinventos.com.

En aquella oportunidad, Astete fue enfático en señalar que había que distinguir entre bolsas reutilizables y bolsas reciclables; las primeras, remarcó, no son sinónimo de reciclables. Es más: debido a que son más gruesas para poder resistir varios usos, también son más difíciles de degradar. Mientras, las segundas, tienen como objetivo la reutilización.

Un tercer tipo de bolsas es el que lanzó a la fama a Solubag: las biodegradables, aquellas capaces de degradarse fácilmente, sin impactar de forma negativa el ambiente ni el ecosistema. En este caso, bolsas solubles en agua.

Todo lo anterior es sólo una gran paráfrasis de la nota que se publicó en esta revista en el año citado al principio de este texto, que lamentablemente se perdió en la migración a esta nueva versión. Es por ello que volvimos a tomar contacto con Roberto Astete para consultar sobre el presente de su emprendimiento, con motivo del lanzamiento de una serie de productos en góndolas de supermercado, con el sello Solubag, por parte de la empresa Frutisa, que distribuye frutos secos en supermercados Jumbo y Santa Isabel.

– Bueno, este material nació de la idea del detergente. Utilizamos la base que cubría el detergente para hacer bolsas, pero en el camino nos dimos cuenta que no servía para las máquinas en que necesitábamos hacerlo funcionar. Por lo tanto, nos obligó a desarrollar una nueva materia prima. Ahí comenzamos el desarrollo en China. En el camino también encontramos un partner con el cual decidimos trabajar en pro de este desafío y logramos estabilizar la fórmula para desarrollar la bolsa. Ahí comienza todo el proceso de las patentes. Este fue el inicio del proyecto.

Luego de ello, comenta, han surgido varios cambios. Les tocó trabajar en varias ferias, ante las cuales se les pidió varias certificaciones y test. Además, “hemos tenido que ir avanzando para reducir costos y mejorar la fórmula de la materia prima”, explica. Esto fue hace aproximadamente seis años atrás, siempre manteniendo el mismo concepto, pero con varias mejoras a cuestas.

Innovación v/s la crisis mundial

Todo iba bien en el negocio, con mejoras en el desarrollo y consolidando la marca dentro y fuera del país, hasta que se encontraron con un gran obstáculo en octubre de 2019, cuando sucedió el Estallido Social. Astete explica que este hecho complicó mucho la venta de sus productos en locales comerciales del país.

Ese fue un golpe más o menos fuerte porque teníamos firmados varios contratos con empresas. Y con el tema del Covid ha sido más complejo aún, porque las grandes tiendas redujeron mucho los locales disponibles para la venta presenciales. Y también fue mucho más difícil concertar entrevistas presenciales con potenciales clientes para presentarles los productos. Por lo tanto, decidimos ampliar nuestros horizontes y buscar clientes fuera, en mercados donde no exista prohibición de movilidad. Es por eso que uno de nuestros socios se fue a Estados Unidos a abrir la oficina comercial. Hoy estamos abriendo mercados en USA y, por otro lado, también gracias a las cuarentenas, también hemos abierto vínculos comerciales con África, Asia, Oceanía, y buscando la posibilidad de seguir vendiendo. Se ha realentizado un poco el proyecto porque dadas las distintas olas de la pandemia se abre y se cierra el comercio constantemente, no hay una continuidad. Entonces ha sido difícil porque igual tienes costos fijos, una planilla que pagar todos los meses. Ha sido complejo, pero seguimos en la lucha para pasar el bache.

– ¿Cuándo logran la alianza para comercializar las bolsas que vemos en los supermercados de Cencosud?

