Un mes ha pasado desde que la mayoría de las comunas del país entró a fase de apertura, con todos ribetes y expectativas que dicha transición pudo tener. Tuvimos, es cierto, unas primeras semanas de aglomeraciones, de muchas filas y de cajeros vacíos, pero poco a poco la arritmia dio paso al galope cotidiano, a la micro llena, a la fila moderadamente larga que engalana cualquier trámite. Unos le llaman ‘nueva normalidad’, otros ‘es lo que hay’.

Esta fecha siempre trae a colación viejas heridas; las Fiestas Patrias de Chile siempre han sido una excusa para celebrar, durante algunos días, y olvidar las injusticias patronales el resto del año. Cuando la máquina independentista comenzó a circular a principios del siglo XIX, los señores hacendados, dueños de tierras, riquezas y esclavos vieron en la nueva política una oportunidad para generar más ingresos, a la sombra del gobierno criollo. Para ganar volumen en los cabildos había que convocar gente por volumen. Como la mayoría eran esclavos, no tenían más opción que hacer caso, pero para convencer al resto se necesitó de voluntad. El patrón compraba una vaquilla, varias garrafas de vino y aguardiente para embriagar a un regimiento, suficiente para su fundo y quizá algún fundo vecino. Luego de tres días de jarana auspiciada por el patrón, los peones votaban por quien fuera y asistían al cabildo necesario a gritar a viva voz las palabras de sus benefactores. Presencia política del empresariado, diríamos hoy en día.

Volviendo al tema, en esta ‘nueva normalidad’ las Fiestas Patrias son toda una problemática. Está prohibido realizar celebraciones masivas, principal evento anual que esperan los chilenos buenos para el mambo, la ansiada distención que, de paso, anuncia la llegada de la primavera, tiempo de siembra, mejor clima, etc. Además de los consabidos dolores que genera septiembre, por los ecos de un pasado político turbulento, la mayoría de la gente busca pasar un buen rato con la familia, escuchar cuecas, corridos y guarachas, tomar y comer a destajo, como antaño, y olvidar por un momento que hay que volver al trabajo, a la escuela, a la universidad, a la vida. El que quiere celebrar celebrará donde sea, con quien sea.  

La agravante en este caso es nuestra situación interna, el hecho que paralelo a la ‘celebración’ que se vive por un nuevo aniversario de la Patria como tal, se lleva a cabo una Convención Constitucional, órgano que tiene el poder de cambiar la Carta Fundamental. Por si fuera poco, el país se encuentra ad portas de un nuevo periodo de votaciones para la Presidencia. La tensión de todos los sectores involucrados es altísima. En Chile, a diferencia de otros países, por lo general, tienen dos grandes coaliciones que luchan por el poder, como en USA con los partidos conservador y liberal, los grandes bloques ideológicos -derecha e izquierda- se han ido fragmentando poco a poco, dejando entrever una pérdida de confianza de los propios actores políticos para con la política tradicional, además de la ya conocida pérdida de confianza de los propios electores para con los candidatos.

Son 7 los candidatos que van por el sillón presidencial este 21 de noviembre, a saber, Eduardo Artés, Gabriel Boric, Marco-Enríquez-Ominami, José Antonio Kast, Franco Parisi, Yasna Provoste y Sebastián Sichel. Según una encuesta Criteria, ante la pregunta “Pensando en el futuro, ¿quién te gustaría que fuera el próximo presidente o presidenta de Chile después de Sebastián Piñera?” el primer candidato es Boric (25%), seguido por Sichel (19%) y Provoste (12%). Más atrás se encuentran Kast (8%) y Parisi (6%). Esto podría interpretarse de muchas formas, pero lo esencial es que no hay ningún candidato que supere el 50% de las preferencias, ni tampoco uno que le saque ventaja por lo menos 10 puntos porcentuales al que le sigue. Esa es la parte difícil.

Dividir nunca ha sido un problema, siempre se ha planteado como una solución. “Divide y vencerás”, decían los romanos. Pero llega un punto en que la rama ya no puede dividirse más, porque el tallo sería tan fino y endeble que el viento lo rompería. Nuestro árbol político-social se encuentra muy cerca de este punto. No obstante, hay que ser conscientes que los candidatos de una votación presidencial no son siempre un fiel reflejo de la representación del pueblo, desde hace años que se sabe que hacer carrera en política no es precisamente ganar todas las elecciones, sino estar ahí. En la última votación cada candidata obtuvo un reembolso de $1.494 y cada candidato $1.195. En las últimas votaciones, como ejemplo, en el Distrito 20 la candidata María Angélica Fuentes Fuentealba, sin salir electa, obtuvo 12.843 votos, según datos del Servel. Esto nos da como resultado un reembolso de $19.187.442.

Es difícil lograr una síntesis social cuando hay quienes ven en la política una buena oportunidad para hacer negocios. Cuando hay nombres que se repiten en las papeletas, votación tras votación, sin lograr jamás una mayoría, la primera idea que viene a la cabeza no es la de perseverancia, sino la de porfía. Un candidato debe representar ideales, convicciones, principios, valores que son capaces de convocar por sí mismos. De lo contrario, todos podríamos probar suerte en alguna votación a ver cuántos votos nos caen, y seguir probando en cada elección para generar un ingreso extra. Mejor que cualquier IFE.

Equipo Editorial The Penquist

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