«El nombre de la institución de egreso no hará diferencia alguna en las habilidades que desarrollen a un profesional. Las diferencias sustanciales están en la calidad docente, en la investigación y en los años de acreditación de una buena institución que educa personas».

Junto a las fechas en las que nos encontramos, en medio del fin del año, ocurre una situación característica de nuestro país y que resulta una temática constante dentro de las convivencias familiares: la clásica, pero no por eso menos apabullante y aterradora, interrogación sobre tu futuro. «¿Mijito/a, cómo le fue en la prueba?». Pregunta para la cual hay sólo dos respuestas: «me fue súper bien, tía»; y la otra, un poco más condescendiente quizás, «no me fue como esperaba, pero me alcanza para lo que quería». Estas dos respuestas, a su vez, nos clasificarán por un buen tiempo como un/a chiquillo/a inteligente, talentoso/a y esforzado/a, o alguien más bien perezoso/a y con menos intelecto. No parece ser excepción el Gran Concepción, donde quizás se acentúa esta eterna clasificación chilensis, gracias a los dos tipos de instituciones, que, como sabemos, están presentes de igual manera en la ciudad:  los estudiantes de universidades tradicionales, que aún están establecidos en el pensar colectivo como “alumnos inteligentes” y los de universidades privadas, que, ahora injustamente, y por varios individuos, son valorados como “menos capaces” que su contraparte.

Como la ciudad penquista es la que tiene la mayor cantidad de instituciones de estudios secundarios en relación al tamaño de población en Chile, resulta lógico que sea tan relevante el tema dentro de nuestro diario vivir. Sin embargo, la calificación se les da a los establecimientos educacionales privados o públicos resulta una tontería en más de un sentido. Sin ir más lejos, la Universidad de Concepción, sello característico de la pseudo-metrópolis que representa nuestra región, es considerada una institución de alto calibre en el país gracias al profesional que logra instruir. Sin embargo, también es cierto que no está acreditada en varias carreras, cosa que la gente no sabe y que, por lo que representa la institución, ignora al momento de elegir su futuro.

La cruda verdad es que el alma máter, pese a que pueda parecer relevante, es un nombre que no hará diferencia alguna en las habilidades que desarrollen a un profesional. Las diferencias sustanciales (en su mayoría) están a nivel de calidad docente, de la importancia que se le dé a la investigación, y por último y no menos importante, de los años de acreditación. Esas son las herramientas que una buena institución necesita para educar personas, no son los nombres ni las historias «del año de la cocoa».

Para terminar esta pequeña reseña de la visión cultural que representa la elección vocacional, me gustaría terminar con una breve reflexión sobre lo que es la vida universitaria. En este lugar, los conocimientos más importantes no son los obtenidos en libros o cátedras, sino que son los consejos que nos dan profesores, las conversaciones con amigos, los pequeños o largos romances y, por sobre todo, los momentos que nos permiten conocernos a nosotros mismos, para así poder saber qué sentimos y cuáles son las cosas que nos hacen felices. Porque, como diría el famoso Stephen Hawking: “la inteligencia es la habilidad para adaptarse al cambio”.

Texto: Joaquín Orellana

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