Uno de nuestros clientes, ahora socio de Solubag, la empresa Frutisa, quería desarrollar un empaque que fuera diferente a lo que se ofrecía en el mercado. Con ellos comenzamos a ver la posibilidad de desarrollar un empaque para frutos secos. Probamos en arroz, azúcar, maní, almendras y nueces. Hicimos las pruebas en las máquinas empaquetadoras y afortunadamente funcionó. Ahí empezó todo un trabajo de ver qué producto ellos lanzarían, que fuera compatible con la tecnología, y que funcionara como ellos pensaban. Este proceso tomó casi un año, entre el desarrollo de las pruebas y del film, de la impresión, de toda la campaña que ellos elaboraron, y fue bastante interesante. Entonces comenzaron a trabajar con Jumbo y Santa Isabel y están pensando en ampliar su mercado porque les ha ido súper bien, no sólo por el concepto, sino porque la gente también entiende que podría ser un agente de cambio. La campaña de ellos fue muy buena.

– Respecto, a las pruebas y certificaciones que han tenido que hacer, ¿están ligados a algún centro de investigación o laboratorio privado?

– Para generar los empaques primero se debe extruir el material para crear el film. Y luego se debe hacer los cortes de acuerdo al tamaño del envase. Los rollos que quedan pasan por una máquina empacadora (depende del tipo de empacadora también) y vamos midiendo la capacidad de sello y resistencia del material dependiendo del producto. Posteriormente, se mide cuánto oxigeno puede filtrar o si no filtra. Es todo un desarrollo dependiendo del producto que quieres empacar. Como es un producto de alta rotación, en el caso de Frutisa, se obtuvo un límite de 6 meses, y hasta el momento ha sido muy bueno. Nos ha ayudado a llegar también a otros productos que desean testear sus productos también.

– ¿Ustedes recibieron en algún momento apoyo desde el Gobierno?

– Inicialmente fue muy complejo. Nosotros como emprendedores no tenemos el lenguaje técnico para poder postular. Nos dimos cuenta que hay que tener una serie de documentos y hablar un lenguaje que para nosotros no era habitual. Perdimos varias oportunidades por ello. Pero hace poco más de un año postulamos para emprender el desafío con EE.UU. y ganamos un apoyo a través de Corfo para abrir las oficinas de operaciones allá. No ha sido fácil porque -como te digo- inicialmente es complicado. Hoy es mucho más sencillo que lo que tuvimos que ver hace cuatro o cinco años atrás. Pero en nuestro caso, en el desarrollo de nuestro producto, los montos que se requieren son mayores. Entonces, ya no postulamos porque estamos más que nada avocados a la venta. Tal vez más adelante, cuando necesitemos nuevos desarrollos quizás podamos contar con el apoyo de ellos.

– ¿Dónde tienen su centro de operaciones acá en Chile?

– Nosotros tenemos oficina comercial y bodegas en Santiago, lo mismo que en EE.UU. También tenemos oficina comercial en República Checa, en Praga; también en Hong Kong y nuestra planta en Wang Chun Chieh, en China. Además de una oficina comercial en Guadalajara, México.

– Una vez disuelto, ¿su producto no representa ningún tipo de amenaza para el medioambiente?

No. Tenemos los test que lo certifican; primero que no tenemos ningún porcentaje de plástico en nuestra fórmula; segundo, que todos los componentes son amigables con el medioambiente; y efectivamente, hemos tenido que hacer test tanto en Europa como en África, China, Chile, para certificar que la calidad del agua no se daña con el producto disuelto en ella. No deja de ser potable. No tiene ningún agente químico tóxico dentro de la fórmula. Hemos sobrepasado los estándares que se nos han pedido. Vamos de camino a la certificación que se les exige a los plásticos compostables y biodegradables, para poder cerrar los círculos que conciernen a algunos gobiernos, porque hoy todos están pensando en eso. Y en gran parte del mundo esa tecnología no existe. Nuestra propuesta ha sido ser más simples que los plásticos compostables y biodegradables, y es algo que nos ha costado instalar. Tenemos que ajustarnos a lo que pide el mercado y es algo en lo que ya tenemos camino avanzado.  

Texto: Fabián Rodríguez

Fotografía: Cortesía de Solubag

Frodriguez@thepenquist.com

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